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La Chica De Los Días Prestados

La Chica De Los Días Prestados

Status: En proceso
Genre:Pareja destinada / Amor eterno
Popularitas:161
Nilai: 5
nombre de autor: Natalia Cubilla

En una ciudad donde cada persona nace con un reloj invisible que marca el tiempo que le queda de vida, Akira, un joven reservado de 18 años, descubre que una misteriosa chica llamada Hana tiene algo imposible: su reloj está detenido.

NovelToon tiene autorización de Natalia Cubilla para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Eco de las Almas

El viento dejó de soplar.

El puente quedó envuelto en un silencio inquietante.

Akira apenas podía respirar.

—El alma de su padre... ¿sigue aquí?

Kuro lentamente.

—Nunca cruzó al otro lado.

Hana dio un paso atrás, con el rostro completamente pálido.

—Eso... eso es imposible...

—No para alguien consumido por la culpa.

Kuro dirigió su mirada al río.

—Hay almas que permanecen por amor. Otros por odio. Pero las más difíciles de liberar son las que se quedan por arrepentimiento.

Hana comenzó un temblar.

Durante doce años había creído que su padre había encontrado la paz.

Ahora descubriría que él también estaba condenado.

Aquella noche, Akira no regresó a casa.

Los tres caminaron en silencio por las calles antiguas de la ciudad.

Era la primera vez que Hana abandonó el puente.

Cada rincón parecía despertarle un recuerdo.

Una heladería.

Una plaza.

Una vieja librería.

Todo seguía allí.

Solo que el tiempo había seguido avanzando sin ella.

—Todo cambió... —susurró.

Akira la observó de reojo.

No sabía qué decir.

¿Cómo se consolaba a alguien que había perdido doce años de vida?

Llegaron al antiguo barrio donde Hana había vivido.

Las calles estaban casi desiertas.

Muchas casas permanecían abandonadas.

Otras habían sido demolidas.

Pero una seguía en pie.

Una pequeña casa de madera, cubierta por la hiedra y el paso de los años.

Hana se quedó inmóvil.

—Mi hogar...

Las ventanas estaban rotas.

La pintura desprendida.

El jardín, alguna vez lleno de flores, era ahora un terreno cubierto de maleza.

Akira sintió un nudo en la garganta.

—¿Quieres entrar?

Ella dudó.

Finalmente abierto.

La puerta pasó con un crujido.

El aire olía a humedad y polvo.

Todo permanecía cubierto por una gruesa capa de tierra.

Los muebles seguían en su sitio.

El reloj de la pared estaba detenido exactamente a las 19:00.

La hora de su muerte.

Hana sintió que las piernas le fallaban.

—Nunca... nunca volvió a moverse...

Akira levantó la vista.

Aquello no era normal.

Ni siquiera después de tantos años.

Era como si el tiempo se hubiera detenido dentro de aquella casa.

Mientras recorrían las habitaciones, encontraron fotografías familiares.

En todas aparecía Hana sonriendo.

Y junto a ella...

Su padre.

No tenía el aspecto que Akira había imaginado.

Sonreía con sinceridad.

La abrazaba.

La cargaba sobre sus hombros.

Parecía un hombre feliz.

—Así era antes de que mamá muriera... —dijo Hana acariciando una fotografía.

Una lágrima cayó sobre el cristal.

—Nunca dejó de quererme.

Solo dejó de saber cómo demostrarlo.

Kuro permanecía en silencio.

Observando cada rincón.

Como si buscara algo.

De pronto se detuvo frente a una puerta cerrada.

—Está aquí.

El ambiente cambió de inmediato.

La temperatura descendió bruscamente.

Las luces de la calle comenzaron a parpadear.

Akira sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Del otro lado de la puerta...

Se cerró una respiración.

Lenta.

Profunda.

Como si alguien hubiera estado esperando durante años.

—No abras... —susurró Hana.

Pero era demasiado tarde.

La puerta comenzó a abrirse sola.

Muy despacio.

Con un chirrido que parecía atravesar el alma.

La oscuridad llenaba completamente la habitación.

Y entonces apareció.

Una silueta.

Alta.

Inmóvil.

Con la cabeza inclinada hacia el suelo.

Su ropa estaba empapada, como si acabara de salir del río.

El agua caía lentamente de sus manos.

Akira sintió que el corazón se detenía.

No podía verle el rostro.

Solo una sombra.

Una presencia tan pesada que costaba respirar.

—Papá... —murmuró Hana.

La figura levantó lentamente la cabeza.

Sus ojos estaban completamente negros.

Vacíos.

Pero cuando vio a Hana...

Una única lágrima descendió por su mejilla.

Y una voz ronca, quebrada por doce años de sufrimiento, llenó la habitación.

—¿...Hana?

Ella rompió en llanto.

-Papá...

Intentó correr hacia él.

Pero Kuro la detuvo sujetándola del brazo.

—¡Espera!

En ese mismo instante, la figura lanzó un grito desgarrador.

Un grito que hizo temblar las paredes de la casa.

Los muebles comenzaron a moverse.

Los vidrios se instalaron.

El suelo vibró bajo sus pies.

Akira protegió a Hana con su cuerpo.

—¿Qué está pasando?

Kuro respondió con el rostro serio.

—Ya no controla su propia alma.

La culpa lo convirtió en un Espíritu Errante.

Y si pierde el poco control que le queda...

No reconocerá a nadie.

Ni siquiera a su propia hija.

La figura dio un paso hacia ellos.

Luego otro.

Y otro.

Cada paso hacía que la casa entera crujiera.

Hana extendió una mano entre lágrimas.

—Papá... soy yo...

Por un instante, la figura se detuvo.

Parecía luchar contra algo invisible.

Su mano comenzó a levantarse lentamente...

Como si quisiera acariciar el rostro de su hija una vez más.

Pero, de pronto, una voz desconocida resonó desde las sombras de la habitación.

—Aún no.

Los cuatro quedaron paralizados.

No era la voz del padre de Hana.

Era otra.

Más profunda.

Más antigua.

Y estaba llena de un poder aterrador.

Desde la oscuridad, dos ojos de un intenso color carmesí se abrieron lentamente.

Kuro dio un paso atrás por primera vez desde que Akira lo conoció.

Su expresión, siempre serena, se quebró.

—No puede ser...

Akira lo miró sorprendido.

—¿Qué ocurre?

Kuro respondió sin apartar la vista de aquellos ojos rojos.

—No estamos frente a un simple Espíritu Errante...

Estamos frente a alguien que lo está controlando.

1
Ma Viviana Medina
el que?
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