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Curvas Peligrosas

Curvas Peligrosas

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Romance / Amor-odio
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: YuiKiri

Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.

NovelToon tiene autorización de YuiKiri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: Nadie puede remplazarla

Han pasado quince días desde que Day renunció.

Qué rápido pasa el tiempo... aunque la oficina sigue sintiéndose extraña sin ella.

He querido ir a verla varias veces, pero entre el trabajo y todo lo que ha pasado no he encontrado un solo momento libre. Le he enviado mensajes casi todos los días y nunca respondió. Supongo que jamás volvió a encender el teléfono desde que aquella idiota se lo rompió. Conociéndola, ni siquiera habrá tenido dinero o tiempo para mandarlo a reparar.

Eso sí... en estas dos semanas también han pasado cosas interesantes.

Alejandrina fue despedida.

Ya era hora.

Al parecer, la investigación interna encontró varias irregularidades en proyectos que ella supervisaba, además de múltiples quejas por abuso de autoridad. Intentó defenderse, pero ni siquiera los directivos pudieron seguir encubriéndola.

Y el viejo...

Bueno, él sigue bajo investigación.

La junta directiva le retiró temporalmente todas sus funciones mientras revisan las denuncias por abuso de autoridad y la manipulación de varios proyectos editoriales. Dicen que incluso podrían rescindir su contrato si las pruebas terminan de confirmarse.

Se lo merece.

Nunca había visto a alguien cavar su propia tumba con tanto entusiasmo.

Lo más irónico de todo es que, ahora que Day ya no está, todos descubrieron lo importante que era.

Sus antiguos clientes no dejan de preguntar por ella.

Los mismos que antes eran los primeros en señalarla cuando algo salía mal.

Ahora todos la buscan.

Todos la necesitan.

Qué gracioso.

Mientras estuvo aquí, nadie parecía valorar el trabajo que hacía.

Ahora resulta que era indispensable.

Y, como yo era la persona más cercana a ella...

¿A quién creen que le aventaron todos sus pendientes?

Exacto.

A mí.

Como si por haber sido su amiga automáticamente supiera hacer todo lo que ella hacía. Lo peor es que Day incluso me ayudaba cuando yo ya no podía con mi propia carga de trabajo.

En fin...

Lo más divertido de todo es que nadie ha logrado localizarla.

Ni Recursos Humanos.

Ni los clientes.

Ni los directivos.

Más de una vez me han preguntado si conozco su dirección.

Siempre respondo exactamente lo mismo.

—No tengo idea.

Mentira.

Claro que la sé.

Pero no pienso traicionarla.

Si Day tomó la decisión de irse, fue porque llevaba mucho tiempo pensándolo. Aquello no fue un impulso ni un berrinche.

Y, conociendo esta empresa, estoy segura de que solo quieren convencerla para que vuelva y arregle los problemas que ellos mismos provocaron.

Pues que busquen a otra víctima.

Ah... y el famoso señor Amati tampoco se ha dado por vencido.

Aparece por aquí al menos dos veces por semana con cualquier pretexto.

Que si viene a revisar avances.

Que si necesita supervisar unos procesos.

Que si tiene una reunión con dirección.

Sí...

Cómo no.

Estoy casi segura de que sigue buscando a mi amiga.

Aunque todavía no entiendo para qué.

La verdad, él no me molesta.

El problema es el hombre rubio que siempre trae pegado como si fuera su sombra.

Marcos.

Qué sujeto tan insoportable.

Ha intentado hablar conmigo varias veces.

¿Y yo?

Lo mando a pasear.

Después de todas la mierda que dijo de mí, que no espere que ahora le sonría. No pienso arrastrarme por un tipo solo porque esté guapo.

Que siga esperando.

Otra cosa que pasó... me ascendieron. Sí, a mí.

Todavía no sé si reírme o preocuparme.

Me dieron la oficina que antes era de Alejandrina e incluso me ofrecieron mejores condiciones para renovar mi contrato.

Les dije que lo iba a pensar.

Mentira.

Ni loca pienso quedarme aquí más tiempo del necesario.

Solo estoy esperando a que termine mi contrato para largarme de esta empresa, si es que a esto se le puede llamar empresa.

—Señorita Nox, ¿puedo pasar? —preguntó una voz al otro lado de la puerta.

—Sí, adelante.

Florinda asomó la cabeza con expresión de culpa. Era una de las dos becarias que ahora estaban completamente bajo mi cargo.

—¿Qué sucede, Layla?

—Hay un hombre que quiere verla.

Sonreí con picardía.

—¿Está guapo?

Ella soltó una risa nerviosa.

—Sí... muy guapo. Pero no creo que sea de su agrado. Ya lo ha mandado a pasear como cuatro veces esta última semana.

Con eso se me borró la sonrisa, creo saber perfectamente de quién habla. Solté un suspiro cansado y me recargué en el respaldo de la silla.

—Dile que estoy ocupada. Y si no tiene cita, que la solicite en recepción como cualquier otra persona.

Layla dudó un momento.

—Dice que solo le tomará cinco minutos.

—Pues dile que hoy tampoco tengo cinco minutos para regalar.

La joven asintió.

—Entendido.

Antes de salir, volvió a asomarse.

—¿Y si insiste?

Tomé una carpeta del escritorio sin siquiera mirarla.

—Entonces dile que ya me fui. Si pregunta otra vez, inventa que tuve una reunión fuera del edificio. Y si todavía sigue esperando... llámale a seguridad. Ya me cansé de que crea que puede aparecer cuando quiera después de tratarme horrible.

La becaria soltó una risita.

—De acuerdo, señorita Nox.

Cuando la puerta se cerró, dejé caer la cabeza sobre el respaldo.

Miré el reloj. Eran las dos y media de la tarde. Para la mayoría, aquello marcaba el final de la jornada. Para mí, significaba que todavía me esperaban tres horas y media más de trabajo.

Poco a poco los pasillos comenzaron a vaciarse. Los redactores guardaban sus computadoras, los fotógrafos cargaban sus equipos y las asistentes se despedían con la promesa de ponerse al día al día siguiente. Algunos esperaban el ascensor comentando el escándalo de la semana; otros ya hacían planes para ir por unas cervezas o llegar temprano a casa.

El murmullo constante de la editorial fue apagándose hasta quedar reducido al zumbido del aire acondicionado, el golpeteo ocasional de un teclado y el sonido lejano de una impresora que parecía negarse a terminar su trabajo.

A las cuatro de la tarde el edificio se sentía completamente distinto. Las oficinas estaban medio vacías, las luces de varios departamentos ya se habían apagado y el aroma del café recién hecho había sido reemplazado por el de hojas impresas y tinta caliente.

Para mí, en cambio, apenas empezaba la segunda parte del día.

Las horas siguientes transcurrieron entre correcciones de última hora, llamadas con fotógrafos para confirmar derechos de imagen, cambios de titulares, aprobación de entrevistas y una interminable cadena de correos con el departamento de diseño porque, al parecer, nadie entendía que una portada debía verse elegante y no como un cartel lleno de colores compitiendo entre sí.

Ahora entendía por qué Day prefería evitar llamar al departamento de diseño. Siempre terminaba haciendo ella misma las portadas. Con el tiempo aprendió edición, composición, retoque fotográfico e incluso parte del proceso de impresión, todo con tal de ahorrarse papeleo, reuniones eternas y discusiones absurdas. En aquel entonces me parecía exagerada.

Ahora comprendía que simplemente estaba cansada de depender de personas que complicaban hasta la tarea más sencilla.

Suspiré mientras me masajeaba el puente de la nariz.

—Qué horror...

Necesitaba café.

Pero ya había tomado demasiado y el estómago empezaba a protestar. Ni siquiera había almorzado. También era culpa mía; siempre he sido demasiado quisquillosa con la comida. Si no veo cómo la preparan, prefiero no comerla. La excepción son las cosas empaquetadas: unas papitas, unas galletas o cualquier cosa sellada de fábrica. No es precisamente una dieta saludable, pero al menos me da tranquilidad.

Abrí otro archivo.

Al menos había logrado reconstruir una buena parte de la propuesta que Day dejó inconclusa.

Debía admitir que no estaba a su nivel.

Ella tenía un talento especial para encontrar el equilibrio perfecto entre el escándalo que vendía revistas y el periodismo que conservaba la credibilidad. Sabía exactamente qué fotografía usar, qué palabra despertaría curiosidad sin caer en el amarillismo y cómo ordenar cada página para que el lector no pudiera dejar la revista hasta la última hoja.

Yo podía imitar su estructura.

Pero el instinto que ella tenía... eso no se aprendía en un par de horas.

Me recosté en el respaldo de la silla y observé la oficina vacía.

—Day...

Me pregunto cómo estarás.

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Cliente anónimo
Un maratón
Cliente anónimo
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