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SUGAR MOMMY

SUGAR MOMMY

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Mariana Jurado Ramirez

A los 19 años, un joven conoce a una empresaria multimillonaria que quedó viuda hace muchos años. Ella ha dedicado todo su tiempo a criar a su hijo del y a dirigir su empresa, convencida de que el amor quedó atrás

NovelToon tiene autorización de Paula Mariana Jurado Ramirez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

four years later

Cuatro años habían pasado desde aquella noche en la que Andrea tomó la iniciativa y besó a Alejandro en el despacho de la empresa.

Lo que muchos aseguraban que sería un romance pasajero terminó convirtiéndose en una relación sólida, llena de respeto, confianza y cariño.

Con el paso del tiempo, las críticas nunca desaparecieron por completo.

Todavía había quienes llamaban a Andrea la "sugar mommy" de Alejandro.

Sin embargo, esas palabras ya no tenían el mismo peso.

Quienes convivían con ellos diariamente sabían que la realidad era muy distinta.

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Alejandro ahora tenía veinticuatro años.

Estaba en el último tramo de la carrera de Derecho y realizaba sus prácticas profesionales en el departamento jurídico de la empresa.

Ya no era el joven repartidor que recorría la ciudad bajo la lluvia.

Ahora era un hombre seguro de sí mismo, elegante y preparado, aunque seguía conservando la misma humildad que había conquistado a Andrea desde el primer día.

Nunca dejó de cuidar de su abuela y de su hermana menor.

Cada mes destinaba parte de su sueldo para el hogar y también había logrado comprar una pequeña casa para ellas, uno de los sueños que tenía desde adolescente.

Andrea estaba inmensamente orgullosa de él.

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Andrea, por su parte, continuaba al frente de la empresa.

A sus treinta y seis años seguía siendo considerada una de las empresarias más importantes del país.

A pesar de su apretada agenda, siempre encontraba tiempo para compartir con Alejandro.

Su relación había madurado.

Ya no existían los nervios de los primeros meses.

Ahora se entendían con solo mirarse.

Se apoyaban en los momentos difíciles y celebraban juntos cada logro.

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Quien también había cambiado mucho era Adán.

Con veintiún años, estaba a punto de terminar su propia carrera universitaria.

Aunque seguía siendo reservado con la mayoría de las personas, con Alejandro era completamente diferente.

Su amistad no solo había permanecido intacta.

Se había fortalecido.

Aquella mañana, ambos entrenaban en el gimnasio de la Mansión.

—¡Una repetición más! —dijo Adán entre risas.

Alejandro dejó las pesas sobre el soporte.

—Si sigo haciéndolo, mañana no podré mover los brazos.

Adán comenzó a reír.

—Ya te estás haciendo viejo.

Alejandro levantó una ceja.

—¿Lo dice alguien tres años menor?

—Exactamente.

Los dos soltaron una carcajada.

Desde la puerta, Andrea observaba la escena con una enorme sonrisa.

Ver a su hijo y a su novio llevarse tan bien seguía siendo una de las cosas que más felicidad le daban.

—Buenos días, deportistas.

Ambos voltearon al mismo tiempo.

—¡Buenos días! —respondieron.

Andrea cruzó los brazos.

—Ya prepararon el desayuno.

Si tardan más, se enfriará.

Adán sonrió.

—Ya vamos.

Mientras caminaban hacia el comedor, Alejandro pasó un brazo por los hombros de Adán.

—¿Listo para el examen de mañana?

Adán suspiró dramáticamente.

—No.

Voy a reprobar.

Alejandro rio.

—Llevas una semana estudiando.

—Precisamente por eso estoy cansado.

Andrea negó con una sonrisa.

—Ustedes dos parecen hermanos.

Adán respondió sin pensarlo.

—Pues casi lo somos.

Alejandro lo miró sorprendido.

Adán sonrió.

—¿Qué?

Es la verdad.

Hace cuatro años apenas nos conocíamos.

Ahora eres una de las personas más importantes de mi vida.

Alejandro sintió un nudo en la garganta.

Le dio una palmada amistosa en el hombro.

—Gracias.

Eso significa mucho para mí.

Andrea observó la escena con los ojos ligeramente brillantes.

Nunca imaginó que la decisión de abrirle la puerta de su casa a un joven repartidor cambiaría tanto sus vidas.

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Después del desayuno, Andrea y Alejandro salieron juntos hacia la empresa.

Como de costumbre, viajaban en el mismo automóvil.

Mientras avanzaban por la ciudad, Andrea tomó suavemente la mano de Alejandro.

—¿Sabes en qué estaba pensando?

Él sonrió.

—Cuéntame.

—En todo lo que ha pasado desde aquella noche de tormenta.

Alejandro rio con ternura.

—Yo también lo hago a veces.

Andrea lo miró de reojo.

—Si alguien me hubiera dicho aquel día que terminaría enamorándome del repartidor...

Jamás lo habría creído.

Alejandro sonrió.

—Y si a mí me hubieran dicho que la mujer que me obligó a quedarme en su casa durante una tormenta sería el amor de mi vida...

También habría pensado que era imposible.

Los dos rieron.

Andrea entrelazó sus dedos con los de él.

—Qué bueno que ninguno escuchó a quienes decían que esto no duraría.

Alejandro asintió.

—El tiempo fue quien respondió por nosotros.

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Al llegar a la empresa, los empleados los saludaron con respeto.

Durante aquellos cuatro años, Alejandro se había ganado el reconocimiento de todos gracias a su esfuerzo.

Incluso muchas de las personas que antes hablaban mal de él terminaron cambiando de opinión al verlo trabajar incansablemente.

Su talento como futuro abogado era evidente.

Y jamás utilizó su relación con Andrea para obtener privilegios.

Todo ascenso, cada responsabilidad y cada logro habían sido fruto de su dedicación.

Cuando ambos entraron al elevador, Andrea sonrió.

—¿Listo para otro día de trabajo?

Alejandro asintió.

—Siempre.

Antes de que las puertas se cerraran por completo, Adán alcanzó a entrar corriendo.

—¡Esperen!

Los dos comenzaron a reír.

—Casi nos dejas.

Adán recuperó el aliento y sonrió.

—No podía dejar que se fueran sin mí.

Los tres rieron mientras el elevador comenzaba a subir.

Quienes los observaban desde el vestíbulo sonrieron al ver la escena.

Con los años, aquella imagen se había vuelto habitual.

No parecían únicamente una pareja y un amigo.

Transmitían la calidez, la confianza y la complicidad de una verdadera familia.

Y aunque aún quedaban desafíos por enfrentar, los cuatro años que habían compartido demostraban que el cariño, el respeto y la confianza podían ser mucho más fuertes que cualquier rumor o prejuicio.

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