Lala Salcedo creyó que su boda con Damián Alcázar sería el inicio de una vida tranquila. Pero el mismo día de la ceremonia, su media hermana Iris, enferma y mimada por toda la familia, le arrebata el vestido, el novio y hasta el lugar que durante años le perteneció.
Lo que nadie esperaba era que Lala dejara de agachar la cabeza.
Con el corazón roto, una empresa en las manos y demasiadas cuentas pendientes, decide cobrar cada humillación una por una. Damián cree que puede volver cuando quiera. La familia Salcedo cree que todavía puede usarla. Iris cree que todo lo que Lala ama puede terminar en sus manos.
Hasta que aparece Sebastián Suárez, el heredero más reservado y poderoso de la ciudad, dispuesto a respaldarla cuando todos esperan verla caer.
Pero en un mundo de familias ricas, secretos viejos y amores que llegan demasiado tarde, Lala tendrá que descubrir quién quiere salvarla de verdad… y quién solo quiere usarla otra vez.
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Capítulo 24
Capítulo 24
—No somos de gastar por gastar —dijo Sebastián, serio—. En mi casa no todo tiene que ser marca cara. Si algo nos gusta y nos queda en el corazón, aunque venga de un puesto pequeño, se vuelve valioso.
Lo escuché con sorpresa.
El mesero dejó mi chocolate caliente y su café negro. Bebí un poco para calmarme.
Tenía días queriendo preguntar algo y por fin lo hice.
—El domingo en la noche... ¿cómo me encontraste?
Sebastián tomó café antes de responder.
—Fue casualidad. Fui a recoger a alguien al club y te vi.
—Gracias. Debí darte muchísima lata.
Él sonrió con resignación.
—¿Hasta cuándo vas a tratarme con tanta formalidad? ¿No te cansa hablarme como cliente?
—Perdón. Es costumbre.
—¿Me ves como cliente?
—No. Tú eres mi acreedor.
Sebastián se quedó un segundo en silencio y luego soltó una risa baja.
—Pensé que ibas a decir amigo.
Me dio pena.
Amigo sonaba demasiado cercano para alguien como él.
Él bebió otro sorbo.
—De todos modos, una mujer no debería beber tanto fuera de casa. Eres joven, bonita. Estar borracha te pone en riesgo.
—Lo sé. Nunca me había emborrachado así. Si no te encontraba, quizá terminaba dormida en la banqueta.
—Tu primera borrachera. Mi primera vez cuidando a una mujer borracha. Curioso.
La cara se me calentó.
—¿Fui tan terrible?
—Hablaste mucho. Pediste cosas raras. Vomitaste varias veces.
Quise romperme en pedazos.
—¿Pedí cosas... muy raras?
Pensé en los fragmentos que recordaba: abrazos, cercanía, una boca.
—¿A qué tipo de cosas te refieres?
No pude preguntarle si lo había besado.
—A nada. Olvídalo.
Me acordé del reloj.
Saqué la caja y la puse frente a él.
—Tu reloj. Revisa que esté bien.
Sebastián ni siquiera lo miró.
—Esa noche, después de que vomitaste, tuve que limpiar. Me lo quité, lo dejé por ahí y al irme lo olvidé.
Quise que la tierra me tragara.
Él, Sebastián Suárez, limpiando mi desastre de borracha.
—Cuando llegué a casa lo noté —continuó—. Pero no me atreví a llamarte.
—¿No te atreviste?
Sus ojos tenían un brillo casi tímido.
—Temí que pensaras que lo dejé a propósito para tener una excusa de verte. Esos días estabas distante. Pensé que podía incomodarte.
La culpa me pegó fuerte.
Alguien con su posición se preocupaba por no invadir mi espacio. Y yo había pensado cualquier cosa.
—Perdón —dije—. Yo... tuve dudas. Mi tipo de sangre es raro. Después de lo de Damián e Iris, empecé a imaginar cosas horribles. No entendía por qué tú y tu familia eran tan buenos conmigo.
—¿Pensaste que queríamos tu sangre?
—Sí.
—Eso explica muchas cosas.
—Suena ridículo.
—Suena a alguien que tuvo que defenderse demasiado tiempo.
Bajé la mirada.
—La noche que te emborrachaste me preguntaste si quería sacarte el corazón, los pulmones y toda la sangre.
Me quedé de piedra.
—¿Yo dije eso? ¿Qué más hice?
Sebastián me miró.
Por un segundo sentí que sus ojos bajaban a mis labios.
Se me erizó la piel.
¿Y si el sueño no había sido sueño?
¿Y si de verdad lo había besado?
—Nada más —dijo, apartando la vista—. Te dormiste como niña.
Mentía.
Él mismo acababa de decir que hablé demasiado y pedí cosas raras.
—Sea lo que sea que hice o dije, no lo tomes en serio. Estaba borracha.
Me faltaban palabras para explicar la vergüenza.
Sebastián lo notó.
—A veces salir con amigos ayuda a soltar presión. Y tu momento vergonzoso solo lo vi yo. Tranquila. Te lo guardo.
La última frase vino con una chispa de broma.
Y con algo que me hizo latir mal.
—Entonces gracias. Hoy el café lo pago yo.
—Acepto.
Levantó su taza. Yo levanté la mía y bebí chocolate para esconder la cara.
Javier apareció junto a la mesa.
—Señor Suárez, es hora. Tiene reunión.
Recién entendí que Sebastián había hecho espacio entre trabajo para verme.
Nos levantamos y caminamos juntos al elevador.
Mientras esperábamos, él pareció recordar algo.
—Mañana es el cumpleaños de mi mamá. Quiere que vengas.
—¿Yo? No sé si sea apropiado.
—Serán familiares y amigos. Además, podrías conocer futuras clientas.
—¿Desarrollar clientas VIP en el cumpleaños de tu mamá?
—No es broma.
Lo decía tan serio que no supe negarme.
—Está bien.
En el elevador, Sebastián habló como si fuera casual:
—Esa noche, cuando te llevé del club, Damián nos siguió. También estuvo debajo de tu edificio.
Me quedé rígida.
—Lo sé.
—¿Cómo va lo de ustedes?
Me dio vergüenza recordar que yo le había mentido a Damián diciendo que me había acostado con Sebastián muchas veces.
—No acepta el divorcio. Mi abogada presentó demanda. La audiencia es el día seis del próximo mes. La primera audiencia puede ser conciliación y quizá se alargue, pero estoy preparada.
—No te angusties antes de tiempo. Estos procesos son cansados, pero terminan.
—Eso espero.
Al salir, su coche ya lo esperaba.
—Mañana te mando coche —dijo antes de subir.
—Nos vemos mañana.
Lo vi irse y entonces me golpeé la frente.
Habíamos hablado de todo menos de lo más importante: por qué su familia me trataba así.
Esa noche, en casa, busqué ropa para la cena. Taco daba vueltas a mis pies con la correa en la boca.
—Está bien, vamos.
Bajé con él.
Apenas salimos, vi a Damián y a Tamara en la entrada.
—¿Qué quieren?
Damián estaba pálido.
—Iris está muy mal. Ven a verla por última vez.
—No hace falta. Nos odiamos. Verme no la va a tranquilizar.
Tamara habló con voz dura:
—Tienes que ir. Ahora.
Entendí antes de que terminaran de explicar.
No querían despedida.
Querían sangre.
Damián dijo:
—Está anémica, las plaquetas bajísimas. No tolera alimento ni medicamento. Yo doné ayer, pero no alcanza.
—Tú también tienes sangre rara. ¿Por qué no das más?
—Ya lo hice.
Buena la novela 🥰
se hace demasiada larga
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