Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 1
Siempre imaginé que nuestro quinto aniversario sería distinto. No necesitaba un viaje a una isla privada, un collar cubierto de diamantes ni una cena organizada en el restaurante más exclusivo de la ciudad. Nunca fui ese tipo de mujer. Me bastaba con que Lucan llegara a casa, me abrazara por la espalda mientras terminaba de servir la cena y me dijera, con esa sonrisa que años atrás conseguía desarmarme por completo, que cinco años no eran suficientes, que quería pasar cincuenta más conmigo. Qué ingenua fui al creer que el amor siempre desaparecía de golpe. La realidad era mucho más cruel. El amor no se marchaba de un día para otro; se iba deshaciendo poco a poco, en pequeños gestos que uno decidía ignorar porque aceptar la verdad dolía mucho más que inventar excusas.
Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, cambiar una decisión, evitar un error y salvar mi corazón antes de que terminara roto. Pero la vida real no concede ese tipo de milagros. La vida real te obliga a seguir caminando mientras todo a tu alrededor empieza a derrumbarse, esperando que seas tú quien tenga el valor de abrir los ojos.
Miré el reloj por quinta vez en menos de diez minutos, las ocho y veinte.
Lucan había prometido estar en casa a las siete.
Sonreí para mí misma mientras acomodaba por enésima vez los cubiertos. Me repetí que seguramente una reunión se había alargado más de lo previsto. Era normal. Él dirigía una de las empresas más importantes del país y las responsabilidades nunca terminaban. Esa había sido mi respuesta durante los últimos meses. Siempre encontraba una explicación para sus ausencias, para sus silencios, para los mensajes sin responder y para las noches en las que llegaba cuando yo ya estaba dormida.
El problema era que las excusas empezaban a sonar vacías incluso dentro de mi propia cabeza.
Observé la mesa cuidadosamente preparada. Había elegido su vino favorito, el mismo que compartimos la noche en que me pidió matrimonio. También preparé el risotto que tanto le gustaba y un postre cuya receta aprendí después de estropearla tres veces. Me reí recordando cómo había terminado la cocina cubierta de harina mientras la cocinera de la casa intentaba convencerme de dejarla hacerlo a ella. Me negué. Quería que aquella cena llevara algo de mí.
Porque todavía quería creer que nosotros también seguíamos llevando algo del otro.
Acaricié distraídamente la alianza que descansaba en mi dedo. Hubo un tiempo en que Lucan no podía dejar de jugar con ella. La giraba mientras caminábamos, la besaba cuando pensaba que yo estaba distraída y decía que era la prueba de que había tomado la mejor decisión de su vida.
¿Cuándo dejó de hacerlo? No lo sabía y quizá ese era el verdadero problema.
No existía un momento exacto, no había una fecha marcada en el calendario que dijera: hoy empezó el final. Solo pequeños cambios que fui aceptando sin hacer preguntas.
El primer viaje de negocios demasiado largo. La primera llamada que terminó con un "estoy ocupado". La primera cena cancelada, el primer beso distraído. La primera noche en la que prefirió responder correos antes que preguntarme cómo había estado mi día.
Y yo... Yo seguí convencida de que era una etapa, siempre era una etapa.
Me acerqué al ventanal del comedor. Desde el piso veintisiete la ciudad parecía tranquila. Las luces de los edificios brillaban como pequeñas estrellas atrapadas entre el concreto, mientras los automóviles dibujaban líneas interminables sobre la avenida principal. Antes me encantaba contemplar esa vista junto a Lucan. Él se colocaba detrás de mí, rodeaba mi cintura con los brazos y apoyaba el mentón sobre mi hombro.
—Mírala bien, Nae —solía decirme—. Algún día construiremos algo que deje nuestra huella aquí.
Yo siempre le respondía que no necesitaba edificios con nuestro apellido para sentirme feliz.
Solo lo necesitaba a él.
Qué ironía. Tomé el teléfono y abrí nuestra conversación. El último mensaje era mío.
"No olvides que hoy prometiste llegar temprano."
Él había reaccionado con un corazón, nada más. Deslicé el dedo hacia arriba, buscando conversaciones antiguas. Allí estaban. Fotografías, bromas, mensajes interminables que se extendían hasta la madrugada porque ninguno quería despedirse primero. Luego de un rato, encontré uno enviado exactamente cinco años atrás.
"Sal de la oficina. Ya estoy abajo. No pienso dejar que mi futura esposa espere ni un minuto más."
Sonreí. Después levanté la vista hacia el reloj, las nueve menos cuarto, guardé el teléfono despacio, no lloré, ni siquiera sentí rabia, solo un vacío extraño. Como si una parte de mí hubiera dejado de sorprenderse.
El sonido del horno me sacó de mis pensamientos. Apagué el temporizador y comprobé que la comida seguía caliente. Dudé unos segundos antes de volver a colocar la tapa sobre la fuente.
Esperaría un poco más, siempre esperaba un poco más. Abrí el cajón del aparador y saqué la pequeña caja envuelta con un papel azul oscuro. Dentro había una pluma estilográfica de edición limitada. Meses atrás, durante una reunión, Lucan comentó que la había visto en una revista y que algún día la compraría. Recordé su expresión cuando lo dijo y pensé que sería un buen regalo de aniversario.
Mandé grabar una frase. "Por todos los aniversarios que aún nos quedan." Pasé el pulgar sobre la tapa de la caja. Por primera vez, esas palabras me parecieron demasiado optimistas, volví a guardarla, no quería verla más.
Las nueve y media.
Llamé, contestó el buzón de voz, no insistí. Si algo había aprendido durante los últimos meses era que Lucan detestaba que lo llamaran varias veces seguidas cuando estaba trabajando.
Trabajando.
Respiré profundamente. No. Aquella noche ya no estaba tan segura de que el trabajo fuera el verdadero culpable.
Me dirigí al dormitorio para cambiarme los zapatos. Frente al espejo observé mi reflejo. El vestido color marfil seguía impecable. El maquillaje apenas necesitaba un retoque. El cabello caía sobre mis hombros tal y como él decía que más le gustaba.
Me pregunté cuándo había empezado a arreglarme esperando recuperar una mirada que antes recibía sin esfuerzo y esa pregunta me dolió más que cualquier ausencia, porque significaba que llevaba demasiado tiempo intentando ser suficiente para alguien que, quizá, había dejado de elegirme hacía mucho.
Apoyé ambas manos sobre el tocador y cerré los ojos, no quería pensar lo peor, no quería convertirme en una esposa desconfiada, no quería revisar teléfonos, contratar detectives ni imaginar amantes escondidas detrás de cada viaje de negocios, pero tampoco quería seguir mintiéndome.
Cuando abrí los ojos, tomé una decisión que jamás pensé que tendría que tomar, al día siguiente hablaría con alguien, no sabía con quién, tal vez un investigador, tal vez un abogado, tal vez solo una persona capaz de decirme la verdad que yo llevaba demasiado tiempo evitando, porque, si algo estaba aprendiendo esa noche, era que el silencio podía destruir un matrimonio mucho antes que cualquier confesión y, por primera vez en cinco años, tuve miedo de descubrir que el hombre al que había esperado con una mesa servida ya no era el mismo del que me enamoré.
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