A ella una tragedia que la obligó a huir.
Al el una silla de ruedas lo condeno al olvido y al dolor para siempre.
cuando sus vidas se encuentren, cada herida amenaza con romperlos, pero será la esperanza quien siempre insistirá en salvarlos.
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La canción que se dedica con la mirada
El parque seguía vivo, pero ahora Adela lo sentía distinto. No como un lugar que la juzga, sino como un escenario donde su corazón podía volver a participar.
Caminaban despacio. Lukas en su silla, Adela a su lado, cuidando el ritmo como si fuera una promesa.
—Hoy estás más liviana —comentó Lukas, con esa voz suave que siempre encontraba la forma de sostenerla.
—Tu también, cada día gritas menos —respondió Adela, y se le escapó una sonrisa—. Aunque me sigas diciendo que caminemos despacio.
Lukas soltó una risa baja.
—Es que si no, te vas a apurar… y yo no quiero que te vayas.
Adela lo miró, y por un segundo se le cruzó esa sensación de “esto es real”. Luego siguieron.
Al doblar un sendero, escucharon música.
Una guitarra. Notas cálidas, lentas, como si alguien estuviera tocando para el corazón de la gente, no para el ruido del parque.
Un hombre de pelo canoso estaba sentado con una funda gastada a un lado. Tocaba con calma, y cuando cantaba (o tarareaba, porque a veces la voz se perdía entre los árboles), parecía que el mundo se acomodaba para escucharlo.
Adela se quedó quieta.
—Qué lindo… —susurró.
Lukas giró apenas la cabeza hacia ella.
—¿Querés que nos acerquemos?
Adela asintió.
Se acercaron despacio. El guitarrista los miró un segundo, como si reconociera que estaban ahí de verdad. Luego siguió tocando.
Y entonces pasó algo.
El guitarrista cambió la melodía. Una canción romántica, suave, con un ritmo que parecía hecho para mirarse de frente. No era una canción cualquiera: tenía esa intención que te agarra el pecho y te hace sentir que te están nombrando.
Adela sintió que se le erizaba la piel.
Lukas, en cambio, se puso más atento. Como si hubiera entendido antes que ella lo que estaba pasando.
El guitarrista siguió tocando… y sin decir una sola palabra, levantó la vista hacia Adela. Solo la miró. Una mirada directa, cálida, como una dedicatoria.
Adela tragó saliva, confundida y conmovida.
Lukas no dijo nada. Solo acomodó su cuerpo un poco, y con la misma calma con la que sostiene su silla, se inclinó hacia ella.
—Bonita… —le dijo por primera vez como si fuera un secreto, un apodo nuevo que le nacía del alma.
Adela parpadeó, sorprendida.
—¿Cómo…?
—No importa —sonrió Lukas—. Es que eres bonita.
Adela sintió que el corazón le daba un salto. Y el guitarrista, como si hubiera escuchado ese “bonita” sin palabras, cambió el acorde final… y la melodía se cerró como un abrazo.
El hombre volvió a mirar a Adela una última vez, y luego bajó la vista a la guitarra, como si la canción ya hubiera cumplido su misión.
Adela se quedó inmóvil un instante, con los ojos brillantes.
—Lukas… —dijo, pero no pudo completar.
Lukas le tomó la mano con suavidad.
—No hace falta que te expliquen —susurró—. Se siente.
Adela lo miró.
—¿Y si me da miedo que esto termine?
Lukas apretó su mano, firme, como respuesta.
—Entonces lo vivimos ahora —dijo—. Y si termina… lo que queda en ti no se borra.
Adela respiró hondo, y esta vez el parque no dolió. Se quedó como una caricia.
—Bonita —repitió Lukas, como si el apodo fuera un ancla—, ven. Sigamos caminando.
Adela se rió bajito.
—¿Ahora también me vas a decir “bonita” todo el tiempo?
—Todo el tiempo que quieras —respondió él—. Y si no quierés… lo hablamos.
Adela lo miró con ternura.
—Quiero.
Y siguieron, con la música todavía en el aire, y con el corazón de Adela aprendiendo a quedarse… sin culpa.
La tarde siguió su curso, y el ánimo de ambos era otro. Después de caminar, se metieron en un par de tiendas. Adela se dejó llevar por la simple alegría de elegir cosas que le gustaban, sin el peso de la culpa en cada decisión. Lukas, aunque se movía con calma, la observaba con esa mirada nueva, mucho más presente.
Al salir de una tienda de regalos, el destino —o tal vez la casualidad— se les cruzó en el camino. Al lado de la entrada, había una pequeña clínica veterinaria. En la puerta, sobre un estante bajo, había una cajita de cartón con un cartel escrito a mano: **"Adóptame"**.
Adela se detuvo en seco. Sus ojos se iluminaron de inmediato. Adentro de la caja, entre un par de trapos viejos, había un gatito naranja, pequeñito, que miraba el mundo con curiosidad.
—Ay, Lukas… —susurró ella, quedándose petrificada frente a la caja.
Lukas, que la escuchó, se acercó con su silla y miró de reojo. Suspiró casi al instante.
—Ni lo pienses, Adela. Ni lo pienses —dijo, con un tono firme pero sin agresividad—. Sabés perfectamente que no me gustan los animales. Son ruidosos, ensucian y no son para mí.
Adela se dio la vuelta y se puso de cuclillas, quedando exactamente a la altura de sus ojos. Estaba cerca, muy cerca. Le puso una mano en la mejilla, acariciándole la piel con una suavidad que a Lukas le desarmó la defensa.
—Por favor… —le rogó ella, con una voz dulce—. Mirala, es un solcito. Te prometo, Lukas, te juro, que ni siquiera te va a molestar. Va a ser súper silenciosa, la voy a cuidar yo. Por favor…
Lukas la miraba, intentando mantener la seriedad, pero se le notaba que el gesto de Adela lo estaba dejando sin argumentos. Ella se acercó un poquito más y, sin dudar, le dio un beso corto y muy suave sobre los labios.
Lukas se quedó inmóvil un segundo.
—Eso es chantaje —dijo él, aunque se le escapó una sonrisa pequeña—. Me estás chantajeando con un beso, bonita.
—¿Y funcionó? —preguntó ella, acariciándole la mejilla con el pulgar, esperando la respuesta con los ojos brillantes.
Lukas suspiró, negando con la cabeza como si se hubiera rendido ante una fuerza mayor.
—Está bien —gruñó, aunque con un tono que ya no tenía rastro de enojo—. Pero si me tira la ropa o me molesta, va a ser tu responsabilidad.
Adela soltó una risita de pura felicidad, se puso de pie y, con delicadeza, levantó al gatito de la caja. El animalito, apenas lo sintió en sus manos, empezó a ronronear.
—Es nena —dijo ella, acercándose a Lukas para que la viera—. ¿Qué nombre le ponemos?
Lukas miró al gatito naranja, que lo observaba con curiosidad, y luego miró a Adela, que irradiaba una felicidad que hacía tiempo no veía.
—Ponle el que quieras —dijo él, resignado.
—Se va a llamar **Lucí** —anunció Adela, abrazando al gatito contra su pecho—. Porque nos trajo un poquito de luz hoy.
Lukas la miró. Verla así, con el gatito, tan plena y sin esa sombra que solía cargar, le hizo sentir que tal vez, solo tal vez, su casa iba a ser un lugar mucho más cálido de lo que él imaginaba.
—Lucí —repitió él—. Bueno… bienvenida, Lucí. Pero que conste que me debes otra cena por esto.
Adela se acercó y le dio otro beso, esta vez más relajado, más cómplice.
—Trato hecho, señor cascarrabias —dijo ella, radiante.
Y así, con una nueva integrante que ronroneaba feliz, siguieron su camino a casa, sintiendo que la vida, por fin, empezaba a parecerse a lo que ellos dos querían construir.
Te mereces una oportunidad de ser feliz al lado de Lukas no lo pienses y deja te querer y quiere tu también.
Lukas lo que hace el amor saliste de tu casa a respirar el mismo aire que Adela.