Si siempre estás en busca de un giro inesperado este es el lugar equivocado... o tal ves no ... ups, ya dije demasiado.
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capítulo 24
La noche era profunda y silenciosa, de esas en las que la oscuridad parece pesarse sobre todo el lugar, pero para Neithan era imposible cerrar los ojos y descansar. Daba vueltas y más vueltas en su cama, con la mente llena de pensamientos obsesivos, con el recuerdo de su piel, de su olor y de aquel único encuentro que había sido para él el momento más sublime de su vida, aunque para ella no hubiera sido más que un capricho pasajero. A pesar de todos los rechazos, de las palabras crueles, de las burlas y de haber sido echado de su habitación la última vez, Neithan seguía aferrado a una esperanza ridícula y desesperada. Estaba convencido de que todo lo que ella le decía era solo una fachada, que en el fondo ella también lo deseaba, que su frialdad era solo una prueba para ver hasta dónde llegaba su amor y su entrega.
"Ella me quiere, estoy seguro", se repetía a sí mismo en la penumbra, mordiéndose los labios con ansiedad. "Solo necesita que yo tome la iniciativa, que no le dé tiempo a pensar ni a ponerse esa máscara de hielo que usa durante el día. Si entro de noche, si la tomo por sorpresa, si la abrazo antes de que pueda decirme que no… ella se rendirá. Sé que se rendirá. Cuando sienta mis manos, cuando sienta mi cuerpo junto al suyo, todo volverá a ser como aquella primera vez. O mejor."
El corazón le latía con fuerza, golpeándole el pecho como si quisiera salirse. Miró la hora en el reloj de pared: pasaban ya de las dos de la madrugada. Todo estaba en silencio absoluto en la casa, incluso no había mucho que decir ante la atmósfera tan pacífica que en cierta medida lucía un poco espeluznante de hecho. Nadie se movía, nadie hablaba, todos dormían profundamente. Era el momento perfecto. Era su oportunidad.
Se levantó de la cama con mucho cuidado, descalzo, vestido solo con unos pantalones ligeros pertenecientes a su pijama como de costumbre y el torso desnudo. Caminó despacio, tratando de no hacer el menor ruido, deslizándose por el pasillo oscuro como una sombra. Sus pensamientos eran un torbellino de ilusión y deseo. Imaginaba ya su reacción: al principio se sorprendería, quizás se molestaría un poco, pero en cuanto él la besara con pasión, en cuanto le demostrara cuánto la amaba y cuánto la quería, ella cedería. Imaginaba sus manos recorriendo su cuerpo, escuchando sus gemidos otra vez, sintiendo cómo se entregaba a él sin reservas, olvidando todas esas palabras duras que le había dicho días atrás. "Ella es mía", pensaba con una mezcla de locura y certeza. "Ella es mi mujer, aunque no quiera admitirlo"
Llegó finalmente frente a la puerta de su habitación. Estaba entreabierta, apenas un poco, lo cual hizo que una sonrisa de triunfo se dibujara en sus labios. "Lo sabía", se dijo para sí mismo. "Ella me dejó una puerta abierta. En el fondo me está esperando".
Se acercó más, con la intención de empujar la puerta suavemente y entrar, pero justo cuando iba a poner la mano sobre la madera, se detuvo en seco. Un sonido muy débil, apenas un susurro, llegó hasta sus oídos desde el interior. No era el silencio absoluto que él esperaba. Ella no dormía. Y no estaba sola, aunque no se veía a nadie más.
Impulsado por la curiosidad y esa necesidad enfermiza de saber todo de ella aunque ni siquiera fuera de su incunvencia claramente, Neithan pegó su oído a la pared, justo al lado del marco de la puerta, tratando de escuchar mejor. Y entonces, lo que oyó hizo que su sangre se helara en las venas, que su piel se llenara de escalofríos y que todo el aire se le escapara de los pulmones de golpe.
Era su voz. La reconocería entre mil voces, dulce, suave, arrulladora… pero esta vez cargada de una pasión y una lujuria que él jamás había escuchado, ni siquiera cuando estaban juntos. Hablaba en voz baja, con ese tono meloso y sensual que usaba solo cuando algo o alguien le gustaba de verdad. Y no hablaba sola. Hablaba por teléfono.
—…mmmmm… sí, Daniel… así me gusta… —decía ella, entre suspiros que eran como cuchillos clavándose en el pecho de Neithan—. …me encanta que me hables así… me pones tan mal… estás tan lejos y a la vez me haces sentirte tan dentro de mí…
Neithan sintió que el suelo se abría bajo sus pies. ¿Daniel? ¿De quién hablaba? ¿Acaso era el Daniel que conocía? Su mente empezó a dar vueltas, pero sus pies estaban clavados en el suelo, incapaces de moverse, atrapado por la conversación que, contra su voluntad, estaba escuchando palabra por palabra.
Desde adentro, su voz siguió, ahora más ronca, más cargada de deseo, diciendo cosas que jamás le había dicho a él, ni en los momentos de mayor intimidad:
—Ay, Daniel… sabes que me vuelves loca… me encanta cómo me tocas con tus palabras, igual que me tocas con tus manos cuando estás aquí… ¿Recuerdas la última vez? ¿Recuerdas cómo me tuviste sobre la mesa, sin dejarme respirar, haciéndome gritar tu nombre hasta que me dolió la garganta? —se rió suavemente, una risa llena de malicia y placer—. …sí, así… eso es lo que quiero ahora mismo… me estoy tocando la mente pensando en ti, pensando en esa cosa tan grande que tienes y que me hace olvidar hasta mi propio nombre… Nadie lo hace como tú, mi amor… nadie sabe dónde tocarme para hacerme estremecer así…
Neithan se llevó una mano a la boca para ahogar un gemido de dolor. Sentía como si le arrancaran el corazón vivo. Cada palabra que ella decía era una traición, era una bofetada en la cara a todo su amor, a todo lo que él creía que habían sido. Pero lo peor aún no había llegado. La voz de ella se hizo más clara, más insistente, y siguió derramando veneno disfrazado de dulzura:
—…¿Que qué hago con el otro? ¿Con Neithan? —y al escuchar su propio nombre pronunciado así, con ese tono de burla y desprecio, Neithan sintió que el mundo se le acababa—. ¡Bah! Ese idiota… ese pobre estúpido… no te preocupes por él, mi vida. Es solo un juguete aburrido que se cree el centro del universo. ¿Sabes? Hace días que no deja de molestarme. Me trae flores, chocolates, regalos ridículos… se cree que así va a conseguir algo conmigo y créeme ahora que nuevamente estás tú, ya no mantengo la más mínima relación como antes.
Hizo una pausa, soltando un suspiro cargado de falsa lástima y burla:
—…incluso anoche… jajaja… ay, Daniel, te vas a morir de risa… anoche entró a mi cuarto sin permiso, llenó mi cama de pétalos de rosas rojas, pensando que con eso me iba a ganar… me pedía, me suplicaba que me acostara con él otra vez… ¿Te lo puedes creer? Él cree que lo que tuvimos fue algo especial, que yo sentí algo… ¡Qué ingenuo!
Se escuchó el sonido de ella moviéndose en la cama, probablemente recostándose más cómoda, disfrutando de la conversación, mientras Neithan seguía allí afuera, muriéndose de celos, de rabia y de una tristeza infinita...