una ciudad controlada por dos grandes mafiosos que se odian pero en el camino encontrarán enemigos en común será que los haran unirse?
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La verdad de Verónica
El antiguo teatro permanecía en silencio.
Las luces iluminaban apenas el escenario y las primeras filas de asientos.
Gabriel Torres permanecía inmóvil frente a Verónica Salazar.
Durante meses había buscado respuestas.
Durante meses había seguido pistas, sobrevivido a persecuciones y descubierto secretos que habían destruido imperios criminales.
Y ahora estaba frente a la mujer que parecía encontrarse en el centro de todo.
Verónica lo observaba con tranquilidad.
Como si aquella reunión hubiera sido inevitable.
Como si siempre hubiera sabido que llegaría ese momento.
—Si realmente querías permanecer oculta —dijo Gabriel—, ¿por qué permitiste que te encontrara?
Verónica sonrió.
—Porque ya no importa.
—¿Qué significa eso?
—Significa que el juego está entrando en su etapa final.
Aquellas palabras no le gustaron.
Nada de lo que decía aquella mujer le gustaba.
—Quiero respuestas.
—Y las tendrás.
Verónica se levantó lentamente de su asiento.
Comenzó a caminar por el teatro vacío.
—Hace treinta años Ciudad Oscura era diferente.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Gabriel permaneció en silencio.
—Las organizaciones criminales no estaban divididas. No existían fronteras. No existían reglas.
—¿Y tú cambiaste eso?
—Intenté hacerlo.
Verónica observó el escenario.
—Cuando era joven creía que el caos podía controlarse.
—¿Por eso fundaste La Sombra Negra?
—No exactamente.
Gabriel frunció el ceño.
—Explícate.
La mujer se giró lentamente.
—La Sombra Negra nunca fue mi organización.
Aquella respuesta lo sorprendió.
—¿Qué?
—Yo ayudé a crear la estructura.
—Pero no la organización.
—Exactamente.
Gabriel sintió que una nueva pieza encajaba.
—Entonces Esteban decía la verdad.
—A veces.
—No muy seguido.
Verónica soltó una pequeña risa.
—En eso tienes razón.
Mientras tanto, en Ciudad Oscura, Antonio Romano, Sofía Navarro y Víctor Moretti esperaban noticias.
El tiempo pasaba lentamente.
Ninguno estaba cómodo.
Ninguno confiaba en la situación.
—No me gusta que haya ido solo —dijo Sofía.
—A mí tampoco —respondió Antonio.
Víctor observó su reloj.
—Gabriel sabe cuidarse.
—Eso mismo dijo antes de terminar secuestrado.
Nadie respondió.
Porque era cierto.
En el teatro, Verónica continuó hablando.
—Cuando conocí a Esteban Navarro era ambicioso.
—Eso no ha cambiado.
—No.
Por primera vez pareció verdaderamente divertida.
—Pero entonces todavía podía ser influenciado.
Gabriel tomó notas rápidamente.
—¿Lo utilizaste?
—Por supuesto.
—Al menos eres sincera.
—La sinceridad resulta fácil cuando ya no importa ocultar nada.
Aquella frase llamó su atención.
—Sigues diciendo eso.
—Porque es cierto.
—¿Qué está pasando?
Verónica volvió a sentarse.
Su mirada se volvió más seria.
—Algo que lleva décadas preparándose.
Gabriel sintió un escalofrío.
—¿El Círculo?
—El Círculo es solo una herramienta.
—Como La Sombra Negra.
—Exactamente.
—Entonces, ¿qué es lo importante?
Verónica permaneció en silencio durante varios segundos.
Luego respondió.
—El control.
En otro lugar de la ciudad, un hombre observaba varias pantallas de vigilancia.
Era elegante.
Cabello gris.
Traje oscuro.
Y una expresión completamente fría.
Uno de sus asistentes se acercó.
—La reunión comenzó.
—Lo sé.
—¿Debemos intervenir?
El hombre negó lentamente.
—Todavía no.
—Verónica está hablando demasiado.
—Ella cree que sigue teniendo el control.
El asistente dudó.
—¿Y no es así?
Por primera vez apareció una sonrisa.
—Pronto lo descubriremos.
Gabriel comenzaba a sentirse frustrado.
Cada respuesta de Verónica generaba nuevas preguntas.
—Hablas del control como si fuera una meta.
—Porque lo es.
—¿Controlar qué?
—Todo.
La respuesta fue tan directa que por un momento creyó haber escuchado mal.
—Eso es imposible.
—¿Lo es?
Verónica apoyó las manos sobre los brazos del asiento.
—Dime algo, Gabriel. ¿Quién controla la economía de una ciudad?
—Muchas personas.
—¿Quién controla la información?
—Los medios. Los gobiernos. Las empresas.
—¿Quién controla la política?
Gabriel guardó silencio.
—Nadie controla todo —respondió finalmente.
—Exactamente.
La sonrisa regresó.
—Y ese es el problema.
Aquella lógica resultaba inquietante.
Porque ella realmente creía en lo que decía.
No estaba fingiendo.
No estaba manipulándolo.
Aquella era su visión del mundo.
En la prisión, Esteban Navarro permanecía sentado en su celda.
La visita del misterioso hombre seguía dándole vueltas en la cabeza.
Verónica quería reunirse con él.
Después de tantos años.
Después de todo lo ocurrido.
Aquello solo podía significar una cosa.
El plan había entrado en una nueva fase.
Y si conocía a Verónica tan bien como creía, aquello era una mala noticia para todos.
Muy mala.
De regreso en el teatro, Gabriel decidió cambiar de estrategia.
—¿Por qué destruiste La Sombra Negra?
Verónica lo observó.
—Porque dejó de ser útil.
—¿Solo por eso?
—Sí.
—Murieron personas.
—Siempre mueren personas.
La frialdad de aquella respuesta provocó una sensación de rechazo.
—Lorenzo murió.
—Lo sé.
—Miles de vidas fueron destruidas.
—Lo sé.
—Y no te importa.
Verónica guardó silencio.
Finalmente respondió.
—Me importa el resultado.
Gabriel comprendió algo.
Aquella mujer veía el mundo como un tablero.
Las personas eran piezas.
Los acontecimientos eran movimientos.
Y los sacrificios formaban parte del juego.
De repente sonó un teléfono.
No era el suyo.
Era el de Verónica.
Ella observó la pantalla.
Su expresión cambió.
Solo ligeramente.
Pero Gabriel lo notó.
—¿Problemas?
—Tal vez.
Respondió la llamada.
Escuchó durante unos segundos.
Y luego colgó.
La tranquilidad había desaparecido.
—¿Qué pasó?
Verónica se levantó.
—Parece que alguien decidió moverse antes de tiempo.
—¿Quién?
La mujer lo observó.
Por primera vez parecía realmente preocupada.
—Una persona que debería estar muerta.
En ese mismo instante, una explosión sacudió un edificio ubicado al otro lado de Ciudad Oscura.
Después otra.
Y otra más.
Las noticias comenzaron a interrumpir su programación habitual.
Las redes sociales se llenaron de imágenes.
El caos se extendía rápidamente.
Antonio observó una pantalla.
—¿Qué demonios está pasando?
Víctor recibió una llamada.
Escuchó durante varios segundos.
Luego levantó la mirada.
—Atacaron tres bancos.
—¿Quién?
—Nadie lo sabe.
Sofía observó las imágenes.
Algo no encajaba.
Aquellos ataques parecían demasiado coordinados.
Demasiado precisos.
Como parte de un plan.
En el teatro, Gabriel recibió varias notificaciones al mismo tiempo.
Sacó el teléfono.
Y observó las noticias.
—¿Tú hiciste esto?
Verónica negó.
—No.
—¿Entonces quién?
La mujer permaneció pensativa.
Luego dijo algo inesperado.
—Cometí un error.
Aquellas palabras sorprendieron a Gabriel más que cualquier otra cosa.
—¿Qué?
—Subestimé a alguien.
—¿A quién?
Verónica respiró profundamente.
—A mi antiguo socio.
El silencio llenó el lugar.
—Pensé que estaba muerto.
—Claramente no lo está.
La mujer comenzó a caminar.
Más rápido.
Más nerviosa.
—Esto no debía ocurrir todavía.
—¿Quién es?
Verónica se detuvo.
Y respondió lentamente.
—El verdadero fundador del Círculo.
Gabriel sintió que el mundo se detenía por un instante.
—Creí que eras tú.
—No.
—Entonces, ¿quién?
Verónica lo miró directamente a los ojos.
—Alguien mucho más peligroso que yo.
A cientos de kilómetros de allí, en una enorme residencia privada rodeada por montañas, un hombre observaba las noticias.
Cabello gris.
Mirada fría.
Traje impecable.
Frente a él había una mesa llena de documentos.
Fotografías.
Mapas.
Informes.
Todo relacionado con Ciudad Oscura.
Una mujer se acercó.
—Los ataques comenzaron.
—Perfecto.
—¿Y Verónica?
El hombre sonrió.
—Seguramente ya entendió el mensaje.
—¿Está seguro de que funcionará?
—Sí.
Observó una fotografía antigua.
En ella aparecía junto a Verónica Salazar, varias décadas atrás.
—Ella siempre creyó que era la persona más inteligente de la habitación.
La mujer permaneció en silencio.
—Y ahora descubrirá que estaba equivocada.
El hombre dejó la fotografía sobre la mesa.
Luego observó la ciudad en una pantalla.
—Es hora de recuperar lo que me pertenece.
En el teatro, Gabriel comprendía que la situación era mucho peor de lo que había imaginado.
Verónica Salazar no era el enemigo final.
Era solo una pieza más.
Una pieza importante.
Pero no la última.
Y por primera vez desde que comenzó toda aquella historia, la mujer parecía asustada.
Realmente asustada.
Porque alguien había regresado.
Alguien capaz de poner en peligro incluso a la Reina de las Sombras.
Continuará en el Capítulo 15...