📖 Sinopsis
Emma es una chica que siempre ha preferido el silencio. Desde niña, su timidez la mantuvo oculta tras las páginas de sus libros y las escenas de sus series románticas favoritas. Solo una vez fue valiente: cuando entregó una nota de papel preguntando: "¿Quieres ser mi novio?". Recibió un "Sí" de vuelta, pero el destino le arrebató ese amor el mismo día cuando sus padres la cambiaron de escuela sin previo aviso.
Años después, Emma trabaja en una fábrica de zapatos, atrapada en una rutina de cuero, máquinas y soledad, refugiándose en una cuenta de Instagram anónima donde escribe sus penas. Pero su mundo de cristal está a punto de romperse cuando recibe una notificación en su cuenta personal: “Hola, ¿tú eres Emma Rodríguez?”.
¿Es posible que el niño de la nota nunca la haya olvidado? ¿Podrá Emma superar su timidez antes de que el pasado se le escape de las manos otra vez?
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Capítulo 21: Entre ojeras y tacones
Los días en la fábrica se volvieron una pesadilla de incertidumbre. La tensión se podía respirar; cada jornada despedían a cuatro personas de distintas áreas. El miedo se instaló entre nosotros como un compañero más de trabajo. Casi no había podido hablar con Julián; mis horarios se extendieron hasta la medianoche y llegaba a casa arrastrando los pies, directa a una ducha rápida para caer rendida en la cama.
Entre sueños, leía los mensajes de Julián. En uno de ellos, me contaba que debía viajar a Estados Unidos por una semana de trabajo. Eso, sumado a mis jornadas de sábado y domingo sin descanso, nos mantuvo distanciados. "Te están explotando", me decía él con preocupación, pero ¿qué podía hacer yo? Este trabajo es lo que sé hacer, llevo una eternidad en esto y no podía permitirme el lujo de ser la próxima en la lista de despidos.
Finalmente, las semanas pasaron y Julián regresó de su viaje.
—Te traje un regalo, quiero dártelo en persona —me dijo con entusiasmo.
Pero yo me miraba al espejo y solo veía ojeras y cansancio.
—¡Qué horror! No quiero que me veas con esta cara —le respondía, aunque él insistía en que me veía hermosa. Julián siempre lo ve todo hermoso cuando se trata de mí.
Por fin, el estrés en la fábrica cedió un poco y me dieron el fin de semana libre. Mi plan original era dormir hasta el lunes, pero al llamar a Julián, lo vi frente a varias pantallas editando sin parar.
—¿Qué haces? —pregunté curiosa.
—Edito las fotos para una adquisición importante este domingo. De hecho... —hizo una pausa, mirando fijamente a la cámara con ojos de perrito—. Quería invitarte. Si mis fotos son las más vendidas, recibiré un premio y me encantaría que estuvieras ahí conmigo. Por favor, no me digas que no.
Solté una carcajada ante su insistencia.
—Está bien, te acompañaré.
—¡SÍ! —gritó él emocionado—. ¡Por fin te veré! —Luego se detuvo y soltó una risa misteriosa.
—¿De qué te ríes? —le pregunté, pero no soltó prenda. Sabía que tenía que ver con la sorpresa que me prometió, pero seguía siendo un enigma.
El sábado me desperté con los nervios de punta. Mañana sería el gran día: nuestro primer encuentro. Corrí al clóset y la realidad me golpeó: no tenía nada que me hiciera sentir linda para un evento así. Busqué opciones en internet y, aunque me gustó un conjunto de pantalón ancho, terminé enamorada de un vestido blanco con azul oscuro y tacones de punta fina.
Me fui al centro comercial, algo raro en mí, pues casi nunca gasto en estas cosas. Después de mucho caminar, ¡lo encontré! Era idéntico al de la foto. Compré el vestido, los tacones y un collar a juego. Al llegar a casa y medírmelo frente al espejo, me quedé sin palabras. Siempre uso ropa ancha, pero este vestido resaltaba mi figura de una manera que no conocía. Me sentía otra persona. "Wow", susurré, sorprendida de lo que veía en el reflejo.
Esa noche Julián no me llamó; me dejó un mensaje diciendo que estaba saturado de trabajo y que descansara. "Mañana te llamo temprano. Descansa, te quiero", decía el texto.
Me acosté a ver mis series coreanas, tratando de calmar los latidos de mi corazón. Me sonrojé al leer ese "te quiero" por milésima vez, sabiendo que mañana, por fin, el brillo de la pantalla sería reemplazado por el calor de su presencia.