Luego de la cuarta guerra contra los oscuros, objetos fueron confiscados por la diosa luna y fueron guardados en el único lugar que en el que nadie se atrevería a poner un pie.
La Academia Luna Sangrienta...
Cuyo sitio mantiene bajo resguardo las reliquias de Selene...
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Capítulo 21: El peso de Akasha
AERYN
Aisha aprovechó el momento. La arena del desierto entero respondió a su llamado, miles de runas antiguas aparecieron sobre su tumba. Sellos. Cadenas. Bendiciones y maldiciones. Todo al mismo tiempo.
—¡Vuelve a tu prisión!—El Jeque gritó. Las cadenas lo ataron, las runas lo envolvieron.
Y finalmente...
Desapareció. La tumba volvió a cerrarse. El silencio regresó. Pesado. Abrumador.
Durante varios segundos nadie dijo nada. Ni siquiera nos movimos. Solo se oían nuestras respiraciones. Y entonces Jayden soltó una carcajada agotada.
—Odio las misiones.
Adler se dejó caer sobre una roca.
—Pues acostúmbrate.
Dmitri continuaba sosteniéndome. Yo aún tenía el talismán en mis manos. Observaba la tumba sellada y comprendí algo importante.
Esta misión no fue encontrar una reliquia, había sido una advertencia. El Jeque me había reconocido como un Éter. Una Akasha que ni siquiera comprendía aún.
Éter. Y por primera vez...
Entendí por qué mi abuela me contaba esas historias. Ella tenía el presentimiento de que yo en algún momento despertaría el Akasha.
Sin embargo, no pensé que me sucedería en mi primera misión. Salimos del lugar por donde entramos, pese a que parte de este estaba prácticamente hecho pedazos.
El silencio que quedó tras el sellado del Jeque fue extraño. Pesado. Como si las propias ruinas estuvieran recuperándose después de contener siglos de odio. Las runas que cubrían la tumba comenzaron a apagarse una por una.
Las sombras desaparecieron. Las voces también...
Por primera vez desde que entramos en aquellas ruinas pude respirar sin sentir que miles de emociones intentaban arrancarme la cordura.
Mis piernas temblaron. El agotamiento me golpeó de repente. Y si Dmitri no hubiese estado a mi lado, posiblemente habría terminado de nuevo en el suelo.
—¿Estás bien?—Preguntó Jayden.
—No.
—Esa fue una respuesta honesta.
—No pienso mentir.—Jayden soltó una pequeña risa cansada. Ni él mismo tenía un buen aspecto.
Su ropa estaba cubierta de arena y polvo. Tenía un corte en la mejilla y varias quemaduras superficiales en los brazos. Dmitri tampoco estaba mucho mejor. Su chaqueta estaba rota. Tenía sangre seca en una ceja.
Y seguía observándome como si esperara que me desmayara en cualquier momento. Sinceramente, eso era ofensivo, porque posiblemente él tenía razón.
A unos metros, Adler guardaba silencio. Su espada ya estaba enfundada, pero algo en su expresión había cambiado, parecía estar pensando. Y eso fue más preocupante que cualquier monstruo antiguo.
Aisha permaneció frente a la tumba durante varios minutos. Observando los sellos. Verificando que permanecieran intactos.
Solo cuando se sintió cómoda y satisfecha se giró hacia nosotros. La Guardiana del desierto parecía agotada. No físicamente. Si no de una forma mucho más profunda. Como alguien que llevaba siglos cumpliendo la misma tarea.
—Gracias.—Su voz fue suave. Sincera.—La tumba permanecerá sellada—. Adler asintió—Por ahora.
—Por ahora.—Aceptó ella.
Sus ojos dorados se posaron sobre mí. Y sentí un escalofrío. Porque esa mirada no era de alguien que se le dedicaría a una estudiante. Era la mirada de alguien observando algo que apenas comenzaba a despertar.
—Pelirroja.—Levanté la vista. Tragué saliva nerviosa.
—¿Sí?
—No regreses aquí.—La miré perpleja.
—¿Qué?
—No vuelvas aquí.—El silencio cayó sobre todos. Aisha caminó lentamente hasta quedar frente a mí.—No hasta que controles Akasha.
Mi corazón se aceleró. Escuchar aquel nombre en voz alta seguía resultando extraño. Irreal.
—Yo...
—El Jeque te sintió.—Sus palabras fueron firmes.—Y eso significa que otras cosas también podrían hacerlo.
Jayden frunció el ceño.
—¿Qué otras cosas?—Aisha lo observó.
—Aquellas que permanecen ocultas.—Nadie respondió. Porque aquella respuesta era peor que no tener ninguna. La sacerdotisa volvió a mirarme.—Los Éteres siempre han sido raros.
—Lo sé, mi abuela me habló de ellos.
—Entonces tu abuela fue sabia al hacerlo.—Sentí cómo el talismán descansaba dentro de mi mochila. Pesado. Como sí el talismán y yo compartiéramos el mismo secreto.
—Akasha no es como los otros elementos.
—Lo sé.
—No, no lo sabes aún.—La expresión de Aisha se tornó más seria. Sus ojos dorados parecieron atravesarme.—El fuego quema, el agua destruye, la tierra aplasta, el aire arrasa con ciudades.—Su voz descendió un tono.—Pero Akasha tocar cosas que deben de permanecer dormidas.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Recordé las voces, los recuerdos, el dolor y la ira. Todo aquello que había sentido dentro de las ruinas.
Y por primera vez comprendí por qué tantos elementales jamás hablaban del quinto elemento.
Porque era sumamente aterrador.
Aisha extendió una mano. La arena comenzó a girar a nuestro alrededor. Un portal apareció lentamente. Hermoso y dorado.
Brillante la luz del amanecer.
—Es hora de marcharse.
—¿Y tú?—Preguntó Jayden. La sacerdotisa sonrió con tristeza.
—Yo debo quedarme.
Por supuesto que lo haría. Aquel era su deber. Su prisión. Y posiblemente su hogar. Durante siglos había protegido el desierto y continuaría haciéndolo.
Aisha observó por última vez la tumba. Luego señaló el portal.
—Váyanse.
Nadie objetó. Ni siquiera Adler, lo cual fue una sorpresa. Antes de cruzar, Aisha me llamó de nuevo.
—Aeryn.
Me giré.
—¿Sí?
—Cuando escuches esas voces...—Mi respiración se detuvo un segundo—No las sigas.—Sus palabras habían quedado grabadas en mi mente.—Porque algunas no quieren ser escuchadas. Y otras...—Su mirada se oscureció—Quieren ser escuchadas, demasiado.
No tuve oportunidad de responder. El portal brilló. La arena se elevó. Y un instante después desaparecimos.
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Cuando volvimos a Luna Sangrienta ya había anochecido. El aire frío de las montañas fue un alivio luego del calor del desierto. Ninguno habló durante varios minutos. Estábamos agotados. Cubiertos de polvo y arena. Y estábamos emocionalmente destrozados.
—Bueno.—Finalmente Jayden rompió el silencio.
—¿Qué?—Preguntó Dmitri.
—Creo que ya sé por qué los Guardianes envejecen tan rápido.
Por primera vez desde las ruinas, me reí.
Dmitri también. Incluso Adler soltó un resoplido que posiblemente era lo más cercano a una carcajada que podía producir.
Y aunque la misión había terminado...
Aunque el talismán estaba seguro...
Aunque el Jeque había sido sellado de nuevo. Yo sabía que algo había cambiado, porque Akasha había despertado.
Y la sensación era tan clara como el fuego dentro de mis venas. Aquello apenas era el inicio.