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TODO POR TI

TODO POR TI

Status: En proceso
Genre:Autosuperación / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:447
Nilai: 5
nombre de autor: evely azul

Masha Dusnet era una joven trabajadora de una familia de gran estatus, donde siempre recibió un buen trato y respeto. Todo transcurría en calma hasta que una enfermedad grave afectó profundamente a su madre; se necesitaba una suma enorme de dinero para salvarla, pero nadie quiso ayudarla. Fue entonces cuando descubrió la verdadera cara de quienes una vez admiró y en quienes confiaba plenamente: sus propios jefes le dieron la espalda, abandonándola precisamente en el momento más difícil de su vida. Sentía que se quedaba completamente sola, sin apoyo ni consuelo, cuando más lo necesitaba. Desesperada y sin ninguna otra salida, se vio obligada a tomar una decisión arriesgada por el bien de su madre: tuvo que dejar atrás sus raíces, su hogar y todo lo que conocía, para adentrarse en un mundo hostil que la trataría como una esclava, quien quedara luchando por sobrevivir

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15 La frialdad de ronald

Tras provocar aquel acto terrible, Inez se quedó inmóvil unos segundos, como si el tiempo se hubiera detenido, con la mirada fija y vacía en el cuerpo de Doris, que yacía en el suelo, inmóvil y sangrando abundantemente por la cabeza.

Morena y Melissa corrieron de inmediato hacia ella, sus gritos rompiendo el silencio tenso que se había formado.

—¡Doris, por favor, despierta! —gritó Melissa, desesperada, sacudiéndola suavemente mientras las lágrimas comenzaban a brotarle.

Morena, con el pulso acelerado, le revisó el cuello y la respiración, y levantó la vista con alivio mezclado de urgencia:

—¡Está viva! Respira. yo estudie unas clases de medicina, la usare para salvarla.

Melisa ve a ¡Traer agua, paños y vendas, rápido! intentare detener la hemorragia como sea.

— Y avisen a una ambulancia ya mismo! ¡Y hagan lo que sea necesario para mantenerla con vida! —exigió Ronald, con la voz entrecortada por los nervios y la ira contenida. Se giró bruscamente hacia donde estaba su esposa, y en sus ojos ya no quedaba ni rastro del cariño de antaño, solo una furia helada y una repulsión profunda.

—¡¡Inez!! ¿Qué has hecho? —le gritó, avanzando hacia ella con pasos pesados y decididos—. ¡No te atrevas a huir! ¡Date la cara y responde por esto! ¿De verdad crees que tenías derecho a hacer lo que acabas de hacer?

Ella, en su estado alterado, no respondió. Solo echó a correr escaleras arriba, presa del pánico y la paranoia, buscando refugio. Se encerró de golpe en su habitación, echó el cerrojo y se apoyó contra la puerta, respirando agitada, con el corazón golpeándole en los oídos. No podía enfrentarse a él; en su mente, Ronald ya no era su marido, era un enemigo que la juzgaría, que la golpearía o que la arrojaría a la cárcel sin dudarlo.

Desde el pasillo, Ronald golpeaba la madera con los puños, con una fuerza que demostraba su límite:

—¡Abre esta puerta ahora mismo! ¡O te juro que la derribo a patadas!

Fue entonces cuando ella alzó la vista, y sus ojos se fijaron en la ventana, en el vacío que había al otro lado... una posible salida, una forma de escapar de todo aquello.

En ese instante, apareció de la nada el doctor Lenny. Surgió entre las sombras, como si hubiera estado escondido detrás de una columna o escuchando todo desde un rincón oscuro del pasillo, oculto a propósito. Corrió velozmente hasta llegar al lado de Ronald, interponiéndose en su camino y levantando las manos para detenerlo.

—¡¡Basta, Ronald!! ¡Deténgase ahora mismo! ¡Inez no está en sus cabales, no sabe lo que hace!

Ronald abrió los ojos de par en par, sorprendido por su aparición repentina y silenciosa. Lo miró con extrañeza total, sin entender de dónde había salido ni cuánto tiempo llevaba ahí, pero su orgullo y su enojo fueron tan grandes que no le hizo ninguna pregunta. Simplemente lo miró con desdén, aunque era evidente que el psiquiatra había sido testigo de todo sin que nadie se diera cuenta.

—Está sufriendo un brote psicótico agudo —explicó Lenny, con la respiración agitada por la carrera y la preocupación pintada en su rostro, una preocupación que iba más allá de lo profesional—. Alterna ataques de ira incontrolable con delirios de paranoia. No es ella, Ronald, es la enfermedad.

—¿¿Un brote?? —repitió Ronald, como si aquella palabra le sonara a excusa barata. No tenía ni idea de su estado real, y esa ignorancia alimentaba aún más su furia—. ¡No me vengas con esas tonterías ahora! ¡Esa mujer acaba de lanzar a otra persona por las escaleras sin una pizca de piedad! Y todo, seguramente, por sus malditos celos absurdos. —Su voz se volvió cortante y dura—. Voy a entrar ahí y le voy a dar la lección que se merece, para que aprenda de una vez por todas.

Aunque Ronald no era un hombre violento por naturaleza, la injusticia que acababa de presenciar había desatado lo peor de él. Para él, todo se reducía a una locura impulsada por celos, y no estaba dispuesto a tener compasión.

—Señor Ronald, escúcheme —intervino Lenny con calma, intentando razonar, mostrando una empatía inmensa por la mujer que estaba tras la puerta—. No voy a justificar lo que hizo, ni mucho menos. Lo que pasó fue grave, muy grave; casi fue un asesinato, y lo entiendo perfectamente. Pero entienda también que no actuaba con malicia, ni con conciencia clara. Está fuera de sí misma, perdida en sus miedos. Lo que necesita con urgencia es tratamiento médico, no castigos.

El doctor miró hacia la puerta con una mezcla de ternura y deseo de protegerla, una mirada que delataba que sentía algo más que deber profesional por ella.

—Tengo que llevármela a mi clínica ahora mismo, es la única forma de garantizar su seguridad y la de los demás —dijo, y guardó silencio esperando su permiso.

Ronald abría la boca para responderle, dispuesto a negarse o a soltarle un nuevo insulto sobre su esposa, cuando Omar, el guardia de seguridad, apareció corriendo desde el fondo del pasillo. El hombre estaba pálido, con la expresión descompuesta y el cuerpo temblando de miedo, pero se acercó obediente y servicial como siempre.

—¡Señor Ronald! ¡Doctor! —gritó con la voz entrecortada—. ¡Es la señora Inez... está en el Balcón, se ha subido al borde de la barandilla y... y está a punto de lanzarse por la ventana!

—¡¿Qué?! —exclamaron ambos al unísono, conmocionados por la gravedad extrema de la situación.

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