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Pacto Por Venganza

Pacto Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Mitos y leyendas / Demonios / Maldición
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Tintared

Despues de ser humillada Lucciana decide hacer un viejo ritual para cobrarse las penas.
Vende su alma a Lucifer a cambio de castigar a quien se atrevió a dañarla pero en el instante en que firma el pacto de sangre, algo que jamás contempló ocurre...

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El Barniz de la Demencia

El distrito de Le Marais conservaba el trazado laberíntico de la París medieval, ajeno a los bulevares rectilíneos del barón Haussmann. La Rue de Turenne estaba flanqueada por palacetes de piedra de sillería cuyas altas ventanas filtraban una luz ámbar y aristocrática. Frente al número 42, la mansión de Jean-Luc Beaumont, los carruajes y los primeros automóviles de lujo dejaban escapar bocanadas de vapor que se mezclaban con la llovizna parisina.

Lucciana Bianchi descendió del coche negro. Su transformación como la Comtesse de Santa Croce era impecable, pero carecía de la suntuosidad de las damas francesas. Vestía un traje de noche de seda gris antracita, cuyo corpiño de pedrería oscura semejaba una armadura de obsidiana. Llevaba el cabello recogido en un moño estricto, y su mano izquierda, enguantada en encaje negro reforzado, sostenía firmemente un abanico de varillas de carey que ocultaba el bisturí florentino.

—El aire está cargado —murmuró al entrar al vestíbulo.

A diferencia del Palazzo Vance, donde el azufre delataba la nigromancia pura, aquí el ambiente olía a trementina, opio y alcanfor. Era el olor de un hospital psiquiátrico camuflado bajo el perfume de la alta sociedad.

—Beaumont ha mezclado su culpa con su negocio —susurró Luca Ferro, apareciendo detrás de ella como un reflejo en el gran espejo del recibidor. Para los ojos de los ujieres, él era simplemente el secretario o el acompañante de la acaudalada condesa italiana—. La locura de su hijo está impregnada en los cimientos de esta casa. Ten cuidado con lo que miras demasiado tiempo, Lucciana. La demencia es contagiosa para los ojos que ven más de la cuenta.

El salón principal de la galería era una exhibición de opulencia académica. Los invitados, provistos de monóculos y copas de champán, elogiaban paisajes holandeses y retratos neoclásicos. En el centro de la estancia, Jean-Luc Beaumont recibía los cumplidos. Era un hombre de unos cincuenta años, de cabello cano perfectamente engominado y un frac de seda azul noche. Sin embargo, Lucciana notó de inmediato las fisuras: el tic nervioso en su párpado izquierdo, los dedos de sus manos que no paraban de tamborilear contra el muslo y unas ojeras profundas que los polvos de arroz no lograban ocultar. El deudor sabía que el plazo había vencido.

—Madame la Comtesse —anunció el ujier.

Beaumont se giró de inmediato, sus ojos chispeando con la desesperación de un náufrago que ve una balsa al divisar la tarjeta de la Société des Beaux-Arts.

—Condesa di Santa Croce —dijo Beaumont, acercándose y tomando la mano derecha de Lucciana con una cortesía exagerada—. Es un honor absoluto. Me informaron de su interés por las rarezas de la escuela italiana del siglo XVII. París tiene joyas ocultas, si uno sabe buscar en los inventarios adecuados.

—El arte italiano tiene una densidad que los franceses rara vez logran replicar, Monsieur Beaumont —respondió Lucciana, adoptando una voz de gélida sofisticación—. Busco algo específico. Algo que juegue con el chiaroscuro no solo como técnica, sino como una declaración teológica. Me han dicho que posee un lienzo atribuido al círculo de Caravaggio.

El marchante de arte palideció un milisegundo antes de recuperar la compostura. Miró a su alrededor con discreción.

—Los rumores viajan rápido desde Florencia, veo. Esa pieza no está en el catálogo público, Condesa. Es... una venta delicada. Pertenece a una colección familiar que está pasando por un proceso de transición legal. Si me acompaña a la biblioteca privada, podríamos discutir los términos.

Lucciana asintió levemente, lanzando una mirada de soslayo hacia el espejo del fondo. Luca Ferro ya no estaba allí; su silueta se había desvanecido para inspeccionar los límites místicos de la casa, dejándola sola en la boca del lobo.

La biblioteca privada de Beaumont era un espacio claustrofóbico, saturado de estanterías de roble oscuro que subían hasta el techo. Pero lo que llamó la atención de Lucciana no fueron los libros, sino las paredes. Entre los estantes, el tapiz de seda verde oliva de la habitación había sido rayado directamente con carboncillo. Cientos, miles de círculos perfectos, superpuestos unos sobre otros, cubrían las esquinas superiores de la estancia. El trabajo del hijo demente.

En el centro de la sala, apoyado sobre un caballete de hierro, descansaba el cuadro: El Sacrificio de Isaac.

Lucciana se acercó al lienzo, sintiendo que el metrónomo de su pecho daba un vuelco sordo. Como restauradora, su mente catalogó la pieza en segundos: la imprimación de la tela era antigua, el pigmento de tierra de sombra natural tenía la textura adecuada, pero el barniz... el barniz superior era reciente y de una densidad anormal.

Al activar la visión alterada por su pacto, el pigmento al óleo desapareció. Debajo de la escena bíblica de Abraham alzando el cuchillo sobre su hijo, Lucciana vio la verdadera estructura. La pintura no representaba un sacrificio divino; las líneas invisibles dibujaban un sumidero místico, una espiral concéntrica que absorbía la energía de la habitación. Era un pozo de gravedad espiritual diseñado para atrapar el contrato de Luca Ferro y desviar la rúbrica de sangre hacia la frontera.

—Es una obra magnífica, ¿no cree? —dijo Beaumont, cerrando la pesada puerta de roble detrás de él. Su voz ya no era la del marchante cortés; era la de un hombre acorralado—. El discípulo superó al maestro. El cuadro tiene la propiedad de... retener la atención de quien lo mira.

—No solo la atención, Monsieur Beaumont —Lucciana se volvió lentamente, abriendo su abanico de carey—. Retiene las deudas. El barniz de este lienzo contiene destilado de amapola negra y ceniza de pergamino papal. Está intentando sellar su alma dentro del óleo para que mis inspectores no puedan reclamarla cuando cruce a España.

Beaumont dio un paso atrás, su rostro transformándose en una máscara de pánico y furia.

—¿Quién es usted? —siseó, metiendo la mano en el cajón de su escritorio—. La condesa de Santa Croce murió hace diez años en un convento de Nápoles. ¿Quién lo envía? ¿El cobrador?

—Mi nombre es Lucciana Bianchi —dijo ella, quitándose el guante de la mano izquierda. La runa azul estalló en un fulgor frío que iluminó los círculos de carboncillo de las paredes—. Y he venido a ejecutar su letra de cambio. Su tiempo ha expirado, señor Beaumont.

Antes de que Lucciana pudiera avanzar, el marchante extrajo del cajón un pequeño frasco de cristal tallado y lo estrelló contra el suelo de parqué. Un humo de color púrpura grisáceo, denso y con olor a vinagre agrio, inundó la biblioteca instantáneamente.

No era una trampa para matarla; era una invocación de transferencia.

Los miles de círculos de las paredes comenzaron a girar. La demencia del primogénito de Beaumont, almacenada en la casa como una batería mística, se proyectó directamente en la mente de Lucciana. El espacio se distorsionó; las estanterías de libros parecieron estirarse hacia el infinito y las varillas de su abanico se sintieron como plomo en sus manos. Visiones de un lienzo en blanco que devoraba su propio reflejo comenzaron a nublar su vista.

—¡El cuadro se irá a Madrid esta noche! —gritó la voz distorsionada de Beaumont a través de la niebla—. ¡Mi hijo ya pagó el precio! ¡El Infierno no tendrá dos miembros de mi familia!

Lucciana cayó de rodillas, sujetándose la cabeza. El frío de su pecho se volvió una aguja de hielo que perforaba sus sienes. La locura del chico de Versalles intentaba borrar su identidad, reescribir sus recuerdos con círculos negros que lo borraban todo: Florencia, el taller, la Santa Croce... incluso a Matteo.

No.

El pensamiento de Matteo, el calor dorado del frasco de plata que guardaba en su hotel, actuó como un ancla en mitad de la tormenta mental. Lucciana Bianchi no se había convertido en un monstruo para olvidar; se había convertido en un monstruo para recordar.

Concentrando la rabia y el fuego azul de sus venas, Lucciana clavó la punta de su bisturí directamente en la palma de su propia mano izquierda, justo en el centro de la runa del pacto. El dolor físico, agudo y real, rompió la ilusión de la demencia de golpe.

Un grito de fuego azul brotó de sus labios, y una onda expansiva de energía infernal barrió el humo púrpura de la habitación, resquebrajando los cristales de las estanterías y haciendo que los círculos de las paredes comenzaran a sangrar carboncillo.

Beaumont, que ya se dirigía hacia el lienzo para descolgarlo, se congeló al ver a Lucciana ponerse en pie. Su mano izquierda goteaba una sangre azul brillante que caía sobre el parqué, evaporándose con el sonido de mil serpientes siseando.

—El arte requiere sacrificio, Monsieur —dijo Lucciana, con los ojos destellando como dos zafiros malditos—. Pero usted se equivocó de restauradora.

Lucciana avanzó con una velocidad que la seda gris de su vestido no pudo frenar. Antes de que Beaumont pudiera reaccionar, lo agarró por el cuello de su frac y lo estampó contra el lienzo del Sacrificio de Isaac.

La mano izquierda de Lucciana, la de la runa abierta, se presionó contra el pecho del marchante, mientras que con la mano derecha levantó el bisturí imbuido en fuego azul y rasgó la tela del cuadro de arriba abajo, destruyendo el sumidero místico en un solo corte limpio.

El barniz herético se rompió con un sonido similar al cristal templado al quebrarse. Al destruirse la trampa, el flujo de la deuda regresó a su dueño original con la fuerza de un dique roto. El rostro de Jean-Luc Beaumont se encogió en una expresión de terror absoluto mientras su energía vital, la cordura que había robado a su hijo y el éxito de sus últimos veinte años, eran absorbidos directamente por la runa de Lucciana.

El cuerpo de Beaumont se desplomó sobre los restos de la pintura rota. Seguía vivo, pero sus ojos estaban completamente en blanco, fijos en el techo, y sus dedos comenzaron a dibujar pequeños círculos invisibles en el aire, repitiendo el patrón de la demencia que él mismo había confinado en la casa. El deudor había pagado.

Lucciana dio un paso atrás, respirando con dificultad. La runa de su mano se cerró lentamente, absorbiendo el saldo de la deuda, y en su mente, sintió una vibración dorada: en el hotel, el limbo de Matteo acababa de ganar su primer año de protección.

La puerta de la biblioteca se abrió con un crujido elegante. Luca Ferro entró, ajustándose los guantes de piel, observando el desastre de libros rotos, el lienzo destrozado y al marchante catatónico con una sonrisa de absoluta aprobación.

—Una restauración un tanto drástica, Condesa, pero los resultados son incontestables —dijo el Diablo, sacando un reloj de bolsillo de oro y comprobando la hora—. El saldo de París está cobrado. La subasta de abajo se ha cancelado debido a un "repentino problema de salud" del anfitrión.

Lucciana se limpió la sangre del bisturí en el tapiz de la pared y se colocó el guante de encaje negro sobre la mano herida. El cansancio la invadía, pero la victoria le daba un nuevo tipo de frío, un frío que empezaba a gustarle.

—¿Quién es el siguiente en la lista, Luca? —preguntó, saliendo de la biblioteca sin mirar el cuerpo del hombre en el suelo.

El Diablo la siguió por el pasillo gótico, y su sombra pareció abrazar la de ella con una familiaridad aterradora.

—Viena, mi querida Lucciana. Un compositor de ópera que cree que las notas musicales pueden esconder un contrato de sangre. Prepárate... la música clásica siempre tiene los mejores acordes finales.

1
Megara García
me emocioné tanto con el final pero pensé por un momento que el diablo se quedaría con ella que el amor pudiera romper la maldad
gracias autora por esta joya 👏👏👏
Megara García
que emoción cada capítulo es más interesante 👏👏
Rolando Morales
ya le gustó estar con el diablo/CoolGuy//Chuckle/
Megara García
alguna vez alguien dijo que el demonio había Sido el ángel mas hermoso
Megara García
wooooo que capitulo tan intenso esta novela me atrapó
Alisson Nuñez
excelente
Gus Molina
/Drool//Drool//Drool/
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