"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 23
El teatro privado estaba en un silencio sepulcral, roto únicamente por el suave eco de los violines que parecían llorar de placer en el foso. Thiago no había dejado de mirar a Yaneth durante toda la cena. La luz del foco cenital rebotaba en el verde esmeralda de su vestido, haciendo que su piel pareciera de porcelana fina. Él sabía que el restaurante y la música eran solo el preludio; sus manos, ocultas bajo la mesa, temblaban con una urgencia que amenazaba con romper su máscara de acero.
—No quiero ir a la mansión —susurró Thiago, su voz era una vibración profunda que Yaneth sintió en la base de la columna—. Está demasiado llena de gente, de sombras, de historia.
—¿A dónde quieres ir? —preguntó ella, con los labios entreabiertos.
—A mi lugar. Al sitio donde el "Diablo" se esconde cuando el mundo pesa demasiado.
El trayecto en el coche fue un suplicio de tensión. Thiago conducía con una mano firme en el volante y la otra apretando el muslo de Yaneth, ascendiendo peligrosamente por la seda del vestido. Al llegar al penthouse, el ambiente cambió. Era un espacio de techos altos, paredes de hormigón pulido en gris antracita y muebles de cuero negro. Era un lugar frío, casi quirúrgico, diseñado para un hombre que no esperaba que nadie lo amara.
En cuanto la puerta se cerró, el control de Thiago se evaporó.
Él la acorraló contra la puerta metálica, atrapando su rostro entre sus manos. Sus ojos grises estaban oscurecidos por un deseo que rozaba la violencia, pero sus movimientos eran de una precisión devastadora.
—Te he deseado desde el primer segundo que me desafiaste en aquella oficina —gruñó él antes de estrellar sus labios contra los de ella.
No fue un beso tierno. Fue un reclamo. Yaneth gimió, enredando sus dedos en el cabello de él, tirando con una necesidad que igualaba la suya. Thiago bajó sus manos por la espalda de ella, encontrando la cremallera del vestido esmeralda. El sonido del metal deslizándose fue el único disparo de salida que necesitaban. La seda cayó al suelo, dejando a Yaneth en una lencería de encaje negro que Thiago recorrió con una mirada que quemaba más que el fuego.
—Eres perfecta —susurró él, su voz ronca, mientras la cargaba sin esfuerzo.
La llevó a la habitación principal. La cama era inmensa, vestida con sábanas de seda gris oscuro. Thiago la depositó allí con una delicadeza que contrastaba con la intensidad de sus ojos. Se deshizo de su camisa y su corbata con movimientos frenéticos, revelando un cuerpo esculpido por la disciplina y la rabia contenida de años.
Thiago se posicionó sobre ella, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza con una sola mano. La dominación era natural en él, pero en su mirada había una devoción que Yaneth nunca había visto.
—Dime que me quieres —pidió él, besando el rastro de su cuello—. Dime que eres mía, no por un contrato, sino por esto.
—Soy tuya, Thiago —jadeó ella, arqueando su cuerpo hacia él—. Hazme tuya de verdad.
Él se tomó su tiempo. Al estilo de un hombre que sabe que el placer es una construcción lenta, Thiago recorrió cada curva de Yaneth con sus labios y sus manos. Sus dedos trazaban el contorno de sus caderas, celebrando cada centímetro de su cuerpo con una adoración que borraba cada insulto que ella había recibido en su vida. Cuando sus labios encontraron los puntos más sensibles de ella, Yaneth sintió que el mundo se deshacía. Era un placer agudo, eléctrico, que la hacía suplicar su nombre.
—Mírame, Yaneth —ordenó él cuando la tensión llegó a su punto de quiebre.
Ella abrió los ojos, empañados por el deseo, y encontró los de él. En ese momento, no había CEO, ni herencias, ni padres abusivos. Solo había dos almas rotas encontrando la pieza que les faltaba. Thiago se entregó a ella con una fuerza que la hizo sentir completa, poseyéndola con una intensidad que le robó el aliento. Yaneth se aferró a su espalda, marcando su piel, entregándose con una libertad que la hacía sentir más poderosa que nunca.
Cada movimiento era una promesa. El gris del cuarto parecía encenderse con el calor de sus cuerpos. Thiago la hizo disfrutar hasta que ella no pudo más que gritar su nombre contra su hombro, sintiendo cómo el "Diablo" se rendía finalmente ante el único ángel que había logrado entrar en su infierno privado.
Horas después, el sudor se enfriaba sobre sus cuerpos entrelazados. Thiago la rodeaba con sus brazos, hundiendo su rostro en su cuello, respirando su aroma como si fuera oxígeno puro. El penthouse ya no se sentía frío.
—No vuelvas a decir que este matrimonio es de mentira —susurró él contra su piel—. Porque lo que acaba de pasar aquí es lo más real que he sentido en toda mi vida.
Yaneth sonrió en la oscuridad, sintiendo el peso reconfortante de Thiago sobre ella. Sabía que las lectoras, el mundo y su familia esperaban muchas cosas de ellos, pero lo que acababa de nacer en ese departamento gris era algo que nadie podría arrebatarles: una lealtad forjada en el fuego de una entrega absoluta.
Me encantó, gracias querida escritora 💕