Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
NovelToon tiene autorización de Ariane Salvatore Falcó para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capítulo 13
La cocina real de Helios se había convertido en un laberinto de vapores espesos y sombras alargadas. Tras el incidente del saco de harina, la estancia recuperaba un silencio tenso, roto solo por el rítmico borboteo de un enorme caldero de hierro fundido que presidía el fogón principal. El agua en su interior saltaba en burbujas violentas, liberando un calor que empañaba los azulejos y hacía que el aire fuera casi imposible de respirar para un ser de pulmones secos.
Rubí sostenía a Sebastián entre sus manos con una delicadeza que rozaba lo sospechoso. Le sacudía los últimos restos de polvo blanco del caparazón con la punta de sus dedos, susurrándole insultos que sonaban extrañamente a caricias. El príncipe-cangrejo, recuperando su aplomo dominante a pesar de la humillación, se dejaba hacer, aunque sus pinzas chasqueaban con una advertencia constante.
—Quédate quieto, Cangrejito —murmuraba Rubí, con sus ojos rojos brillando bajo la luz de las brasas—. Si te ves presentable, quizás convenza a los cocineros de que eres un adorno y no el ingrediente principal de la sopa de mañana. Aunque, viéndote así de gordito... hasta a mí me dan ganas de hincarte el diente.
Sebastián la miró con sus ojos pedunculados, manteniendo esa calma gélida que lo caracterizaba.
—Tu obsesión con mi anatomía empieza a ser tediosa, Rubí. Suéltame de una vez y busca a esa mujer morada antes de que inunde el palacio con sus lloriqueos. Tengo asuntos reales que atender y no puedo hacerlo desde la palma de tu mano.
Rubí estaba a punto de replicar cuando, de repente, cada músculo de su cuerpo se tensó. Un escalofrío eléctrico recorrió su espalda, una sensación que conocía demasiado bien: la presión del abismo. No necesitó girarse para saber quién estaba allí. En el umbral de la cocina, recortado contra la penumbra del pasillo, **Baltazar** la observaba.
La bestia abisal no decía nada. Su torso oscuro y musculoso permanecía inmóvil, pero sus ojos celestes, cargados de un brillo hipnótico y letal, estaban fijos en las manos de Rubí. Había una mezcla de celos posesivos y sospecha en su mirada que hizo que la sirena tomara una decisión desesperada en una fracción de segundo. No podía permitir que Baltazar pensara que sentía el más mínimo afecto por ese "marisco".
En un movimiento brusco y carente de toda la delicadeza previa, Rubí abrió las manos y, con un impulso violento, arrojó a Sebastián por los aires.
—¡Puaj! —exclamó Rubí con una voz cargada de asco impostado—. ¡Maldito bicho, no deja de moverse!
Sebastián salió despedido como un proyectil rojo, describiendo una parábola mortal sobre las mesas de preparación. El mundo se convirtió en un borrón de ollas de cobre y ristras de ajos. El príncipe sintió el vacío bajo sus patas y, horrorizado, vio cómo su trayectoria lo dirigía directamente hacia el centro del caldero hirviente.
—¡NO! —el pensamiento de Sebastián fue un grito de pánico puro que no llegó a emitir sonido alguno.
Mientras el cangrejo volaba hacia su posible ejecución culinaria, Rubí no se quedó a mirar. Con una agilidad que desafiaba la lógica terrestre, corrió hacia Baltazar. Sus pies apenas tocaban el suelo mientras se lanzaba a los brazos de la bestia abisal, rodeando su cuello con una fuerza que buscaba convencerlo de su lealtad absoluta.
—¡Baltazar, mi amor! —gritó Rubí, hundiendo su rostro en el hombro frío y firme del naga—. ¡Llegas justo a tiempo! Estaba volviéndome loca con este animal asqueroso. Mi padre me dio órdenes estrictas de cuidarlo, pero es tan... tan... ¡irritante! Estaba a punto de echarlo a la olla para que por fin sirviera de algo. ¡Ya lo estaba preparando para nuestra cena de celebración! ¡Dime que tienes hambre, porque huele que alimenta!
Baltazar rodeó la cintura de Rubí con un brazo, pero sus garras negras se hundieron ligeramente en su costado, una caricia que era más una amenaza que un gesto de afecto. Sus ojos celestes no se apartaron del aire, siguiendo la caída de Sebastián.
Sebastián, por su parte, aterrizó con un golpe seco justo en el borde metálico del caldero. El hierro estaba a una temperatura abrasadora. Sintió cómo el calor extremo subía por sus patas, amenazando con cocinar sus tejidos internos en cuestión de segundos. Se tambaleó, sus pinzas arañando desesperadamente la superficie curva y resbaladiza del metal caliente. El vapor espeso le nublaba la vista y el borboteo del agua, a pocos milímetros de su caparazón, sonaba como el rugido de una fiera hambrienta.
Su corazón de crustáceo latía con una violencia tal que hacía vibrar toda su estructura de quitina. El pánico, ese sentimiento que su mente egocéntrica siempre había considerado inferior, ahora lo envolvía como una mortaja. Estaba solo, al borde del abismo, mientras la mujer que creía su "guardiana" se abrazaba al monstruo que quería devorarlo.
—¿Ah, sí? —la voz de Baltazar resonó en la cocina, vibrando con una desconfianza gélida mientras mantenía a Rubí contra su pecho—. Pues parece que tu "cena" tiene mucha resistencia, Rubí. Sigue ahí, aferrado al borde como si tuviera algo por lo que vivir.
Baltazar comenzó a caminar hacia el fogón, arrastrando a Rubí con él. La sirena mantenía su sonrisa demente, pero sus ojos bailaban con un terror oculto. Veía a Sebastián temblando sobre el hierro caliente, a punto de resbalar hacia el agua hirviente.
—¡Es que es un príncipe muy testarudo! —rio Rubí, aunque su risa sonó un poco más aguda de lo normal—. ¡Incluso como cangrejo se cree el dueño del palacio! Pero no te preocupes, querido, un pequeño empujón y tendremos el mejor caldo de Helios. ¿Quieres hacerlo tú? Sería un honor que tú fueras quien terminara con su arrogancia.
Sebastián, luchando contra el dolor del metal quemándole las patas, miró hacia arriba. Vio a la pareja acercándose. Vio la cara de triunfo de Baltazar y la máscara de traición de Rubí. Su parte dominante y orgullosa se retorció de rabia. "Si voy a morir —pensó el príncipe—, no será como un ingrediente cobarde".
Baltazar se inclinó sobre la olla, su rostro iluminado por el resplandor anaranjado de las brasas. Extendió una garra negra, apuntando directamente al caparazón de Sebastián, que resbalaba inevitablemente hacia el líquido burbujeante.
—Despídete de tu reino, marisco —siseó Baltazar.
Rubí apretó los dientes, manteniendo su abrazo sobre el hombro de Baltazar, rezando en silencio a los dioses del mar por un milagro o por una distracción, mientras el pobre cangrejo sentía ya las primeras salpicaduras del agua hirviendo contra su vientre. El destino de Helios pendía de un hilo, o mejor dicho, de una pinza desesperada al borde de un caldero.