⚠️🔞Esto es sólo fantasía. Personajes e historia ficticia.🔞⚠️
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Natt, no solo renuncia a su hogar, sino a su propia naturaleza, por una conexión ni él mismo entiende...
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Traía el fin de la memoria
El cuerpo de Laura se terminó de desintegrar en la entrada de la cueva. Lo que antes fue una guerrera orgullosa y una amante despechada, ahora no era más que un puñado de cenizas grises que el viento de la cascada arrastraba hacia el olvido. Natt se quedó de pie, desnudo y cubierto de sudor, mirando el lugar donde su pasado acababa de desaparecer para siempre. En su mano apretaba el cilindro de cristal, el último regalo de la mujer que, a su manera retorcida, también había intentado sobrevivir al Cielo.
Dag se acercó a él lentamente, envolviéndose en una de las mantas de lana. Sus piernas aún temblaban por la intensidad de la entrega carnal de hace unos momentos, y el eco de los gemidos de Natt todavía resonaba en sus oídos. Al ver la espalda de Natt, Dag notó que las cicatrices de las alas del ángel palpitaban con un tono violáceo.
-Se ha ido, Natt.- Susurró Dag, poniendo una mano sobre el hombro firme de su amante.
Natt soltó un suspiro largo y pesado. Se giró, y Dag vio que sus ojos ámbar estaban llenos de una tristeza antigua.
-Ella era el último lazo que me unía a quien yo era en el Edén. Ahora, realmente soy un extraño para mi propia especie. Pero no hay tiempo para lutos. Si lo que dijo es cierto, Hrim no era el final. El Serafín del Olvido es algo mucho peor. No viene a castigarnos... viene a borrar la existencia misma de este mundo para que el Brote no tenga donde crecer.
Natt abrió el cilindro de cristal. No salió un papel, sino una proyección de luz que flotó en el aire de la cueva. Era un mapa tridimensional, pero no mostraba ciudades ni carreteras. Mostraba corrientes de energía, que se entrelazaban hasta llegar a un punto ciego en el extremo norte: las Tierras Prohibidas.
-Ahí es donde debemos ir.- Dijo Natt, señalando el vacío en el mapa -Es un lugar donde la Gracia del Cielo no puede entrar porque la realidad es demasiado densa. Es el único sitio donde podrías alcanzar tu forma completa sin que tu mente se desintegre.-
Se vistieron con lo que pudieron rescatar de sus mochilas. Dag sentía que sus sentidos estaban a flor de piel. Al mirar el mapa, no solo veía puntos de luz, sentía una vibración en sus propios huesos. La marca dorada de su rostro, que ahora bajaba por su cuello hasta perderse bajo su clavícula, parecía una brújula interna.
-Puedo sentirlo...- Murmuró Dag -El camino no es hacia el norte geográfico, Natt. Es hacia donde el aire se siente más pesado.-
Salieron de la cueva bajo el manto de una noche sin estrellas. El cielo sobre Dion City, a lo lejos, seguía brillando con un resplandor antinatural, pero hacia donde ellos se dirigían, la oscuridad era absoluta, una negrura que parecía devorar la luz de las linternas.
Caminaron durante horas por senderos que no aparecían en ningún mapa humano. Natt iba al frente, con su espada carmesí envuelta en tela para ocultar su brillo, pero siempre manteniendo una mano cerca de Dag. La dependencia física entre ambos se había vuelto vital. Si se alejaban más de unos metros, Dag empezaba a sentir que su mente se nublaba de nuevo, y Natt sentía que su fuerza disminuía.
A mitad de la noche, el bosque cambió. Los árboles ya no estaban petrificados, estaban borrosos. No era niebla, era como si la definición de la realidad se estuviera perdiendo. Las hojas no tenían bordes claros y el suelo se sentía como caminar sobre algodón húmedo. El sonido de sus propios pasos era sordo, casi inexistente.
-No te sueltes de mi mano.- Advirtió Natt, su voz sonando extrañamente distante a pesar de estar a centímetros de Dag -El Serafín del Olvido ya ha enviado su vanguardia. Están limpiando el camino.-
De repente, Dag se detuvo. Sus ojos ámbar se fijaron en una figura que estaba sentada junto a un árbol borroso. Era un soldado de la Resistencia de Hierro, o lo que quedaba de él. No estaba muerto, pero su rostro no tenía rasgos. No tenía ojos, ni boca, ni nariz. Era solo una superficie lisa de piel grisácea. Estaba ahí sentado, inmóvil, habiendo olvidado incluso cómo respirar.
Dag sintió un terror gélido.
-Natt... ¿eso es lo que nos pasará si nos alcanzan? ¿Nos convertiremos en nada?-
Natt rodeó a Dag con su brazo, pegándolo a su costado. El calor de sus cuerpos entrelazados era lo único que se sentía sólido en ese entorno que se desvanecía.
-No mientras yo tenga un latido que ofrecerte, mi luz. Mi amor por ti es una ancla que no pueden borrar con sus leyes.-
Llegaron a un claro donde la realidad parecía un poco más estable. Decidieron descansar un momento. Natt revisó el mapa de luz, que ahora vibraba con un tono azulado de advertencia. Dag se sentó a su lado, cerrando los ojos.
En ese silencio, Dag descubrió algo nuevo. Al estar tan cerca de Natt, ya no necesitaba palabras. Podía sentir la corriente de pensamientos del ángel: una mezcla de protección feroz, un deseo carnal que nunca se apagaba y una culpa persistente por haber arrastrado a Dag a este destino.
-No te culpes.- Dijo Dag en voz alta, respondiendo al pensamiento de Natt.
Natt se sobresaltó, mirándolo con asombro.
-¿Puedes...?-
-Puedo oír tu alma, mi ángel. El Brote se está afinando. Ya no somos dos personas separadas. Somos uno.-
Natt sonrió, una sonrisa cargada de una belleza melancólica. Tomó la mano de Dag y la llevó a sus labios, besando cada uno de sus dedos con una lentitud que hizo que Dag recordara los sonidos obscenos de la cueva. La tensión sexual siempre estaba ahí, latente, como un motor que los mantenía en marcha.
-Si puedes oír mi alma, entonces sabes que mi único deseo es que lleguemos al Edén de Ceniza y que pueda besarte sin el miedo de que el mundo se acabe.- Susurró el ángel.
Dag lo atrajo hacia sí y lo besó de nuevo. Fue un beso sencillo, pero cargado de una promesa silenciosa. La serpiente de la duda que Laura había sembrado se estaba disolviendo ante la evidencia de su conexión.
Sin embargo, el mapa de luz estalló de repente en un rojo violento. La proyección se desvaneció y el suelo empezó a vibrar con una frecuencia sorda que hizo que a ambos les sangraran los oídos. Una figura colosal, envuelta en un aura de estática gris y sin rostro definido, apareció en el horizonte del bosque.
El Serafín del Olvido los había localizado. Y a diferencia de Hrim, no traía armas. Traía el fin de la memoria.