Morí deseando cambiar el destino de un personaje trágico… y desperté en su cuerpo.
Ahora soy Lysander Valemont, el omega caprichoso prometido con el temido Duque Kael Aetherion.
En la novela original, nuestro matrimonio era infeliz y yo terminaba muriendo después de dar a luz.
Pero esta vez no permitiré que la historia termine igual.
Aunque Kael me odie… aunque todos crean los rumores sobre mí…
Haré todo lo posible para cambiar nuestro destino.
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Capitulo 23
Y precisamente por eso, con la dignidad que aún le quedaba, dio un pequeño paso hacia atrás.
—Disculpen —dijo con suavidad—. Creo que iré a tomar un poco de aire.
Kael giró la cabeza hacia él de inmediato.
—Lysander.
Pero él ya estaba sonriendo con una elegancia impecable.
—No tardaré.
No le dio tiempo de insistir.
Y antes de que alguien pudiera detenerlo, se giró con toda la gracia que la nobleza exigía y comenzó a caminar por uno de los senderos laterales del jardín.
No iba rápido.
No huía.
No era tan obvio.
Pero por dentro sí sentía algo muy parecido a eso.
Necesitaba espacio.
Un poco de distancia.
Un poco de aire.
Un poco de dignidad.
El sonido de las conversaciones fue apagándose a medida que se internaba en una zona más apartada del jardín. Allí, las fuentes eran más pequeñas, los rosales trepaban sobre arcos de piedra y la sombra de los árboles protegía el sendero del sol de la tarde.
Lysander exhaló lentamente.
Ridículo.
Todo eso era ridículo.
No tenía derecho a sentirse así.
No tenía derecho a querer apartar a alguien solo por hablar con Kael.
No tenía derecho a desear, aunque fuera por un instante, que nadie se atreviera a ocupar un espacio demasiado cerca de él.
Apretó la mandíbula.
Porque esa era la verdad más incómoda de todas.
No era solo Seraphine.
No era solo esa tarde.
No era solo una inseguridad pasajera.
Era algo peor.
Algo mucho más peligroso.
No le gustaba que otros se acercaran demasiado a Kael.
Y eso ya no podía explicarse con lógica.
Ni con prudencia.
Ni con la novela original.
Solo con algo mucho más personal.
Mucho más íntimo.
Mucho más aterrador.
—Te fuiste demasiado lejos para alguien que dijo que solo tomaría aire.
Lysander se quedó inmóvil.
La voz de Kael llegó desde atrás con una calma tan conocida que le revolvió el pulso de inmediato.
No se giró enseguida.
Respiró una vez antes de hacerlo.
Kael estaba a unos pasos de distancia, con la misma compostura impecable de siempre, pero había algo en la forma en que lo miraba que no era simple cortesía.
Había atención.
Había intención.
Y quizá, para su desgracia, había demasiada conciencia.
Lysander sostuvo su mirada un instante antes de apartarla.
—No sabía que necesitaba permiso para caminar.
Kael dio un paso más cerca.
—No lo necesitas.
Hizo una pausa.
—Pero tampoco acostumbras irte cuando algo no te afecta.
Lysander sintió el golpe directo de esa frase.
Demasiado preciso.
Demasiado cerca del centro.
—No sé por qué insistes tanto en analizarme —murmuró, bajando apenas la voz.
—Porque te estás volviendo fácil de leer.
Aquello lo hizo alzar la vista de golpe.
Kael lo estaba mirando con una calma insoportable.
Como si no acabara de decir algo capaz de desordenarle por completo el pecho.
Lysander se cruzó de brazos en un intento inútil de recuperar algo de control.
—Entonces quizá estás sobreestimando tus habilidades.
Kael inclinó apenas la cabeza.
—Quizá.
Hubo un pequeño silencio entre ambos.
El murmullo del agua cercana.
El movimiento suave de las hojas.
El aroma dulce de las flores flotando entre ellos.
Y entonces Kael habló de nuevo.
—No me agrada que te vayas solo cuando estás molesto.
Lysander parpadeó.
Esa vez no tuvo una respuesta inmediata.
Porque aquella frase… aquella simple frase… no sonó como una observación casual.
Sonó demasiado cercana.
Demasiado personal.
Demasiado… suya.
Kael dio un paso más.
Ahora estaban lo bastante cerca como para que Lysander pudiera percibir con claridad ese aroma sobrio y profundo que siempre parecía envolverlo. Limpio. Cálido. Peligroso.
—No estaba molesto —murmuró, aunque la mentira se sintió débil incluso para él.
Kael lo sostuvo con la mirada.
—No.
Hizo una pausa breve.
—Solo celoso.
El aire se detuvo.
Lysander sintió que el mundo entero se quedaba en silencio alrededor de esa sola palabra.
Celoso.
Su corazón dio un golpe tan fuerte que por un segundo creyó que Kael podía escucharlo.
—¿Qué…? —su voz salió más baja de lo que esperaba.
Kael no apartó los ojos de él.
No estaba sonriendo.
No estaba burlándose.
Eso era lo peor.
Lo estaba diciendo con una serenidad casi brutal.
Como si no estuviera jugando.
Como si realmente quisiera oír la respuesta.
Lysander sintió calor en el rostro, en el cuello, incluso en las puntas de los dedos.
—Estás diciendo tonterías.
Kael lo observó en silencio.
Luego su mirada descendió apenas, lo justo para notar el modo en que Lysander seguía con los brazos cruzados, rígido, a la defensiva… como si intentara sostener con fuerza algo que ya se estaba desbordando por dentro.
—¿Lo estoy? —preguntó Kael con voz baja.
Lysander tragó saliva.
No.
No lo estaba.
Y ambos lo sabían.
Ese fue precisamente el problema.
Porque, por primera vez, la verdad estaba demasiado cerca de ser pronunciada.
Demasiado cerca de salir de sus labios.
Demasiado cerca de volverse real.
Y Lysander no estaba listo.
Todavía no.
Así que alzó el mentón apenas, reuniendo lo poco que le quedaba de orgullo.
—No todo gira a tu alrededor, Kael.
Hubo una pausa.
Muy pequeña.
Pero real.
Porque fue la primera vez que dijo su nombre así.
Sin título.
Sin distancia.
Solo Kael.
Y el cambio fue tan mínimo como devastador.
Kael lo notó.
Lysander lo supo por la forma en que algo oscuro y casi imperceptible cruzó su mirada.
No dijo nada al respecto.
Pero el aire entre ambos cambió.
Se volvió más denso.
Más cercano.
Más difícil de respirar.
Kael bajó un poco más la voz.
—Entonces dime que no te importó.
Lysander abrió los labios…
y no pudo.
Porque si lo decía, mentía.
Y si no lo decía…
eso ya era una respuesta.
Kael sostuvo su silencio unos segundos, como si acabara de entender algo que llevaba tiempo sospechando.
No parecía triunfante.
Ni divertido.
Solo… peligrosamente atento.
Finalmente, exhaló con suavidad.
—Eso pensé.
Lysander sintió que el corazón le latía tan fuerte que casi le dolía.
—No te atrevas a sacar conclusiones por tu cuenta.
Kael inclinó apenas la cabeza.
—Entonces corrígeme.
Silencio.
Lysander lo miró fijamente.
Kael no se movió.
No retrocedió.
No presionó más de la cuenta.
Solo se quedó allí.
Dándole la oportunidad.
Y eso fue, quizá, lo más injusto de todo.
Porque si Kael hubiera sido cruel, habría sido más fácil defenderse.
Si hubiera sido arrogante, habría sido más sencillo molestarse.
Si se hubiera burlado, habría sido simple levantar un muro.
Pero Kael no estaba siendo nada de eso.
Lo estaba mirando como si de verdad quisiera entenderlo.
Como si de verdad le importara.
Y esa posibilidad era infinitamente más peligrosa que cualquier otra.
Lysander bajó la mirada primero.
Apretó los dedos contra la manga de su abrigo.
—No me gusta… —empezó, y luego tuvo que hacer una pausa porque la voz casi no le salió.
Kael no dijo nada.
Lysander tragó saliva.
—No me gusta cuando otras personas actúan como si tuvieran derecho a acercarse demasiado a ti.
El silencio que siguió fue absoluto.
Lysander sintió que acababa de arrancarse una parte del orgullo con las manos y dejarla caer a los pies de Kael como una ofrenda humillante.
No alzó la vista.
No quería ver su expresión.
No quería saber si Kael iba a parecer sorprendido. O divertido. O simplemente cortés.
Pero entonces…
Sintió unos dedos rozarle suavemente la muñeca.
Muy despacio.
Muy apenas.
Lo suficiente para hacer que todo su cuerpo se tensara.
Alzó la mirada.
Kael estaba más cerca ahora.
No mucho.
Solo lo suficiente para que la distancia entre ellos se volviera peligrosamente íntima.
Su mano seguía en la muñeca de Lysander.
No apretaba.
No retenía.
Solo estaba ahí.
Como si sostenerlo de esa forma ya se hubiera vuelto demasiado natural.
Los ojos oscuros de Kael no se apartaron de los suyos cuando dijo, con voz grave y serena:
—Entonces tendré que ser más cuidadoso con lo que dejo que otros hagan.
El corazón de Lysander se detuvo.
O explotó.
O ambas cosas al mismo tiempo.
Porque aquello no sonó como una cortesía vacía.
Ni como una frase cualquiera.
Sonó como una promesa.
Una pequeña.
Una peligrosa.
Una demasiado íntima.
Lysander sintió que el aire se volvía insuficiente.
Y lo peor era que una parte de él —la más débil, la más sincera, la más perdida— quería creerle.
Kael sostuvo su mirada un segundo más antes de soltarlo lentamente.
Luego, con esa calma insoportable que parecía volverlo aún más difícil de enfrentar, dijo:
—Volvamos antes de que empiecen a imaginar escándalos.
Lysander parpadeó.
Tardó un segundo en reaccionar.
—¿Y eso te preocupa?
Kael dio medio paso atrás.
—No especialmente.
Y entonces, por primera vez en toda la tarde…
sí sonrió.
No una sonrisa abierta.
No una risa.
Solo esa pequeña curva apenas visible en sus labios que parecía reservada exclusivamente para momentos en los que quería desarmarlo sin esfuerzo.
—Pero prefiero que hablen de nosotros por razones más interesantes.
Lysander se quedó mirándolo.
Completamente inmóvil.
Completamente traicionado por su propio pulso.
Y Kael, como si no acabara de incendiarle el alma con una sola frase, simplemente se giró y comenzó a caminar de regreso hacia el sendero principal.
Lysander tardó dos segundos demasiado largos en seguirlo.
Y durante esos dos segundos, una única idea se abrió paso dentro de él con una claridad aterradora.
Esto ya no era simple supervivencia.
Esto ya no era solo un matrimonio forzado.
Esto ya no era solo una historia que intentaba no romper.
Porque, sin darse cuenta, el lugar más peligroso de ese mundo había dejado de ser el palacio, la nobleza o el destino original.
No.
El lugar más peligroso era ahora mucho más simple.
Mucho más cercano.
Mucho más imposible de evitar.
Era Kael.
Y el modo en que, cada día, parecía acercarse un poco más a su corazón.