"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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Corona de espinas
El Palacio de Justicia estaba rodeado por un muro de cámaras y reporteros. El juicio contra Julián Varga —el hombre que el mundo aún conocía como Julián Rossi— había llegado a su punto culminante. Pero dentro de la sala, el ambiente no era de caos, sino de un silencio gélido y ceremonial.
Me senté en la primera fila de la bancada de los demandantes, con la espalda tan recta que dolía. A mi lado, Damián permanecía como una sombra protectora, su mano rozando apenas la mía bajo el banco de madera. Al otro lado de la sala, tras el cristal reforzado, Julián lucía demacrado, pero no derrotado. Vestía un traje gris, su última máscara de decencia, y mantenía la mirada fija en el juez.
Mónica no estaba allí. Sus abogados habían alegado una crisis nerviosa tras su confesión, y sería juzgada por separado. Julián estaba solo.
—Por los cargos de fraude fiscal, desvío de capitales y... —el juez hizo una pausa, ajustándose las gafas— por la autoría intelectual en el homicidio de Don Alberto Rossi, este tribunal encuentra al acusado, Julián Varga, culpable en todos sus extremos.
Un murmullo recorrió la sala como una ola. Julián no parpadeó.
—Se le condena a la pena máxima de reclusión en el Centro Penitenciario de Alta Seguridad de San Pedro, sin posibilidad de libertad condicional. Se ordena el embargo inmediato de todos sus bienes remanentes para la reparación del daño a la familia Rossi.
El mazo del juez golpeó la madera. ¡Clac! Sonó como el cierre de un ataúd.
Damián apretó mi mano. Sentí un alivio momentáneo, una exhalación que había estado conteniendo durante dos vidas. Se había hecho justicia. O eso creía.
Los guardias se acercaron a Julián para colocarle las esposas y las cadenas de transporte. Antes de que lo obligaran a girarse, Julián movió la cabeza lentamente hacia donde yo estaba. Sus ojos se clavaron en los míos. No había miedo, ni arrepentimiento, ni súplica. Había algo mucho peor: una chispa de diversión.
Movió los labios sin emitir sonido, pero leí perfectamente el mensaje: "Disfruta mi silla, Valeria. No te acostumbres".
Se lo llevaron a través de la puerta trasera del juzgado mientras la prensa estallaba en gritos afuera.
Dos horas más tarde, las puertas de la oficina principal de Rossi Holdings se abrieron de par en par. Caminé por la alfombra roja hacia el escritorio de caoba que alguna vez fue de mi padre. Los empleados, muchos de los cuales habían servido a Julián con miedo, se alineaban en el pasillo, bajando la cabeza a mi paso.
Me senté en la silla presidencial. El cuero todavía tenía un vago aroma al perfume de Julián, pero pronto lo borraría. Damián entró tras de mí y cerró la puerta.
—Felicidades, Directora Ejecutiva —dijo, apoyándose en el borde del escritorio—. Has recuperado tu imperio.
—Aún no se siente real, Damián —respondí, pasando la mano por la superficie de madera—. Siento que todavía hay algo en el aire. Esa mirada que me dio en el tribunal...
—Está acabado, Valeria. Mañana por la mañana será trasladado a San Pedro bajo un operativo de máxima seguridad. Ni siquiera un hombre con su dinero puede salir de ahí.
Damián sacó una botella de champán de la pequeña nevera oculta y sirvió dos copas. Brindamos en silencio, mirando por el ventanal hacia la ciudad que ahora estaba bajo mis pies. Por un momento, me permití creer que la guerra había terminado. Me permití sentir el calor de Damián y la paz de la oficina.
Sin embargo, a miles de kilómetros de allí, en una pequeña oficina de un paraíso fiscal del Caribe, un servidor se activó.
Julián Varga no era solo un oportunista; era un previsor. Mientras Valeria y Damián celebraban, un programa informático diseñado hace tres años detectó que el pulso de Julián (monitoreado por un dispositivo biométrico en su tobillo) estaba bajo el estrés de un arresto definitivo. El sistema ejecutó la orden secreta: "Protocolo Lázaro".
Millones de dólares, movidos a través de cuentas que nunca pasaron por los libros de Rossi Holdings, empezaron a fluir hacia mercenarios privados que no servían a la ley ni a los contratos comerciales, sino al mejor postor.
Esa noche, mientras la lluvia volvía a azotar la ciudad, Valeria dormía en los brazos de Damián, creyendo que el mañana traería la reconstrucción.
Pero en el sótano del Palacio de Justicia, Julián Varga estaba siendo escoltado hacia el furgón de transporte blindado. Uno de los guardias, un hombre que Julián nunca había visto pero que ahora le debía la vida a un depósito de seis cifras en su cuenta bancaria, se acercó a su oído.
—El transporte está listo, señor —susurró el guardia mientras le ajustaba las cadenas—. El puente de la autopista 4 será el lugar.
Julián sonrió en la oscuridad del furgón.
—Asegúrate de que la explosión sea lo suficientemente grande —dijo Julián, con una voz que ya no era la de un marido, sino la de un monstruo—. Quiero que Valeria crea que estoy muerto por unas horas. Quiero que sienta esa paz antes de que se la arrebate para siempre.
El furgón arrancó, alejándose hacia la noche.
La corona de espinas estaba sobre la cabeza de Valeria, y ella aún no sabía que las puntas estaban a punto de clavarse con más fuerza. El juicio había terminado, pero la verdadera cacería acababa de comenzar.