Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 23 — Donde el equilibrio se aprende juntos
El empedrado aún guardaba el frío de la mañana cuando retomaron el paso. El río murmuraba a un costado, cargando reflejos de nubes que se movían rápido. Lysien caminaba con más atención ahora, el cuerpo todavía vibrándole por el susto. El pulso se le iba acomodando, pero cada latido seguía recordándole la cercanía inesperada de Kaelen.
—¿Quieres que vayamos por la calle seca? —preguntó Kaelen, señalando el tramo menos húmedo—. No es un rodeo grande.
Lysien asintió. No por miedo, sino por cuidado. Cambiar de ruta también era una decisión.
Avanzaron despacio. El barrio empezaba a despertar del todo: persianas subiendo, el olor a café aguado escapando de una ventana, el golpe hueco de un barril rodando. Lysien respiró hondo, tratando de ordenar el latido que aún se le colaba en la garganta.
—Gracias por… no soltarme —dijo, con la voz más firme que hacía unos minutos.
Kaelen inclinó la cabeza, sin dramatizar el gesto.
—Gracias por dejarte sostener —respondió—. A veces, eso es lo más difícil.
El rubor volvió, suave esta vez, como una brasa que se niega a apagarse del todo. Lysien desvió la mirada, tímido, y se concentró en el ritmo de sus pasos. En el aire, el aroma tenue de jazmín y té negro se asomó otra vez, no tan intenso como antes, pero presente. Kaelen lo percibió y dejó que la sonrisa se le quedara en los ojos, sin acercarse más de lo necesario.
Llegaron a la imprenta. El interior olía a tinta fresca y a papel húmedo. El impresor discutía con un proveedor por un retraso en la entrega. Lysien no se colocó en medio; escuchó primero.
—Si lo descargamos ahora, bloqueamos la entrada —dijo el proveedor—. No puedo moverlo solo.
—Entonces no lo muevas solo —intervino Lysien—. Dos personas ahora es menos tiempo perdido que un bloqueo después. Yo coordino.
Distribuyó tareas con gestos pequeños. Dos aprendices, el proveedor, el espacio despejado. El conflicto se disolvió en trabajo coordinado. Kaelen observó desde la puerta, atento a no ocupar el centro de la escena. El liderazgo de Lysien era orden silencioso.
—Gracias —dijo el proveedor al terminar—. No esperaba… que fuera tan simple.
—Las cosas simples necesitan a alguien que las nombre —respondió Lysien.
La mañana avanzó con ajustes y pausas. Lysien se sentó cuando el mareo quiso asomarse. No se disculpó por ello. Kaelen, desde el umbral, hizo un gesto breve de aprobación que no invadía. Ese apoyo contenido era un lenguaje que ambos estaban aprendiendo.
Al mediodía, salieron al patio trasero para tomar aire. El sol caía tibio sobre la madera. Lysien apoyó el cuaderno en la mesa y se permitió cerrar los ojos un instante. El cansancio se le acomodó en los hombros como un animal que aprende a quedarse quieto.
—¿Te duele el tobillo? —preguntó Kaelen, recordando el resbalón.
—No —respondió Lysien—. Fue más el susto que el cuerpo.
Kaelen asintió. No pidió revisar, no ofreció cargarlo. Respetó la autonomía sin retirarse del todo.
—Traje agua —dijo, dejándole el termo a un costado—. Por si te sirve.
El gesto pequeño volvió a encenderle el rubor a Lysien. Las orejas le tomaron un tono rosado discreto. Desvió la mirada al termo, sonriendo sin querer. En el aire, el jazmín y el té se mezclaron con el olor a madera calentada por el sol.
—Gracias —murmuró.
—De nada —respondió Kaelen—. No es una deuda.
Por la tarde, la funcionaria del consejo llegó con un par de ajustes finales al protocolo. Lysien leyó con atención. Señaló un punto donde la redacción volvía a “excepcionalizar” a los omegas en gestación.
—Aquí otra vez nos dejan en la nota al pie —dijo—. Cambiemos el orden. Primero personas, luego condiciones.
La funcionaria suspiró, cansada, pero tomó nota.
—No te rindes —admitió.
—No me escondo —corrigió Lysien.
Kaelen se mantuvo al margen, presente sin eclipsar. Cuando la funcionaria se fue, el barrio pareció respirar un poco más ancho.
Caminaron hacia el río al caer la tarde. El viento traía olor a algas y a pan tostado. Lysien se detuvo en el mismo tramo del empedrado donde había resbalado antes. Miró el suelo, luego alzó la vista.
—No me gusta que un tropiezo me cambie el paso —dijo—. Pero sí me gusta elegir el terreno cuando puedo.
Kaelen sonrió, pequeño.
—Elegir el terreno también es valentía.
Se sentaron en el banco. Un músico callejero afinaba un laúd a unos metros. La melodía que surgió fue torpe al principio, luego encontró su forma. Lysien escuchó con atención, el pulso ya más calmo.
—No pensé que… —empezó, y se detuvo—. No pensé que me sentiría así por gestos tan pequeños.
Kaelen no se acercó. Dejó que la distancia fuera un puente, no un muro.
—Los gestos pequeños no empujan —dijo—. A veces, por eso llegan.
El rubor volvió a subirle a Lysien, esta vez sin vergüenza. Las orejas se le encendieron un poco más. El aroma de felicidad se deslizó suave en el aire. Kaelen lo percibió y, sin triunfalismos, inclinó la cabeza como quien agradece una señal.
—No te voy a apurar —añadió—. No quiero que elijas nada hoy. Quiero que tengas días donde lo que eliges es no huir.
Lysien respiró hondo. Miró el agua. El río seguía su curso sin pedir permiso. El latido del corazón le marcó un ritmo nuevo, más estable.
—No huyo —dijo—. Camino.
El sol terminó de caer. La luz se volvió azul. Kaelen se levantó primero, ofreciéndole el brazo sin tocarlo, solo dejando claro que estaba ahí si Lysien lo necesitaba. Lysien se incorporó por su cuenta, sonriendo por la oferta que no exigía ser aceptada.
—Gracias por no soltarme —repitió, esta vez con más calma.
—Gracias por quedarte —respondió Kaelen.
Caminaron de vuelta al barrio por la calle seca. El mundo siguió con su ruido. Y entre pasos cuidadosos, dos personas aprendieron que el equilibrio no se impone: se practica juntos, sin invadirse.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora