Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 2: La Jaula de Cristal
El resto de la mañana transcurrió en un estado de trance. Fui conducida a mi nuevo puesto de trabajo: un escritorio de cristal templado situado justo fuera de la imponente puerta de obsidiana de Adrián.
Era una posición estratégica, un puesto de vigilancia donde yo era, a la vez, la guardiana de su tiempo y su prisionera más cercana.
Pasé las primeras horas configurando un sistema que no entendía del todo, rodeada de pantallas que escupían datos financieros y agendas que parecían no tener fin. Pero mi mente no estaba en los números.
Mis ojos se desviaban, una y otra vez, hacia la puerta cerrada. Podía imaginarlo allí dentro, moviéndose con esa elegancia felina, decidiendo el destino de miles de personas con un solo movimiento de cabeza.
—¿Eres la nueva? —Una voz aguda me sacó de mi ensimismamiento.
Era una mujer de unos treinta años, impecablemente vestida con un traje de seda color crema. Su cabello estaba recogido en un moño tan tirante que parecía estirar sus facciones.
Me miró con una mezcla de lástima y diversión, deteniéndose en mis anteojos y en la falta de color de mis labios.
—Soy Claudia, la jefa de personal —dijo, dejando una pila de carpetas sobre mi escritorio con un golpe seco.
—Hola — respondí.
—Un consejo, Laura: no intentes entenderlo, solo obedece. Adrián Valdez no es un jefe, es una fuerza de la naturaleza y si te mantienes en tu carril, sobrevivirás. Si intentas mirar detrás de la cortina... —dejó la frase en el aire, dedicándome una sonrisa gélida antes de alejarse. "Sobrevivir" la palabra resonó en mi cabeza como una campana de advertencia.
A las dos de la tarde, el intercomunicador emitió un pitido que me hizo dar un salto en la silla.
—Mi café. Negro. Sin azúcar. Ahora.
La orden fue corta, cortante y sin rastro de cortesía. Me levanté tan rápido que casi tropiezo con mis propios pies.
En la pequeña y lujosa cocina del piso, mis manos temblaban mientras preparaba la bebida y el aroma del café se mezclaba con el de mi propio miedo. ¿Qué esperaba él de mí? ¿Por qué me había elegido a mí, una recién graduada sin rastro de sofisticación, cuando afuera había una fila de mujeres que matarían por este puesto?
Entré en su despacho sin llamar, recordando su advertencia sobre la pérdida de tiempo. Adrián estaba sentado tras su escritorio, rodeado de carpetas. La luz de la tarde entraba por el ventanal, dándole un aspecto casi irreal.
Dejé la taza sobre el mármol negro con un cuidado extremo. Justo cuando iba a retirarme, su mano rodeó mi muñeca.
El contacto fue como una descarga eléctrica. Su piel estaba caliente, firme, y la presión de sus dedos era una declaración de propiedad. Me obligó a quedarme quieta, justo al lado de su silla. No levantó la vista de los documentos que estaba leyendo, pero sentí cómo su atención se centraba totalmente en mí.
—Hueles a jabón barato y a miedo, Laura —comentó, su voz bajando a un susurro que me erizó el vello de la nuca—. Es un olor refrescante en este edificio lleno de perfumes caros y mentiras.
—Señor Valdez... —empecé, pero el nudo en mi garganta me impidió continuar.
—Mírame —ordenó.
Luché contra el impulso de cerrar los ojos y levanté la vista.
Él se giró en su silla, quedando frente a frente conmigo. Estaba tan cerca que podía ver el patrón de la seda de su corbata, con su mano libre, volvió a hacer ese gesto: subió mis anteojos por el puente, pero esta vez no los soltó. Los deslizó lentamente por mi rostro hasta quitármelos por completo.
El mundo se volvió un borrón de luces y sombras, pero su rostro... su rostro era lo único que veía con nitidez. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo sentir que podía leer cada uno de mis secretos, cada una de mis inseguridades.
—Tienes ojos de alguien que busca algo —dijo, su tono volviéndose más oscuro—. ¿Qué buscas, Laura? ¿Dinero? ¿Poder? ¿O simplemente quieres ver hasta dónde puedes llegar antes de romperte?
—Solo quiero hacer bien mi trabajo —mentí, mi voz apenas un susurro.
—No me mientas. Nunca. —Su agarre en mi muñeca se hizo un poco más firme, no lo suficiente para doler, pero sí para recordarme quién tenía el control—. Estás aquí porque eres una hoja en blanco. Y yo voy a escribir en ti lo que me plazca.
Me soltó de repente, como si se hubiera aburrido del juguete. Dejó mis anteojos sobre el escritorio y volvió a su trabajo como si yo no existiera.
—Vete. Y no vuelvas a entrar sin maquillaje. Si vas a ser mi sombra, al menos procura no parecer un fantasma.
Salí de la oficina con el corazón martilleando contra mis costillas. Me senté en mi escritorio y me puse los anteojos con manos temblorosas. Me sentía humillada, expuesta y, extrañamente, más viva de lo que jamás me había sentido en mi vida.
Esa tarde, al salir del edificio, no me dirigí a la estación de metro para ir a casa con mi tía y Mariana. En su lugar, entré en una tienda de cosméticos de lujo en la planta baja. Mis dedos acariciaron los labiales rojos y las sombras oscuras, porque sabía lo que estaba haciendo. Estaba aceptando el juego... Estaba permitiendo que él empezara a escribir en mi hoja en blanco.
Cuando finalmente llegué al apartamento, mi tía me recibió con una sonrisa ansiosa.
—¿Cómo te fue, Lau? ¿Es tan increíble como dicen?
—Es... diferente —respondí, evitando su mirada—. Es un mundo nuevo, tía.
Me encerré en mi habitación y me miré al espejo. Por primera vez, no vi a la joven inexperta y desalineada. Vi a alguien que estaba a punto de perderse en un laberinto de placer oscuro, y lo peor de todo es que no tenía ninguna intención de encontrar la salida.
Adrián Valdez me había retado a quemarme, y yo estaba dispuesta a encender la cerilla.
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará