Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
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Capítulo 12: El sótano
Verano de 2009. Casa de la abuela. Un pueblo sin nombre en medio de la nada.
El calor era desquiciante.
No corría ni una brisa. El aire olía a tierra seca, a humedad de sótano, a algo podrido que ella no sabía identificar. Las moscas zumbaban cerca de la ventana empañada. Afuera, el sol caía a plomo. Pero allí abajo, en aquel sótano al que solo se bajaba para guardar conservas y olvidar trastos viejos, la temperatura era aún peor. Un horno. Un pulmón de asfixia.
La niña estaba medio dormida.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Las horas se habían difuminado en una niebla espesa, como cuando la fiebre te nubla los ojos y no sabes si es de día o de noche. Estaba en ropa interior. Una braguita rosa, la que tenía dibujos de fresas. La camiseta se la había quitado él. No recordaba cómo. No recordaba por qué.
El suelo era de cemento áspero. Le picaba en la espalda. Las piernas le temblaban sin control, como si el cuerpo quisiera huir pero las órdenes no llegaran a los músculos.
El hombre estaba frente a ella.
Sentado en una silla de madera, las piernas abiertas, las manos apoyadas sobre los muslos. Manos grandes. Manos callosas. Manos que habían trabajado la tierra y ahora descansaban como animales dormidos. Pero no lo estaban.
En la boca, un cigarro Malboro. La brasa encendía su rostro con un destello naranja cada vez que aspiraba. El humo subía lento, se enredaba en el techo bajo del sótano y se quedaba allí, como una nube gris que no encontraba salida.
La niña parpadeó. Quería despertar. Sabía que aquello era un sueño. Tenía que ser un sueño. Porque en la realidad, la abuela nunca dejaría que un hombre bajara al sótano con ella. La abuela la protegía. La abuela la quería.
Pero la abuela no estaba.
La abuela llevaba tres semanas muerta.
El hombre la miró.
No era una mirada de odio. Tampoco de lujuria, al menos no de esa que ella hubiera podido reconocer. Era una mirada de posesión. De ahora eres mía. De nadie va a venir a buscarte.
—Despierta, niña —dijo con voz ronca, arrastrando las palabras—. No te duermas. Esto se acaba pronto.
Ella quiso gritar. Pero la garganta no le respondió. Solo un gemido débil, como el de un animal atrapado.
El hombre apagó el cigarro contra la suela de su bota. La brasa chisporroteó un instante y murió. Luego se levantó.
Caminó hacia ella con paso lento, pesado. El suelo de cemento crujió bajo sus botas. La niña sintió el olor a tabaco, a sudor, a algo metálico que le picaba en la nariz. El mismo olor del prólogo.
Se arrodilló a su lado.
Y entonces, la mano.
Grande. Caliente. Áspera como la corteza de un árbol. Se posó sobre su brazo primero. Luego subió hacia el hombro. Luego hacia el cuello.
La niña cerró los ojos.
—No —susurró, y fue la única palabra que pudo decir.
Quiso apartar aquella mano. Quiso levantarse. Quiso correr. Pero su cuerpo era de trapo, de algodón mojado, de nada. Los brazos le pesaban como plomo. Los dedos no respondían.
La mano del hombre siguió subiendo. Acariciaba. No con ternura. Con la calma de quien sabe que no habrá resistencia.
—Eres tan suave —murmuró él, casi para sí mismo—. Como tu abuela cuando era joven.
La niña no entendió aquella frase. No quería entenderla.
Quería despertar.
Quería que la abuela volviera.
Quería que aquella mano dejara de tocarla.
Pero el calor era desquiciante. El humo del cigarro se enredaba en sus pulmones. Y la mano seguía allí, subiendo, bajando, poseyendo.
La última imagen que vio antes de perder el conocimiento fue la del hombre inclinándose sobre ella. Su aliento a tabaco en su cara. Sus ojos oscuros como pozos.
Y luego, nada.
El vacío.
El olvido.
El silencio que duró catorce años.