Acompáñame a ver la historia de Luisa Mendez..
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Esto terminó.
El amanecer llegó sin que Luisa pudiera notarlo.No había dormido.
La habitación estaba en silencio, pero dentro de ella todo era una gran desilución. Pensamientos, recuerdos, imágenes que no podía borrar.Las fotos.
Las volvió a mirar.Sus manos temblaban.
Ahí estaba Diego desnudo con Estefany.
—¿Por qué? —susurró—. ¿Por qué me haces esto?
Las lágrimas volvieron a caer, porque salen sin poderlas detener.Ella había intentado creer.Había querido darse una oportunidad.
Había visto pequeños cambios en él, gestos, momentos con su hijo…
Y se había ilusionado.Qué gran error.
Se llevó la mano al pecho.—Fui tan tonta,
En ese momento, la puerta se abrió suavemente.
—Señorita —la voz de Rosa se detuvo al verla—. Dios mío¿qué le pasó?
Luisa no respondió de inmediato.
Solo levantó la mirada.Sus ojos hinchados lo decían todo.
Rosa se acercó rápido.
—¿Quién le hizo esto? —preguntó, preocupada—. ¿Está bien?Luisa respiró profundo… pero no pudo sostener más.
Le entregó el celular.
—Mira Rosita
Rosa tomó el teléfono y en cuanto vio las imágenes, su expresión cambió a enojo.
Después indignación.
—Pero qué —apretó los labios—. Porquería de hombre.
Le devolvió el celular con firmeza.
—Esto no tiene nombre, señorita.
Luisa bajó la mirada.
—Yo pensé que él estaba cambiando porque estaba sintiendo algo por mí.
—Pensé que, tal vez podíamos ser una familia.
Rosa negó lentamente.
—No, señorita no se equivoque más.
Se sentó frente a ella.
—Y escúcheme bien lo que le voy a decir porque no se lo digo como empleada se lo digo como mujer.
Luisa levantó la vista.Rosa continuó:
—Ese hombre no la ama.
Luisa sintió que esas palabras le atravesaban el pecho.
Pero no eran mentira.
—Y uno como mujer —continuó Rosa— tiene que aprender a valorarse, aunque duela, aunque cueste, aunque el corazón diga lo contrario.
Luisa cerró los ojos.
—Yo lo amo —susurró—. No sé cómo dejar de sentir esto que siento esto.
Rosa suspiró.
—El amor no es suficiente cuando te hace daño.
Sus ojos se humedecieron.
—Mire yo ya viví algo así..
Luisa la miró, sorprendida.Rosa apretó las manos.
—Yo tenía una hermana —su voz bajó—. Era buena, demasiado buena, de las que creen que todo se puede arreglar con amor.
—Se enamoró de un hombre, borracho, violento, infiel y aun así ella decía que iba a cambiar.
Luisa escuchaba en silencio.
—Yo le decía que se fuera mil veces pero nunca quiso siempre encontraba una excusa para quedarse.
Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Rosa.
—Hasta que un día ya no pudo salir...
—Murió en manos de ese hombre —terminó.
Luisa se llevó la mano a la boca.
—Lo siento...Rosa negó.
—Por eso no quiero que usted cometa el mismo error.
Se acercó más.
—Usted me hace acordar a ella, aguantando humillaciones, callando esperando algo que nunca va a llegar.
—Usted es joven —continuó Rosa—. Es inteligente, es fuerte y tiene un hijo por quien luchar.
Señaló suavemente la cuna.
—Ese bebé la necesita que este bien tanto física y mentalmente.
Luisa miró a su hijo.Dormía tranquilo.
Ajeno a todo.
—Yo no quiero que él crezca viendo esto —dijo en voz baja.
Rosa asintió.
—Entonces vámonos.
Luisa la miró.
—¿Qué?
—Vámonos de aquí —repitió Rosa—. Yo tengo una casita en otra ciudad ,no es grande pero es un buen lugar para comenzar.
—Usted trabaja, yo le cuido al bebé en las noches estudia y poco a poco va a salir adelante.
—¿Usted haría eso por mí?
Rosa sonrió con tristeza.
—Porque la veo como la hermana que perdí.
Luisa respiró hondo.
—Toda la noche lo pensé Pero no me atrevía irme—dijo finalmente—. Y ahora tu me diste ese ánimo que tanto necesitaba escuchar , creo que es lo mejor.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Aquí nadie me quiere y no quiero que mi hijo crezca en un ambiente tan hostil.
Rosa tomó su mano.
—Entonces no lo dude más.
Luisa miró la habitación.
Ese lugar nunca fue suyo.
Nunca fue su hogar.
—Nos vamos —dijo
En ese instante la puerta se abrió.
Diego.
—¿Qué está pasando aquí?
Su mirada pasó de una a otra y luego se detuvo en Luisa.
—¿Por qué estás llorando?
Luisa lo miró.Ya no había ilusión.
—Nada que te importe —respondió.
Diego frunció el ceño.
—Claro que me importa, Luisa. Soy tu esposo.
Rosa soltó una risa seca.
—¿Ahora sí le importa?
Diego la miró molesto.
—No te metas solo eres una sirvienta.
—Me meto porque alguien tiene que decirle la verdad —respondió Rosa sin miedo—. Porque usted no sirve ni como esposo ni como hombre.
—Rosa —intervino Luisa—. Está bien.
Se levantó.
Se acercó a Diego.Lo miró directo a los ojos.
—Ya no quiero seguir con esto.
Él se quedó quieto.
—¿A qué te refieres?
Luisa sostuvo su mirada.
—Me voy. Quiero el divorcio
—¿Qué?
—Me voy de esta casa —repitió—. Con mi hijo.
Diego dio un paso adelante.
—No puedes hacer eso.
Luisa sonrió con tristeza.
—¿Y tú sí puedes hacer lo que quieras?
Sacó el celular.
Le mostró las fotos.El rostro de Diego se puso pálido.
—Dejame explicarte Luisa.
—No me importa —lo interrumpió—. Lo hiciste.
Él pasó la mano por su cabello, frustrado.
—Luisa, escúchame…
—No —dijo ella—. Ya escuché demasiado.
Lo miró por última vez.
—Y ya entendí todo.
Se giró.
Fue hacia la cuna.
Tomó a su hijo en brazos.
—Por él no me voy a quedar.
Diego sintió algo extraño en el pecho.
—Luisa espera…
Pero ella no se detuvo.
—Adiós, Diego.Y esta vez...No miró atrás.