ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
NovelToon tiene autorización de FOAR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL DISPARÓ QUE NOS CONDENÓ
—Yo fui quien disparó.
Las palabras de Mariana parecieron detener el tiempo.
Sebastián se quedó inmóvil frente a su madre. Tenía la memoria USB en una mano y la otra cerrada en un puño, como si necesitara aferrarse a algo para no derrumbarse.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó.
Mariana lloraba en silencio.
—Yo disparé aquella noche.
Sebastián negó lentamente con la cabeza.
—No. No puedes decirme eso y esperar que lo acepte así como así.
—Hijo…
—¡No me llames así!
Su grito retumbó en el garaje.
Me sobresalté, pero no me aparté de él. Sabía que Sebastián estaba a punto de enfrentarse a uno de los momentos más dolorosos de su vida.
—Toda mi infancia creí que mi padre había provocado el accidente —continuó—. Después descubrí que tú estabas viva. Luego supe que habías estado en aquel automóvil. ¡Y ahora me dices que disparaste contra el padre de Valentina!
Mariana se cubrió el rostro.
—No quería herirlo.
—¡Pero lo hiciste!
—¡Intentaba salvarte!
El silencio que siguió fue insoportable.
Sebastián la miró como si aquellas palabras hubieran abierto una herida que jamás podría cerrar.
—¿Salvarme de qué?
Mariana se acercó, pero él retrocedió.
—De tu padre —respondió ella—. De Mateo. De todo lo que estaban preparando aquella noche.
—Necesito que me cuentes la verdad. Toda la verdad. Sin más mentiras.
Mariana respiró profundamente.
Después comenzó a hablar.
---
—Tu padre llevaba meses reuniendo pruebas contra Mateo Salazar —explicó—. Había descubierto que las carreras clandestinas no eran solamente apuestas ilegales. Algunos vehículos transportaban documentos, dinero y objetos que no debían pasar por controles oficiales.
Sebastián permanecía en silencio.
—Yo encontré los registros en el despacho de Alejandro. Cuando comprendí lo que estaba ocurriendo, decidí ayudarlo a denunciarlo. Pero había algo que no sabía: tu padre también estaba involucrado en aquellas operaciones.
—¿Mi padre trabajaba con Mateo? —preguntó Sebastián.
—Al principio, sí. Después intentó salir.
—¿Y el padre de Valentina?
Mariana me miró.
—Tu padre tenía pruebas de las transferencias. Quería entregarlas a las autoridades, pero antes necesitaba asegurarse de que ustedes estuvieran a salvo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué nadie nos contó nada?
—Porque éramos cobardes —respondió Mariana con una honestidad que me sorprendió—. Porque creíamos que podíamos controlar una situación que se nos había escapado de las manos. Y porque cada vez que intentábamos decir la verdad, alguien terminaba amenazando a nuestros hijos.
Sebastián soltó una risa amarga.
—Así que decidieron mentirnos durante años.
—Sí.
Mariana no intentó justificarse.
Aquella respuesta pareció desconcertarlo más que cualquier excusa.
—La noche del accidente, tu padre me pidió que me quedara en casa contigo. Me dijo que tenía que reunirse con Mateo para recuperar unos documentos. Pero yo sabía que era una trampa.
—Entonces fuiste tras él.
—Sí. Y cuando llegué a la carretera, encontré a Mateo discutiendo con el padre de Valentina. Tu padre estaba cerca de los automóviles. Tú habías salido de uno de ellos y estabas en el suelo, inconsciente.
Sebastián se llevó una mano a la frente.
—Recuerdo la lluvia…
—Intenté llegar hasta ti. Pero Mateo me apuntó con un arma y me dijo que me apartara.
Mariana cerró los ojos.
—Entonces vi que el padre de Valentina intentaba levantar su propia pistola. No sabía si quería defenderse o atacar a Mateo. Todo ocurrió en segundos. Escuché a alguien gritar y vi que tu padre se acercaba.
—¿Y disparaste contra él? —pregunté.
Mariana me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Disparé hacia el hombre que creí que iba a matar a mi hijo. No vi bien su rostro. Solo vi un movimiento, un arma y a Sebastián tendido en el suelo.
—¿A quién le disparaste realmente? —exigió Sebastián.
Mariana bajó la cabeza.
—No lo sé.
La respuesta nos dejó helados.
—¿Cómo que no lo sabes? —pregunté.
—Cuando disparé, todos comenzaron a correr. Vi a un hombre caer, pero Mateo me golpeó y perdí el conocimiento. Cuando desperté, estaba en el hospital. Me dijeron que tu padre había muerto, Sebastián, y que tú estabas fuera de peligro.
—¿Quién te lo dijo?
—Alejandro Montenegro.
Sebastián se apartó y comenzó a caminar de un lado a otro.
—¿Y después te hizo desaparecer?
—Me dijo que, si regresaba, Mateo terminaría lo que había empezado. Me mostró fotografías tuyas. Me convenció de que estabas vigilado y que cualquier intento de acercarme a ti te pondría en peligro.
—¿Y le creíste durante once años?
—Sí.
Mariana comenzó a llorar con más fuerza.
—Y no existe un solo día en que no me arrepienta.
Sebastián se detuvo frente a ella.
Por un instante creí que iba a abrazarla.
Pero su voz salió fría.
—Necesito tiempo.
Mariana asintió, devastada.
—Lo entiendo.
—No, mamá. No lo entiendes. Pasé años creyendo que estabas muerta. Crecí pensando que había perdido a la persona que más quería en el mundo. Y ahora no sé qué recuerdos son míos y cuáles fueron inventados por otros.
Se volvió hacia mí.
Sus ojos estaban llenos de dolor.
—No sé cómo seguir.
Me acerqué y le tomé la mano.
—Un paso a la vez.
Él entrelazó sus dedos con los míos, aunque no dejó de mirar a su madre.
—¿Hay algo más que debamos saber? —pregunté.
Mariana dudó.
Y comprendí que todavía quedaba otra verdad.
—Habla —le pidió Sebastián.
Ella respiró profundamente.
—Después del accidente, cuando me trasladaron a otra clínica, Alejandro Montenegro me entregó una fotografía. Me dijo que era la última imagen de tu padre con vida.
Sacó un pequeño papel doblado del bolsillo y lo extendió.
Sebastián lo tomó.
La fotografía mostraba a un hombre tendido sobre una camilla, con el rostro cubierto de sangre.
Pero no era el padre de Valentina.
Era Alejandro Montenegro.
Mi padrastro.
—¿Qué significa esto? —pregunté.
Mariana tragó saliva.
—Que el hombre que todos creíamos que había muerto aquella noche no era quien pensábamos.
---
Un ruido metálico interrumpió la conversación.
Sebastián se volvió hacia la puerta del garaje.
—¿Escucharon eso?
Las luces parpadearon.
Después, la pantalla del dispositivo se encendió por sí sola.
Apareció un mensaje:
ARCHIVO FINAL: REPRODUCCIÓN AUTOMÁTICA.
—No toques nada —advirtió Mariana.
Pero la grabación ya había comenzado.
La imagen mostraba la carretera desde el interior de un automóvil. Se escuchaban gritos, lluvia y el sonido de los frenos.
Entonces apareció mi padre.
Estaba junto a un vehículo destrozado, intentando sacar a una niña del asiento trasero.
Yo.
Me llevé las manos a la boca.
En la pantalla, el hombre levantó mi cuerpo y me apartó del automóvil justo cuando una segunda explosión iluminó la carretera.
Después apareció Sebastián, pequeño, cubierto de sangre, caminando de manera torpe hacia una figura tendida en el suelo.
—Papá… —se escuchó su voz infantil—. Papá, despierta.
La cámara se movió.
Un hombre se acercó a Sebastián y lo tomó del brazo.
Alejandro Montenegro.
Pero lo que ocurrió después hizo que se me helara la sangre.
Alejandro se inclinó junto al niño y le susurró algo al oído.
Aunque el sonido estaba distorsionado, conseguimos escuchar unas palabras:
—Si quieres que la niña viva, olvidarás lo que has visto.
Sebastián retrocedió como si alguien lo hubiera golpeado.
—No…
La grabación continuó.
El niño miró hacia el automóvil donde yo había estado atrapada.
Después miró al hombre tendido en el suelo.
Y finalmente asintió.
—Lo prometo —dijo el pequeño Sebastián.
La pantalla se apagó.
Nadie habló durante varios segundos.
Yo miré al hombre que tenía a mi lado.
El hombre al que amaba.
El niño que había estado allí conmigo.
—Sebastián…
Él se llevó las manos a la cabeza.
—Yo lo vi.
Su voz era apenas un susurro.
—¿Qué viste? —pregunté.
Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro.
—Vi a tu padre sacar una pistola. Vi a Mateo forcejear con él. Vi a mi padre caer al suelo.
Se quedó sin aliento.
—Y después escuché un disparo.
Lo abracé inmediatamente.
—Eras un niño.
—Pero recuerdo algo más.
Se apartó de mí y me miró.
—Antes de que todo ocurriera, mi padre me dijo que tenía que protegerte. Que, pasara lo que pasara, no podía permitir que te hicieran daño.
Sentí que el corazón se me encogía.
—¿Por qué tú?
—No lo sé.
Se secó las lágrimas con rabia.
—Pero creo que mi padre conocía al tuyo desde mucho antes del accidente. Creo que había algo entre ellos que nunca nos contaron.
Mariana se acercó lentamente.
—Sebastián, hay una última cosa.
Él la miró, agotado.
—¿Qué más?
—El día que desaparecí, Alejandro Montenegro me dijo que tu padre había sobrevivido al disparo.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué? —susurró Sebastián.
—Me aseguró que estaba vivo, pero que no podía regresar. Dijo que, si alguien descubría dónde estaba, todos moriríamos.
Sentí que la esperanza y el terror se mezclaban dentro de mí.
—¿Dónde está ahora?
Mariana negó con la cabeza.
—No lo sé.
En ese momento, el teléfono de Sebastián comenzó a sonar.
Un número desconocido.
Él respondió sin apartar la mirada de su madre.
—¿Quién habla?
Durante varios segundos solo escuchamos interferencias.
Después, una voz masculina pronunció su nombre.
—Sebastián.
Él se quedó completamente inmóvil.
Era una voz que había escuchado en sus pesadillas durante años.
—¿Papá?
Se me detuvo el corazón.
La voz volvió a sonar.
—Hijo, escucha con atención. No confíes en Mariana. No confíes en Alejandro Ferrer. Y, sobre todo, no permitas que Valentina encuentre el expediente azul.
Sebastián apretó el teléfono.
—¿Dónde estás? ¡Necesito saber dónde estás!
Pero su padre no respondió a la pregunta.
—El expediente contiene la verdad sobre el accidente. La verdad sobre tu madre. Y la verdad sobre la familia de Valentina.
Se escuchó un golpe al otro lado de la línea.
Después, una voz distinta.
Mateo.
—Se acabó la conversación, Alejandro.
Un disparo resonó a través del teléfono.
—¡Papá! —gritó Sebastián.
La llamada se cortó.
Sebastián se quedó mirando la pantalla, sin respirar.
Yo le tomé la mano.
—Vamos a encontrarlo.
Él levantó los ojos hacia mí.
Y en su mirada vi algo que nunca había visto antes: no solo miedo, sino la certeza de que todo lo que amaba estaba a punto de desaparecer.
Entonces llegó un último mensaje.
Una dirección.
Y una fotografía de un expediente azul sobre una mesa.
Debajo, una frase:
«Si quieren encontrar a Alejandro Montenegro con vida, vengan solos. Tienen una hora. Y Valentina… esta vez no podrás salvar a Sebastián de lo que hizo tu padre».