Alina Drayce nació para ser la villana. Sufrió tanto que creyó que si era mala, al menos el Príncipe Kian la miraría. Pero cada vez que se le acercaba, él la trataba mal.
Todo cambia cuando llega Leo, un chico humilde y becado. El príncipe, que nunca la quiso, sí se interesa en él. Ahí Alina entiende que gastó años persiguiendo a quien no la valora y decide dejar de hacerlo.
Empieza a darse tiempo para ella. Es inteligente, hermosa, hábil y perfecta cuando se quiere. Deja de ser mala y se vuelve feliz, y todos notan que ahora brilla más.
Es entonces cuando descubre su don: puede hablar con los animales y entenderlos. Antes ni un pájaro se le acercaba por ser la villana, ahora todos la buscan. Empieza a ayudarlos y abre su propia clínica veterinaria "El Susurro Salvaje".
Allí la encuentra el Rey Silas, un joven rey que siempre la vio, incluso cuando ella no se veía a sí misma.
Una historia de amor propio, magia y segundas oportunidades.
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Capítulo 1 - El día que no fui
Me levanté a las seis. Mi madre había dejado el uniforme planchado sobre la silla, con la cinta azul clara que a Kian le gustaba. La miré un rato largo. La quité y puse una negra que yo había comprado hace meses en una feria y nunca me había atrevido a usar porque pensé que no me quedaba bien. Me miré al espejo. Me quedaba bien.
No desayuné mucho. Tenía el estómago cerrado y las manos frías. Mi madre me preguntó si me sentía mal. Le dije que no, que había dormido poco. No era mentira. Me había quedado hasta tarde haciendo las cuentas en mi cuaderno, esas cuentas de cuánto tiempo le había dedicado a Kian.
Salí temprano para no cruzarme con nadie en la calle. Siempre llegaba por la avenida principal para coincidir con él en el portón. Hoy me fui por la calle de atrás, la que pasa por el mercado de flores. Olía a tierra mojada y a pan. Caminé más lento de lo normal. Por primera vez no tenía prisa por llegar.
En la academia entré por la puerta del fondo, la que da a la biblioteca y que casi nadie usa porque la pintura está descascarada y el piso suena. Mis zapatos sonaban ahí y nadie me miraba. Fue un alivio. Me senté en mi lugar de siempre, segunda fila, y abrí mi cuaderno. Copié la fecha con letra grande. Me temblaba un poco la mano.
Kian entró a los cinco minutos con dos chicos de su equipo de esgrima. Se reían por algo que había pasado en el entrenamiento. Pasó justo al lado de mi mesa. Olía a loción cara. No me dijo nada. No me miró. Antes yo le hubiera dicho algo, cualquier cosa, un hola, un comentario tonto sobre la tarea, solo para que me contestara. Esta vez me quedé quieta. Seguí copiando la fecha. El corazón me latía muy fuerte, pero no levanté la cabeza. Cuando se sentó al fondo, sentí que el aire volvía.
La profesora de historia dio una clase sobre los reinos del norte y sus rutas de comercio. Yo intentaba anotar todo, pero mi cabeza se iba. Mi cuerpo quería pararse en el recreo e ir al patio donde él estaba con sus amigos, como hacía todos los días desde hacía dos años. Me dije a mí misma que hoy no. Que hoy iba a probar qué pasaba si no iba.
Cuando sonó el timbre del recreo no salí al patio. Agarré mis cosas y me fui a la biblioteca. La señora Lía, la bibliotecaria, me conoce desde primer año porque siempre iba a esconderme cuando me sentía mal. Me vio entrar y me dijo, llegas temprano hoy, Alina. Le dije que quería un libro de animales. Me miró sorprendida porque yo siempre pedía libros de historia romántica o de etiqueta. Me preguntó para qué clase era. Le dije que para mí. Me trajo uno gordo con fotos de pájaros, gatos y caballos, y otro más chico y viejo que decía en la tapa cuidados básicos veterinarios para principiantes. Me senté en una mesa al fondo, donde entra el sol por la ventana grande.
Estaba leyendo sobre cómo vendar una pata de conejo sin lastimarlo cuando alguien se sentó enfrente. Era Leo. El chico nuevo. Tenía la mochila rota que le había visto ayer, el cierre atado con un alambre, y una mancha de tinta azul en el dedo índice. Me preguntó bajito si podía compartir la mesa porque todas las demás estaban ocupadas. Le dije que sí. No hablamos mucho al principio. Él sacó un libro de matemáticas y empezó a hacer ejercicios. Yo seguía con el libro de los animales. Se escuchaba el reloj de la biblioteca.
A los cinco minutos, la puerta de la biblioteca se abrió y entró Kian. Él no entra nunca ahí. Todos lo saben porque dice que le da sueño. Miró alrededor, nos vio y sonrió. Pero no me sonrió a mí. Le sonrió a Leo. Le dijo, te estuve buscando, tengo los apuntes de ayer que me pediste. Leo le agradeció y le dijo que no hacía falta que se molestara. Kian se quedó de pie, apoyado en nuestra mesa, charlando con esa voz suave y amable que usaba con todos menos conmigo. Le preguntaba si se había adaptado bien, si quería que lo presentara a los chicos del equipo.
Yo los escuchaba sin querer. Sentí algo raro en el pecho, no eran celos. Era claridad. Entendí de golpe que Kian sí sabía ser amable. Sabía acordarse de traer apuntes. Sabía entrar a un lugar que no le gustaba para ver a alguien. Sabía escuchar. Conmigo elegía no hacerlo. No era que no pudiera. Era que no quería. Esa idea me dolió, pero también me quitó un peso enorme de encima.
Se fueron juntos cuando sonó el timbre. Yo me quedé un rato más. La señora Lía pasó por mi mesa y me dejó un vaso de agua sin decir nada. Me dijo, te ves más tranquila hoy. Le creí.
A la salida, en el portón principal, había un alboroto. Un caballo blanco del establo de la academia se había soltado y estaba en medio del patio, nervioso, dando vueltas. Era el caballo que usaban las chicas de equitación, grande y con una mancha gris en la frente. Los cuidadores trataban de agarrarlo por las riendas, pero se movía y relinchaba fuerte. Todos los alumnos se alejaron y miraban desde lejos. Yo no sé por qué caminé hacia él. No soy valiente. Le tengo miedo a los animales grandes desde chica. Pero algo me empujó.
Me acerqué despacio, sin correr. Le hablé bajito, como le hablaba a mi gata Mimi cuando era chica y tenía miedo a los truenos. Le dije, tranquilo, estás bien, nadie te va a hacer daño. El caballo me miró fijo con sus ojos grandes. Bajó la cabeza un poco. En ese momento escuché dentro de mi cabeza una voz que no era mía, cansada y ronca, que decía, ruido, me duele la pata. Pensé que me lo había imaginado por los nervios.
Miré su pata delantera izquierda. Estaba temblando y no la apoyaba bien. Tenía una piedra pequeña y negra metida entre el herraje y la pezuña, muy clavada. Estaba hinchada alrededor. Levanté la mano y les dije a los cuidadores que tenía una piedra. Uno de ellos, el más viejo, se acercó, le levantó la pata con cuidado y la sacó con una herramienta. El caballo respiró fuerte, soltó aire por la nariz y se calmó de golpe. El cuidador me dio las gracias y me preguntó cómo lo supe si casi no se veía. No supe qué decir. Le dije que la vi porque estaba cerca.
Mientras caminaba a mi casa, con la mochila pesada y la cinta negra en el pelo, escuché un maullido muy chiquito detrás del muro de ladrillos de la academia, cerca del basurero. Me agaché. Era un gatito negro, flaco, con los ojos pegados por lagañas y la panza vacía. Temblaba. Antes me hubiera dado asco tocarlo por miedo a ensuciarme el uniforme. Ese día lo agarré con las dos manos, lo limpié con el pañuelo que llevaba en el bolsillo y lo metí en mi bolso, contra mi pecho para que sintiera calor.
No sabía a dónde lo iba a llevar. En mi casa no dejan tener animales. No sabía qué le iba a dar de comer. Solo sabía que por primera vez en dos años no había pensado en Kian en toda la tarde. Y eso, para mí, ya era un principio.