Víctima de la traición y de los falsos rumores orquestados por quien creía su hermano de crianza, Melody muere trágicamente en la helada solitud de la corte imperial. Convertida en un espectro atado a la tierra antes de que la magia del tiempo le otorgue una segunda oportunidad, presenciará la macabra verdad tras las sonrisas de la aristocracia y jurará reescribir su destino.
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Capítulo 4: La trampa del salón de té
Dos semanas después del incidente en el invernadero, la baronesa de Miller organizó una de las reuniones sociales más exclusivas de la temporada: un té de tarde en los amplios y pulidos jardines del distrito norte de la capital. Asistieron más de una docena de las damas más influyentes de la nobleza, entre ellas varias condesas, la propia Julieta y Melody, quien había sido arrastrada al evento por su madre en un intento de reinsertarla en la vida social.
Durante las primeras dos horas, la reunión transcurrió bajo un orden aparente. Melody se mantuvo en una mesa secundaria conversando con un par de jóvenes debutantes sobre la floración de los tulipanes, intentando ignorar la incomodidad de las miradas furtivas que constantemente caían sobre ella desde las mesas principales.
De pronto, el murmullo ameno del té fue interrumpido bruscamente por el sonido estridente de una cuchara de plata al caer drásticamente sobre un plato de porcelana fina, seguido inmediatamente por un sollozo ahogado y desgarrador.
Todas las conversaciones se detuvieron en seco. Las miradas de las damas se dirigieron hacia la mesa central. Julieta estaba de pie, con el rostro pálido, los ojos anegados en lágrimas y una mano temblorosa presionada contra su pecho.
—¡Ya no puedo continuar soportando esto! —exclamó Julieta con la voz quebrada por el llanto, logrando una interpretación dramática perfecta—. He intentado ser paciente... he intentado por todos los medios respetar su alta posición como heredera ducal, pero sus sutiles humillaciones y ataques constantes en privado son simplemente demasiado para mi corazón.
Melody, atónita, se puso de pie de inmediato, sintiendo una súplica de confusión helar sus venas.
—¿Señorita Julieta? ¿De qué está hablando? Yo no he dirigido la palabra contra usted en toda la tarde.
—¡Miente! ¡Miente como lo ha hecho siempre! —dramatizó Julieta, buscando desesperadamente la mirada cómplice de las condesas maduras que la rodeaban—. Desde el primer día en que Felipe y yo anunciamos nuestro compromiso, lady Melody no ha hecho más que acosarme. Me buscó a solas en el invernadero para decirme que mi linaje es inferior, que soy una advenediza y que Felipe solo se casará conmigo por lástima. ¡Incluso me insinuó que tarde o temprano él volverá a sus brazos porque ella lo 'posee desde la infancia'! ¡Está consumida por los celos y la ira!
—¡Eso es rotundamente falso! —alzó la voz Melody, sintiendo cómo una ola de sangre hirviente le subía al rostro en una mezcla mortal de vergüenza e indignación—. ¡Jamás he pronunciado semejantes atrocidades! ¡Felipe es solo mi amigo y siempre la he tratado a usted con el máximo respeto!
—¿Amigo? —intervino la marquesa de Sterling, una mujer mayor de carácter estricto y abanico severo, mirando a Melody con profundo desprecio—. Lady Melody, toda la corte ha presenciado cómo miraba al joven conde durante años. Pretender ahora que no siente un despecho enfermizo tras haber sido desplazada por la señorita Julieta resulta... lamentable y sumamente poco digno de la heredera de la casa Westfall.
—¡Pero es que no es así! —suplicó Melody, mirando a su alrededor en busca de un solo rostro compasivo, pero solo encontró ceños fruncidos y miradas de repulsión.
Los susurros estallaron de inmediato como un enjambre de avispas enfurecidas. Las damas se inclinaban unas hacia otras, aprobando las lágrimas de Julieta. La historia planteada por Julieta encajaba a la perfección con el prejuicio que la corte ya había construido: la narración de la "duquesa celosa y despechada que acosa a la inocente prometida de su antiguo amor".
Incapaz de articular una defensa frente a un jurado que ya la había condenado antes de escucharla, Melody apretó los puños, dio media vuelta con el corazón latiendo desbocado y abandonó los jardines entre el eco implacable de las risas sofocadas y las condenatorias miradas aristocráticas.