NovelToon NovelToon
Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Mí Jefe Imposible: Pacto De Motores Y Millones

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / CEO / Romance de oficina / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: Viento de Mistral

A las ocho de la mañana del viernes, la meseta de Le Castellet amaneció azotada por el viento de Mistral: una corriente seca, violenta y helada que bajaba rugiendo desde los valles del Ródano, sacudiendo las carpas del paddock del circuito Paul Ricard y silbando a través de las vallas metálicas con la furia de un reactor en pruebas.

El asfalto del trazado provenzal brillaba bajo un cielo azul cobalto sin una sola nube. Las características franjas abrasivas azules y rojas que bordeaban las escapatorias del circuito parecían hipnotizar la vista, mientras el eco lejano de un motor Porsche GT3 calentando en los garajes vecinos vibraba en el suelo de hormigón.

En el box número doce, asignado a Castelli Automotive, la atmósfera estaba al borde del colapso nervioso.

Marcozzi y seis mecánicos de Módena peleaban contra los paneles de adquisición de datos mientras las ráfagas de viento del exterior hacían temblar las puertas correderas del hangar. Al fondo, suspendido sobre caballetes de aluminio pulido, Horizonte descansaba con los pontones desmontados, exponiendo el entramado de titanio y los tubos de refrigeración que alimentaban las turbinas gemelas.

Matteo Castelli caminaba alrededor del coche como un felino al que le han reducido el espacio de la jaula.

Llevaba el mono ignífugo negro con los ribetes azul cobalto ya puesto, ceñido a sus piernas y cintura, con la parte superior bajada y las mangas anudadas a las caderas sobre una camiseta térmica gris oscura que se pegaba a su torso. Tenía la mandíbula tensa, el cabello negro desordenado por el viento y esa sombra de irritación pura en la mirada que solo aparecía cuando las variables meteorológicas desafiaban su control. La pequeña costra en su labio inferior, testimonio del beso en el taller de Milán, seguía allí, recortándose con insolencia contra su piel afeitada.

La puerta lateral del box se abrió.

El viento del Mistral empujó una ráfaga de polvo y hojas secas hacia el interior antes de que Gabriela Novak consiguiera cerrar la compuerta metálica de golpe.

Matteo se detuvo a mitad de zancada. Sus ojos avellana se clavaron en ella con la velocidad de un proyectil guiado.

Gabriela había adaptado su camuflaje a las exigencias térmicas de la Provenza con una audacia estética que rozaba la ofensa deliberada: vestía una parka técnica de expedición ártica en un desolador color verde musgo sucio, tan acolchada y abultada que le duplicaba el volumen de los hombros y le borraba cualquier atisbo de cintura. Llevaba unos pantalones térmicos rectos de lona pesada, botas de montaña con suela de tracción y una bufanda de punto grueso enrollada hasta la barbilla. Las gafas de carey estaban aseguradas tras la nuca con su habitual cinta elástica negra y su cabello oscuro permanecía recogido bajo un gorro de lana gris calado hasta las cejas.

En las manos enguantadas sostenía dos termos metálicos de café y una estación meteorológica portátil de precisión balística.

—Ocho y tres minutos, señor Castelli —dijo ella, con una voz perfectamente modulada que cortó el silbido del viento en el hangar—. La temperatura en pista es de once grados centígrados, la humedad relativa está en el veinticuatro por ciento y el Mistral registra ráfagas cruzadas de hasta setenta y dos kilómetros por hora en la mitad de la recta de Mistral.

Marcozzi levantó la cabeza desde el banco de herramientas, soltando una maldición en dialecto veneciano:

—¡Setenta kilómetros por hora de viento lateral! A trescientos veinte por hora en la curva de Signes, el viento nos va a descolocar el morro hacia la izquierda antes de la frenada. Si sacamos el coche a pista con la configuración de Balocco, Matteo se va a estampar contra las barreras en la segunda vuelta.

Matteo no miró a Marcozzi. Dio tres pasos largos hacia Gabriela, deteniéndose a menos de medio metro de su figura acolchada de verde musgo.

Inclinó el torso hacia ella, invadiendo su espacio con ese calor corporal que parecía desafiar el frío del paddock, clavando sus ojos en los cristales gruesos de carey:

—Le dije que se quedara en el motorhome revisando los contratos de seguro, Novak. La pista es para mecánicos y pilotos, no para pasear termómetros de excursionista.

Gabriela no retrocedió un milímetro. Le tendió uno de los termos metálicos con un golpe seco que resonó en el pecho de él:

—Café negro sin azúcar a setenta grados, señor Castelli. Y si me quedo en el motorhome, su ingeniero jefe va a seguir perdiendo tiempo intentando resolver con superstición italiana lo que se soluciona con trigonometría básica.

Matteo atrapó el termo con una mano, pero no apartó los ojos de su boca. Sus pupilas avellana se desviaron una fracción de segundo hacia el labio inferior de Gabriela, donde la leve inflamación rosada seguía visible:

—¿Trigonometría básica? El Mistral no es una ecuación de papel, Gabriela. Es una masa de aire desordenada que golpea el lateral del monocasco con una fuerza de cuatrocientos kilos en décimas de segundo. En la pista real, el coche se mueve. El volante tira hacia el exterior. Y si usted cree que sabe cómo se siente un latigazo lateral a trescientos por hora... es porque nunca ha salido de su cómoda silla de oficina.

Gabriela sostuvo la mirada. Por debajo del gorro de lana y la bufanda, sus ojos verdes destellaron con una llamarada helada de pura arrogancia competitiva.

Casi sintió ganas de soltarle una carcajada y relatarle cómo había mantenido una Yamaha de mil centímetros cúbicos a doscientos ochenta por hora con viento cruzado en el lago salado de Bonneville a los veintiún años, sintiendo el aire intentar arrancarle el casco de los hombros mientras su padre le cronometraba los sectores desde la camioneta.

En lugar de eso, Gabriela se acomodó las gafas con el dedo índice enguantado:

—El Mistral entra en un ángulo de cuarenta y dos grados respecto al eje longitudinal de la recta de Mistral, señor Castelli. Si compensan la carga aerodinámica endureciendo las barras estabilizadoras como sugiere Marcozzi, el coche se volverá subvirador en la entrada de las curvas lentas del sector tres. La solución no es pelear contra el viento; es canalizarlo.

Gabriela dejó su tableta sobre el alerón delantero de Horizonte, abriendo un modelo de fluidodinámica tridimensional con tres toques de dedo:

—Reduzcan la apertura de las branquias de extracción sobre el pontón derecho en dos milímetros y aumenten el ángulo de ataque del flap Gurney trasero izquierdo en un grado y medio. Cuando el viento lateral golpee el flanco, la asimetría de presión mantendrá el tren trasero pegado al asfalto sin que usted tenga que corregir la trayectoria con los brazos en la curva de Signes. Ganará estabilidad sin perder velocidad punta.

Marcozzi se acercó a la pantalla, entrecerrando los ojos mientras escaneaba las gráficas de presión estática. El veterano mecánico parpadeó dos veces, rascándose la coronilla con una llave fija antes de soltar un silbido de admiración contenida:

—Por la Virgen santísima... La asimetría compensa el vector lateral del viento antes de que el chasis empiece a rolar. Matteo... la chica tiene razón. Si cerramos las branquias derechas, el coche se equilibra solo en plena ráfaga.

Matteo no felicitó a nadie.

Apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de su mandíbula protestaron bajo la piel. Clavó la mirada en Gabriela, devorando la estampa de esa mujer informe que seguía humillando a su equipo de ingenieros con la misma facilidad con la que respiraba:

—¿Y si el viento cambia de dirección a mitad de la tanda, Novak?

—El Mistral no cambia de dirección a mitad de la mañana en esta época del año, señor Castelli —sentenció ella con una calma exasperante—. Salvo que usted crea que su ego tiene suficiente masa gravitatoria para alterar los sistemas de alta presión del golfo de León. Le sugiero que se suba la cremallera del mono; los comisarios franceses de la FIA están por abrir el pit lane y no creo que acepten pilotos congelados en la línea de salida.

Una carcajada limpia, aristocrática y arrastrada resonó desde la entrada abierta del hangar.

—¡Dios bendiga el clima de la Provenza y la lengua de la señorita Novak!

Christian Vance avanzó hacia el interior del box con paso elástico.

El británico vestía su mono de carreras verde británico con los logotipos de Aston Martin bordados en oro, completamente equipado para la pista: sotocasco al cuello, zapatillas de competición de suela ultrafina y un casco personalizado con la bandera británica bajo el brazo. Llevaba una sonrisa descarada que parecía diseñada para hacer estallar la paciencia de Matteo:

—Qué placer ver que la directiva italiana no escatima en abrigos de calidad militar para su activo más valioso. Señorita Novak, permítame decirle que ese verde le sienta como a un general del ejército de tierra. Fascinante. Absolutamente imponente.

Gabriela inclinó la cabeza con una cortesía milimétrica:

—Señor Vance. Veo que su equipo de carreras sigue invirtiendo más en bordados dorados que en estudiar la telemetría de las curvas de media velocidad. Espero que su nuevo difusor tolere el asfalto abrasivo de este circuito; los neumáticos traseros suelen durar poco cuando el piloto sobreconduce para compensar la falta de agarre mecánico.

Christian se llevó una mano al pecho en un gesto de falso dolor, soltando una risa encantada que rebotó en los paneles del garaje:

—¡Ay! Una daga directa a la suspensión trasera. Me encanta. Matteo, te lo juro por mi vida: si no la cuidas, voy a tramitarle un visado diplomático británico antes de que caiga la noche.

Matteo dio un paso lateral largo y fluido, colocándose directamente entre Vance y Gabriela, cortando la línea visual del británico con la anchura de sus hombros:

—Christian, si viniste a pedir prestadas herramientas de taller, pídeselas a Marcozzi. Si viniste a correr... tu coche está ocupando espacio en el pit lane y los comisarios están a cinco minutos de dar la bandera verde.

Christian sostuvo la mirada avellana de Matteo, y su sonrisa se volvió afilada, cargada de una malicia deportiva que hizo que la temperatura del box cayera en picado:

—Primera tanda de veinte vueltas, Castelli. Tú y yo solos en pista con telemetría abierta en los monitores del paddock. El cronómetro no miente: el que pierda esta mañana paga la cena en el hotel de Bandol... y firma el documento preliminar de cesión de Horizonte.

Matteo no pestañeó. La promesa de la apuesta rugió en sus venas con la fuerza de un incendio descontrolado:

—Prepara la tarjeta de crédito de tu padre, Vance. Porque en este circuito no te voy a dejar ni las migajas del rebufo.

Christian le guiñó un ojo a Gabriela por encima del hombro de Matteo antes de darse media vuelta y salir hacia su box silbando una marcha británica.

En cuanto la compuerta se cerró, Matteo se giró hacia Gabriela.

La agarró por el codo con su mano libre, con una fuerza controlada pero implacable, arrastrándola dos pasos hacia la esquina más sombría del box, detrás de los armarios de telemetría donde los mecánicos no podían verlos.

La acorraló contra el panel metálico.

El calor que desprendía Matteo era una marea ardiente en mitad del frío de Le Castellet. Apoyó una mano en la pared, justo al lado de la cabeza de Gabriela, bajando el rostro hasta que su aliento cálido rozó la lana de su bufanda:

—Usted va a estar en el muro de boxes, Gabriela —susurró él en un tono ronco, cavernoso, que vibró directamente en la garganta de la chica—. En el canal uno de la radio. Con los auriculares puestos. Y me va a cantar cada ráfaga de viento y cada centésima de ventaja sobre ese inglés arrogante.

Gabriela sintió la presión del cuerpo del piloto cerniéndose sobre su abrigo abultado. Sus ojos verdes se clavaron en las pupilas avellana de Matteo, sosteniendo la colisión sin pestañear:

—Estaré en el muro porque es mi trabajo, señor Castelli. Pero si usted pierde contra Christian Vance esta mañana por frenar tarde en la curva de Beausset... no espere que maquille los informes para salvar su orgullo herido. En esta pantalla, los números se leen en blanco y negro.

Matteo bajó la mirada hacia los labios de ella, devorando la cercanía con una intensidad que amenazó con quebrar su último resto de autocontrol:

—No voy a perder, Novak. No contra él. Y menos con usted mirándome desde el muro.

Matteo soltó su codo despacio, deslizando los dedos con deliberada lentitud sobre la manga de la parka verde hasta rozar la piel descubierta de la muñeca de Gabriela, provocando un latigazo eléctrico que le aceleró el pulso a ambos al unísono:

—Súbase a la pasarela de control, señorita Novak. Y prepárese para ver cómo se doma el viento a trescientos por hora.

Matteo dio media vuelta, se caló el sotocasco con un tirón seco y caminó hacia Horizonte con el paso de un gladiador entrando en la arena.

Gabriela permaneció apoyada contra el panel metálico durante dos segundos interminables, respirando el aire frío mientras se pasaba la mano enguantada por la muñeca que todavía le quemaba por el contacto de sus dedos.

Apretó los dientes bajo la bufanda, ajustándose las gafas de carey con un movimiento letal:

—Arrogante bastardo... —susurró para sí misma antes de tomar su tableta industrial y enfilar la pasarela hacia el muro de boxes—. Vamos a ver si tus manos son tan rápidas como tu boca cuando el Mistral empiece a empujar de verdad.

1
Corina Galantti
otro capítulo repetido! es un garrón!
Mary Garbolino
me canso.que repitan tanto.prefiero dejar de leerla
Mary Garbolino
odio que repitan los capitulos
Corina Galantti
una pena que repitan capítulos!
Flor Perez
no puede ser que hayan repetido dos capítulos seguido, ahí les encargo porque si sigue así la novela tendré que abandonarla , ya que
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play