Elena es una psicóloga pragmática con un secreto que maneja en estricta privacidad: tiene la capacidad de ver y escuchar a las personas que recién han fallecido, ayudándolas a cerrar asuntos pendientes para poder marchar en paz.
Su rutina profesional se quiebra la noche en que se cruza con el fantasma de un hombre. A diferencia de sus pacientes habituales, él no busca consuelo: busca respuestas. Era un criminal a sueldo ejecutado por sus propios aliados tras fallar en su última misión: asesinar a Elena. El problema es que él tampoco sabe por qué fue incapaz de apretar el gatillo cuando la tuvo enfrente.
Mientras la sombra de este hombre la acecha buscando entender qué los conecta, Elena comienza a experimentar recuerdos que no le pertenecen y visiones de épocas que jamás vivió. Para salvar su vida en el presente, Elena deberá descubrir qué secreto del pasado los ató la primera vez... y por qué alguien está dispuesto a matarla de nuevo.
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Capitulo 19: La amenaza sobre Toronto
El sonido del agua goteando sobre las hojas de palma amortiguaba sus pisadas mientras cruzaban el umbral del puente de piedra. Debajo, el río crecía con la furia sorda de la tormenta que amenazaba con desatarse sobre Toronto . La neblina ya no era solo un banco de vapor frío; se arrastraba por el suelo como volutas de humo ceniciento que intentaban enredarse en sus tobillos, como si el propio camino intentara frenar su avance hacia la Ermita del Reloj.
—El puente resistirá —dijo Gabriel, notando la vacilación en el paso de Alana al ver los tablones de piedra desgastados por los siglos—. Pero no nos queda mucho tiempo. El aire aquí huele a metal y a tormenta eléctrica.
Alana apretó los labios. Tenía las manos entumecidas por el frío, pero el contacto con los dedos de Gabriel le proporcionaba un ancla firme en medio de la desorientación. Al girar ligeramente el rostro, vio que el cielo sobre la cumbre se había rasgado por completo: tres lunas idénticas, de un plateado tan nítido que parecía cristal pulido, brillaban en perfecta alineación geométrica. No formaban parte de la astronomía ordinaria; eran un portal abierto en el cielo nocturno, proyectando una luz espectral que teñía el paisaje con un matiz violáceo y onírico.
—Gabriel, mira la torre —susurró Alana, deteniéndose de golpe en el extremo opuesto del puente.
A menos de cien metros, emergiendo de la espesura del bosque de pinos, se alzaba la estructura de piedra caliza. La Ermita del Reloj lucía exactamente igual que en las visiones del espejo de plata: una torre cilíndrica de muros carcomidos por la hiedra, coronada por un ventanal ojival sin cristales por donde el viento silbaba como si exhalara lamentos antiguos. En el dintel de la entrada principal, tallado en la roca con trazos profundos, descansaba el relieve de un reloj solar desprovisto de manecillas.
—Es aquí —afirmó Gabriel, liberando su mano por un segundo para apartar unas ramas bajas que bloqueaban el acceso al sendero principal—. Todo este tiempo, la respuesta estuvo esperando en este cementerio de memorias.
—No estamos solos —advirtió Alana con la voz entrecortada.
Un crujido seco, metálico y rítmico resonó a sus espaldas, justo en la cabecera del puente que acababan de cruzar. No era el sonido de una rama quebrándose bajo el peso de un animal, sino el chirrido inconfundible de engranajes invisibles girando en el aire. Alana se dio la vuelta despacio, sacando el morral con los movimientos precisos de alguien que se prepara para lo inevitable.
Entre la neblina del camino, una figura alta y desdibujada comenzó a materializarse. No poseía un rostro definido, sino los contornos cambiantes de una sombra densa envuelta en jirones de niebla. Los tres lunares en la base del cuello de Alana estallaron en un ardor tan intenso que tuvo que morderse el labio para no gritar. El reloj de arena en su morral comenzó a vibrar con furia, rompiendo el silencio de la montaña con un zumbido ensordecedor.
—Llegas tarde, Elena —murmuró la voz colectiva y espectral, resonando directamente en el cráneo de Alana con la fuerza de un trueno lejano—. El juramento se quebró en este mismo altar, y la sangre debe sellar el tiempo que robaste.
Gabriel no dudó ni un instante. Se interpuso con los hombros firmes entre la sombra y Alana, adoptando una postura de protección absoluta mientras sus ojos oscuros desafiaban a la oscuridad.
—Ella no le debe nada a los fantasmas del pasado —respondió Gabriel con una voz grave que cortó el viento con precisión de hoja de acero—. Si quieren cobrar una deuda, tendrán que pasar sobre mí.
La sombra avanzó un paso sobre el puente de piedra, pero la barrera invisible que Gabriel proyectaba al estar frente a Alana pareció frenar su impulso. La neblina en torno a la figura espectral se agitó violentamente, distorsionando el aire con un chasquido eléctrico que hizo parpadear la luz cenicienta de la triple luna.
—Él no puede protegerte esta vez, Elena —resonó de nuevo la voz, cargada de una amargura antigua que arrastraba el eco de una sentencia inconclusa—. El guardián cayó antes de que el sol naciera en aquella época, y su destino está marcado por el mismo fallo que el tuyo.
Alana sintió que el frío en sus manos se transformaba en una firmeza sorda. No dejó que el pánico tomara el control. Hundió la mano dentro del morral y sujetó con firmeza el marco del espejo de plata. Al contacto con su piel, la vibración violeta del cristal estalló a través de la lona del bolso, proyectando un haz de luz resplandeciente que atravesó la penumbra del sendero e impactó de lleno contra el centro de la sombra.
La masa oscura retrocedió con un siseo prolongado, como el agua cayendo sobre carbón encendido, disipándose parcialmente en el aire helado.
—No me llames Elena —sentenció Alana, dando un paso al frente para colocarse al lado de Gabriel, sin soltar la correa del morral ni el agarre del espejo—. Mi vida es esta, aquí y ahora. Y no voy a permitir que una promesa incompleta decida qué parte de mi historia tengo derecho a vivir.
Gabriel la miró de reojo, y en la profundidad de sus ojos oscuros brilló un destello de orgullo entrelazado con una determinación inquebrantable. Apretó la mano de Alana con fuerza, sintiendo cómo el calor de los tres lunares en el cuello de ella parecía propagarse a través de sus dedos, envolviéndolos a ambos en una aura de calidez que repelía el gélido ambiente de la montaña.
—A la torre —dijo Gabriel con voz baja y decidida, señalando la entrada de la Ermita del Reloj que se alzaba a pocos metros—. El espejo les gana tiempo, pero el reloj de arena necesita encontrar su altar antes de que la tercera luna alcance su cénit absoluto.
Sin mirar atrás, avanzaron juntos hacia el umbral de piedra caliza. La vegetación de hiedra y espinos cedió a su paso como si la antigua estructura reconociera finalmente los pasos de quienes habían regresado a cerrar el ciclo. Al cruzar bajo el relieve del reloj solar sin manecillas, el estruendo de la neblina y los susurros espectrales del exterior quedaron amortiguados de golpe, sumergiéndolos en el silencio solemne de un recinto sagrado que había esperado durante siglos el regreso de sus guardianes.