⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Lineas Cruzadas
El trayecto de vuelta en el coche transcurrió en un silencio tenso, cortado únicamente por el zumbido del motor y el parpadeo de las luces de la ciudad que comenzaban a encenderse al caer la tarde. Sin embargo, antes de tomar la carretera hacia el barrio donde quedaba mi casa, Liam desvió el volante hacia una farmacia 24 horas cerca de la avenida principal.
Aparcó en la entrada, se bajó del coche sin mediar palabra y regresó a los pocos minutos con una bolsa pequeña de papel blanco. Al subir de nuevo, dejó la bolsa sobre la consola central; la vislumbré de reojo y alcancé a leer la etiqueta de las vitaminas prenatales y los suplementos que el médico nos había indicado. Un recordatorio tangible de que mi cuerpo ya no me pertenecía del todo, y de que Liam estaba dispuesto a cumplir con cada una de las órdenes médicas al pie de la letra.
Minutos después, el coche se detuvo frente a la fachada de mi casa. Las luces de la sala estaban encendidas; mis padres seguramente andaban por ahí, ajenos por completo al terremoto que acababa de dinamitar mi vida.
-No voy a entrar contigo -le advertí con los dientes apretados en cuanto apagó el motor, negándome a moverme del asiento del copiloto-. Bájame aquí y quédate en el coche, Liam. No estoy de humor para soportar tus ocurrencias hoy.
Liam se giró en su asiento con lentitud. Apoyó un brazo en el respaldo y me miró con esa fiejza analítica que lograba desquiciarme en segundos.
-No te voy a dejar sola en este estado, y mucho menos después del susto de hoy en la facultad, Zoé -dijo con una tranquilidad desesperante que dejaba claro que no estaba negociando-. Además, tarde o temprano van a tener que enterarse.
Me giré de golpe hacia él, con los ojos entrecerrados por la sospecha y la rabia subiéndome por la garganta.
-¿De qué estás hablando?
-De que ya tenemos los resultados, sabemos el tiempo que llevamos en esto y las indicaciones del médico son claras -continuó Liam, sin apartar la vista de mí, como si estuviera anunciando algo completamente lógico-. Es momento de hablar con nuestros padres. Tienen el derecho de saberlo, y nosotros tenemos que enfrentar esta situación de una vez por todas. Se acabó el juego de las escondidas; ambos vivimos bajo sus techos y ocultarlo por más tiempo es absurdo.
El estómago se me encogió de golpe, convirtiéndose en un nudo de puro pánico y repulsión.
-¿Estás completamente loco? -exclamé, abriendo la puerta del coche para escapar de ese habitáculo que de pronto se sentía demasiado pequeño-. ¿Decirles a nuestros padres? ¿Qué se supone que les vamos a decir? ¿Que un par de universitarios van a traer un hijo al mundo cuando nuestra relación es un desastre tóxico y ni siquiera sabemos qué somos? ¡Ni se te ocurra cruzar esa puerta!
Liam salió del coche con la misma agilidad, rodeando el vehículo antes de que pudiera dar dos pasos hacia la acera. Me bloqueó el paso con su cuerpo, con la mandíbula tensa pero manteniendo la voz extrañamente pausada.
-No es una petición, Zoé. Es una realidad que nos guste o no tenemos que asumir -replicó, con una autoridad tan implacable que me dejó sin aliento-. Prefiero que lo sepan por nosotros a que descubran la verdad por un descuido o por casualidad.
-¡A mí no me importa lo que tú prefieras! -le grité, perdiendo los estribos por completo, con la voz quebrándose de rabia-. Meter a nuestras familias en esto es firmar nuestra sentencia de muerte emocional. Van a opinar, van a controlar cada movimiento, van a convertir mi vida en un infierno peor del que ya es contigo. ¡No pienso hacerlo!
-Pues vas a tener que hacerlo, porque yo no pienso fingir que esto no está pasando -sentenció Liam, acortando la distancia entre los dos con un paso decidido, obligándome a retroceder hasta chocar contra la puerta de mi propia casa-. Te guste o no, Zoé... esto ya nos supera a los dos.
-Apártate, Liam -le exigí, clavando las palmas de mis manos contra su pecho firme, intentando empujarlo con la poca fuerza que me quedaba, aunque él apenas se inmutó-. Si quieres ir a tocar la puerta de tus padres y confesarles tu vida, hazlo solo. Pero a mi casa no entras con ese discurso de salvador mesiánico. No voy a dejar que arruines mi vida más de lo que ya lo has hecho.
Liam atrapó mis muñecas al vuelo con una sola mano, inmovilizándolas con suavidad pero con una firmeza inquebrantable, pegándolas contra la madera de la puerta a ambos lados de mi cuerpo. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío, y en su mirada oscura ya no quedaba rastro de la fría paciencia con la que había manejado la situación hasta hace un momento. Una chispa de frustración contenida comenzó a quemar en sus pupilas.
-¿Crees que esto me entusiasma a mí, Zoé? -siseó entre dientes, con la voz rota por un coraje sordo que apenas podía contener-. ¿Crees que me hace gracia la idea de sentarme frente a tu padre a decirle que la chica que apenas soportaba ver cerca de su hijo está esperando un hijo mío? No quiero lidiar con sus caras de decepción ni con sus sermones de mierda más que tú. Pero las cosas como son: tienes dos meses, te desmayaste en medio de la universidad, y los médicos acaban de dejar claro que necesitas un control estricto. Si no se los decimos nosotros ahora, lo descubrirán en un mes cuando tu cuerpo empiece a hablar por sí solo de una forma que ni tus camisas holgadas podrán disimular.
La verdad en sus palabras me dolió más que un golpe físico. Odiaba que tuviera razón. Odiaba que, por más que intentara construir murallas para mantenerme a salvo de su control, la realidad biológica que crecía dentro de mí se estuviera encargando de demolerlas una a una.
-No hoy... -murmuré, perdiendo la fuerza en los brazos, con la voz quebrándose en un sollozo ahogado que me quemó la garganta-. No hoy, Liam. Por favor. Estoy agotada. Mi cuerpo me duele, mi cabeza va a estallar y no tengo el valor para ver la cara de decepción de mis padres esta noche. Dame un día. Solo dame veinticuatro malditas horas para asimilarlo yo antes de convertir esto en un circo familiar.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, denso y pesado, interrumpido únicamente por el leve susurro del viento nocturno de la calle.
Liam me analizó milímetro a milímetro. Buscó en mis ojos cualquier rastro de manipulación o de una mentira para ganar tiempo, pero lo único que encontró fue el agotamiento absoluto de una chica que sentía que el suelo se abría bajo sus pies.
Poco a poco, la rigidez de su cuerpo fue cediendo. Su mandíbula se relajó un poco y los dedos que aprisionaban mis muñecas aflojaron el agarre hasta soltarme por completo. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta oscura y dio un paso atrás, rompiendo la claustrofóbica cercanía que nos ahogaba.
-Tienes veinticuatro horas, Zoé -sentenció Liam con voz firme, sacando de la bolsa de la farmacia la pequeña caja de vitaminas y dejándola caer con cuidado sobre el escalón de la entrada, justo a mis pies-. Mañana a esta misma hora paso por ti. Y si tú no tienes el valor de abrir la boca frente a ellos para decirles la verdad, juro por lo más sagrado que lo haré yo, te guste o no.
Sin decir una sola palabra más, dio media vuelta con paso decidido, se subió a su coche y arrancó el motor. Me quedé allí de pie,
El motor del coche de Liam se desvaneció en la distancia, tragado por el murmullo lejano del tráfico nocturno, pero el eco de su ultimátum se quedó suspendido en el porche, rebotando contra las paredes de mi casa.
Miré hacia abajo. En el escalón de madera, justo a la par de mis zapatillas, descansaba la pequeña caja blanca de las vitaminas prenatales que había comprado en la farmacia. Un objeto tan pequeño, tan inocente en apariencia, y que sin embargo pesaba como una losa de concreto.
Veinticuatro horas. Eso era todo lo que me había concedido el universo antes de que el castillo de naipes terminara de derrumbarse por completo.
Me agaché despacio, con los músculos todavía adoloridos por el desmayo y el desgaste de la tarde, y tomé la caja entre mis dedos. El cartón aún conservaba el calor de la guantera del auto.
Al entrar a la casa, la calidez de la sala me recibió junto al suave resplandor de la televisión. Mi mamá estaba sentada en el sofá haciendo algunas anotaciones en una libreta, mientras mi papá revisaba el correo en el teléfono en el sillón de al lado.
-¿Llegas tarde, no, Zoé? Te ves muy pálida, ¿estás bien? -preguntó mi mamá levantando la vista de inmediato, con ese radar infalible de madre que detecta cualquier alteración en milisegundos.
Escondí la bolsa de la farmacia detrás de mi espalda con un movimiento rápido, tragándome el nudo de pánico que amenazaba con ahogarme en plena garganta.
-Sí, mamá... solo fue un día pesado en la universidad. Mucho estrés con los exámenes finales -mentí, forzando una sonrisa tensa que sabía perfectamente que no me quedaba natural-. Estoy agotada, creo que me iré directo a la cama a dormir un rato.
Mi papá levantó la vista del teléfono, frunciendo el ceño con preocupación.
-No te has estado alimentando bien, te noto demasiado delgada últimamente. Mañana te preparo algo temprano antes de que te vayas a clases. Anda a descansar, hija.
-Gracias, papá... nos vemos mañana -murmuré con un hilo de voz, dándome la vuelta a toda prisa antes de que pudieran notar el temblor incontrolable en mis manos.
Subí las escaleras corriendo, con el corazón galopando desbocado contra mis costillas, y cerré la puerta de mi habitación con pestillo. Me dejé caer contra la madera, deslizándome lentamente hasta sentarme en el suelo frío de mi cuarto, apretando la caja de las vitaminas contra mi pecho como si fuera un escudo.
Veinticuatro horas.
Eso era lo único que separaba mi vida tal como la conocía del caos definitivo. Veinticuatro horas para descifrar cómo demonios iba a pararme frente a mis padres a confesarles que iba a tener un hijo de Liam Black, sabiendo perfectamente que ese secreto, una vez fuera de mi boca, destruiría la poca paz que quedaba en nuestra casa.