Lin Chen estaba endeudado y sin futuro hasta que una misteriosa puerta le permitió viajar entre la era moderna y la antigua China.
Desde entonces, objetos comunes como sal, espejos, medicinas y herramientas se convierten en tesoros en el pasado, mientras que jade, oro y reliquias antiguas valen fortunas en el presente.
Lo que comienza como una forma de pagar sus deudas pronto se transforma en un imperio comercial capaz de desafiar nobles, familias poderosas y hasta la corte imperial.
Pero cada viaje modifica algo.
Y un día, Lin Chen descubre su propio nombre escrito en documentos históricos de hace siglos.
Dos épocas. Un comerciante. Una fortuna sin límites.
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La cuenta que no cuadraba
El problema apareció como una diferencia de cuarenta y siete monedas de cobre.
Una cantidad ridícula.
Su Wan'er la encontró al revisar las cuentas del Pabellón.
—Faltan cuarenta y siete.
Lin Chen estaba probando una caja nueva.
—¿Cuarenta y siete qué?
—Monedas.
—¿Eso es todo?
Ella lo miró.
Lin Chen entendió inmediatamente que había respondido mal.
—No. No es todo.
Su Wan'er levantó la libreta.
—Ayer faltaron treinta y dos.
Lin Chen dejó la caja.
—¿Y antes?
—No revisé con ese nivel de detalle.
Silencio.
No era mucho dinero.
Pero después del robo de la carreta, cualquier diferencia importaba.
—¿Error?
—Puede ser.
—¿Venta sin registrar?
—También.
—¿Robo?
Su Wan'er no respondió.
Eso significaba sí.
El Pabellón ya tenía dos ayudantes.
Uno era un muchacho llamado Xiao Yu.
Dieciséis años.
Trabajaba ordenando mercancía y haciendo entregas pequeñas.
La otra era Lan Fen.
Veintidós.
Atendía clientes cuando Su Wan'er estaba fuera.
Ambos parecían confiables.
Parecían.
Lin Chen no quería acusar a nadie.
Así que hizo algo diferente.
Durante una semana, cambió el método de cuentas.
Cada venta recibía una marca.
Cada producto que salía del estante se registraba.
Al cierre, dos personas contaban.
No una.
La diferencia disminuyó.
Pero no desapareció.
Entonces Su Wan'er descubrió algo.
—No es el dinero.
—¿Qué?
—Mira.
Mostró una lista.
Faltaban productos.
Pequeños.
Agujas.
Jabón.
Peines.
No suficiente para llamar la atención.
Pero constante.
—¿Quién?
—Todavía no sé.
Lin Chen pensó.
Podía vigilar.
Podía confrontar.
O podía crear una prueba.
Colocaron una pequeña caja con veinte pastillas de jabón en una estantería trasera.
Registraron la cantidad.
No dijeron nada.
Al día siguiente había diecinueve.
Después dieciocho.
Al tercero, diecisiete.
Solo tres personas tenían acceso.
Lin Chen.
Su Wan'er.
Y Lan Fen.
Xiao Yu normalmente no entraba a esa zona.
Lin Chen sintió una decepción extraña.
Lan Fen había trabajado bien.
Nunca había dado problemas.
No quería creerlo.
Pero los números eran claros.
Esperó.
Al cuarto día encontró una pastilla dentro de la bolsa de Lan Fen.
No necesitó preguntar.
Ella empezó a llorar.
—Lo siento.
Su Wan'er estaba furiosa.
—¿Cuánto tiempo?
—Solo algunas veces.
—¿Por qué?
Lan Fen bajó la cabeza.
—Mi hermano está enfermo.
Lin Chen se quedó callado.
Explicación posible.
No justificación.
—¿Vendiste los productos?
—Sí.
—¿Cuánto?
—No sé.
—Necesito saber.
Finalmente calcularon.
La cantidad total no era enorme.
Quizá dos taeles a lo largo de varias semanas.
Su Wan'er dijo:
—Debemos entregarla.
Lan Fen comenzó a llorar más.
Lin Chen no respondió inmediatamente.
Era fácil pensar como empresario desde una computadora.
Más difícil cuando la persona estaba frente a ti.
Pero tampoco podía permitir robo.
Si ignoraba aquello, el mensaje sería desastroso.
—Devuelves el valor.
Lan Fen levantó la mirada.
—No tengo el dinero.
—Entonces trabajarás hasta compensarlo.
Su Wan'er lo miró.
—¿Seguirá trabajando aquí?
—No.
Lan Fen cerró los ojos.
Lin Chen continuó.
—Pero no voy a denunciarla si devuelve lo robado.
Su Wan'er parecía no estar completamente de acuerdo.
—¿Y si no lo hace?
—Entonces sí.
Lan Fen asintió repetidamente.
—Lo haré.
—Bien.
—Gracias.
Lin Chen negó.
—No me agradezcas. No vuelvas a robar.
Ella salió.
Después, Su Wan'er preguntó:
—¿Fue demasiado suave?
—No lo sé.
—Yo la habría llevado con los funcionarios.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué no?
Lin Chen miró la puerta.
—Porque quiero que la gente tenga miedo de robar a la empresa.
—Eso contradice lo que hiciste.
—No. Quiero que tengan miedo de perder el trabajo, la reputación y la oportunidad. No necesariamente de que les rompan los huesos.
Su Wan'er pensó.
—A veces eres demasiado extraño para Qinghe.
—Probablemente.
—Pero quizá eso no sea malo.
El incidente provocó otro cambio.
Lin Chen implementó salarios más claros.
Bonos pequeños por inventario correcto.
Responsabilidad por áreas.
Y reglas escritas.
Su Wan'er se burló.
—Te gustan demasiado las reglas.
—Las reglas evitan discusiones.
—También crean más papel.
—Compraremos más.
Ella levantó la mirada.
—No se te ocurra traer otra mercancía extraña.
Lin Chen sonrió.
—Estaba pensando fabricar mejor papel.
—No.
—Solo digo...
—No.
Lin Chen dejó el tema.
Por ahora.
Esa noche, mientras revisaba cifras, encontró algo interesante.
El Pabellón no estaba ganando tanto como parecía.
Ventas altas.
Sí.
Pero también gastos.
Taller.
Transporte.
Pérdidas.
Sueldos.
Alquileres.
Impuestos.
Herramientas.
Después de todo, su beneficio real era bastante modesto.
Su Wan'er observó los números.
—Pensé que ganábamos más.
—Yo también.
—Entonces los espejos engañan.
—¿Cómo?
—Una venta grande hace parecer que todo va bien.
Lin Chen asintió.
Exactamente.
Eso ocurría también en empresas modernas.
Facturación no era beneficio.
Dinero entrando no significaba riqueza.
—Necesitamos saber qué productos realmente dejan margen.
Pasaron horas separando cifras.
Resultado:
espejos: margen enorme, volumen bajo.
perfume: margen alto, poca frecuencia.
agujas importadas: margen alto, riesgo alto.
agujas locales: margen moderado, crecimiento estable.
jabón local: margen bajo, venta repetitiva.
sal: buena rentabilidad, riesgo regulatorio.
Lin Chen observó la lista.
Por primera vez podía ver el negocio con claridad.
No era rico.
Tenía oportunidades.
Era diferente.
Y esa diferencia podía salvarlo de cometer errores.