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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

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capitulo 6

El olor a cloro, a desinfectante barato y a sábanas almidonadas fue lo primero que regresó a mí. Luego, un dolor sordo, punzante y constante que me recorría cada costilla, cada músculo del abdomen y la espalda, como si me hubieran pasado por encima con un camión de carga.

Intenté mover los dedos de las manos, pero sentí una punzada aguda en el dorso: una vía intravenosa estaba conectada a mi vena, alimentando mi cuerpo con un suero frío que parecía adentrarse directamente hasta mis huesos. Parpadeé lentamente, luchando contra el peso monumental de mis párpados. La luz blanca y fluorescente del techo del hospital me apuñaló los ojos, obligándome a cerrarlos de nuevo con un quejido ahogado que se escapó de mis labios partidos y secos.

—Vaya, al fin despiertas. Creí que ibas a dormir todo el día, hermanita.

La voz de Mía resonó en la habitación, afilada y cargada de una falsa dulzura que me revolvió el estómago al instante.

Gané fuerzas de donde no tenía y giré la cabeza hacia el costado. Allí estaba ella, sentada en una silla de plástico junto a la camilla, luciendo impecable con un vestido de diseñador, cruzada de piernas y con una revista de moda en las manos, como si estuviera esperando en la sala de espera de un salón de belleza y no velando a alguien que casi había sido asesinada. A su lado, de pie junto a la ventana con los brazos cruzados sobre el pecho y el rostro ensombrecido por una mueca de fastidio, estaba Marcos.

Llevaba la camisa arrugada, sin la chaqueta del traje, y los primeros botones abiertos. Su mandíbula estaba tensa, y sus ojos oscuros me miraban con una mezcla de irritación y una fría advertencia silenciosa, como si mi estancia en el hospital fuera un inconveniente personal para su agenda.

—¿Qué... qué hago aquí? —mi voz sonó como un hilo de lija, rasposa, rota y apenas audible.

Mía soltó una risita seca, dejando la revista sobre la mesita de noche con un movimiento despectivo.

—Pues lo que pasa por andar de imprudente en los callejones oscuros de la ciudad, Elara —respondió Mía con una suficiencia insufrible, acomodándose el cabello—. Unos matones callejeros te dieron una paliza de muerte. Por poco y no la cuentas. Menos mal que la policía te encontró tirada junto a unos contenedores de basura y te trajo aquí bajo anonimato hasta que los hombres de Marcos pudieron rastrearte. ¡Qué vergüenza para la familia Moretti si esto se filtraba a la prensa!

Cerré los ojos un segundo, sintiendo que las imágenes borrosas de la emboscada regresaban a mi mente con brutal claridad. Las patadas, los golpes secos en el estómago, la voz del matón diciendo: "Esto es de parte del patrón".

Miré a Marcos. Él no dijo nada durante los primeros segundos. Se limitó a dar un paso al frente, acercándose a la camilla con esa postura imponente y dominante que antes me hacía sentir protegida, pero que ahora solo desprendía un peligro latente.

—Te lo advertí, Elara —dijo Marcos con voz ronca, fría, sin una sola pizca de compasión en su tono—. Te dije que estabas cruzando la línea, que tu actitud desafiante iba a traerte consecuencias graves. Salir sola a altas horas de la noche por zonas peligrosas... ¿Qué esperabas? ¿Que el mundo se fuera a detener a cuidarte mientras tú te empeñas en hacer berrinches? Esto te pasa por necia.

Sus palabras cayeron sobre mí como cubetazos de agua helada. No había un "estás bien?", no había un abrazo, ni siquiera un atisbo de preocupación genuina. Para él, yo me lo había buscado. Su culpa, su desprecio, su absolución a los matones que me habían destrozado.

—Fui... fui emboscada, Marcos... —murmuré, con lágrimas silenciosas comenzando a deslizarse por mis mejillas golpeadas—. Sabían mi nombre... Dijeron... dijeron que era de parte del patrón...

Marcos frunció el ceño con fastidio, exhalando un suspiro pesado mientras pasaba una mano grande por su cabello oscuro.

—No empieces con tus paranoias de persecución, Elara —me cortó con brusquedad, cruzándose de brazos de nuevo—. Estás inventando excusas para justificar tu estupidez al salir sola. Nadie mandó a nadie. Los bajos fondos están llenos de escoria oportunista. Ahora cállate y reposa. El médico vendrá en unos minutos para darte el alta y te mandaré una camioneta para que regreses a la mansión. No pienso tolerar más este circo.

Antes de que pudiera responderle a ese monstruo frío e insensible, la puerta de la habitación se abrió y un médico de mediana edad, con bata blanca y el rostro surcado de una profunda solemnidad, entró portando una carpeta médica. Al vernos a todos reunidos, se detuvo un instante, carraspeó y dirigió una mirada cargada de una dolorosa lástima directamente hacia mí.

—Buenos días... o lo que queda de ellos —saludó el doctor con voz pausada, ajustándose las gafas sobre el puente de la nariz—. ¿Cómo se siente la paciente?

—Está viva, que es lo que importa, doctor —respondió Marcos con impaciencia, señalando la puerta—. Queremos saber cuándo puede recibir el alta para sacarla de este lugar. Tenemos preparativos de boda que atender y no hay tiempo para perder en camas de hospital.

El médico guardó silencio. Frunció los labios con incomodidad, cerró la carpeta médica con lentitud y miró a Marcos con una seriedad que hizo que un escalofrío mortal me recorriera la espina dorsal.

—Señor Moretti, me temo que el alta médica tendrá que esperar... y la boda, con todo respeto, pasa a ser el menor de sus problemas —dijo el doctor con un tono tan grave que hizo que la risita burlona que Mía tenía en los labios se borrara al instante.

Me incorporé ligeramente sobre los codos, sintiendo una punzada feroz en el vientre.

—¿Qué... qué quiere decir con eso, doctor? —pregunté, con el corazón latiéndome a mil por hora, presintiendo una tragedia aún mayor.

El médico suspiró pesadamente, apoyando las manos sobre el borde metálico de la camilla.

—Señorita Elara... Durante los exámenes preliminares y las ecografías de emergencia que tuvimos que realizarle anoche debido a los traumatismos severos en la zona abdominal y la hemorragia interna, descubrimos algo que usted probablemente ignoraba por completo... —hizo una pausa, tragando saliva antes de continuar—. Usted estaba embarazada. Tenía aproximadamente siete semanas de gestación.

El mundo a mi alrededor se detuvo.

Los sonidos de la habitación se desvanecieron por completo. El zumbido constante en mis oídos se convirtió en un silencio absoluto, denso y sepulcral. Mis ojos se abrieron de par en par, fijos en el rostro del médico, mientras las palabras rebotaban en mi mente sin encontrar un lugar donde encajar.

Embarazada.

Siete semanas.

Un hijo.

Un hijo de Marcos. Un pedazo de vida creciendo dentro de mí, concebido en medio de la pasión, de la furia, de las noches en las que yo aún creía —estúpidamente— que podíamos salvar lo nuestro.

—No... No es verdad... —balbuceé, negando con la cabeza lentamente, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones de golpe—. Yo... yo no lo sabía...

—Lo lamento muchísimo —continuó el médico con voz acongojada, posando una mano comprensiva sobre mi brazo—. La brutalidad de la paliza, los golpes directos y contundentes que recibió en el bajo vientre, provocaron un desprendimiento total y una hemorragia masiva. Hicimos todo lo posible por salvarlo en el quirófano anoche, pero el daño fue irreversible. Perdió el bebé, señorita. Lo siento de todo corazón.

Un grito mudo, desgarrador y visceral se quedó atrapado en mi garganta, ahogándose en un torrente de lágrimas calientes que brotaron sin control de mis ojos. Mi mano derecha bajó lentamente, temblando de forma violenta, hasta posarse sobre mi vientre plano, cubierto por las sábanas blancas del hospital. Allí dentro, en silencio, había muerto un pedazo de mi alma. Un hijo inocente que ni siquiera había tenido la oportunidad de nacer, asesinado indirectamente por la brutalidad de los matones que el hombre que tenía al lado había justificado, o peor aún, por las órdenes directas de su propio padre y la arpía que lo manipulaba.

Miré hacia adelante.

Mía tenía los ojos abiertos como platos, con una expresión de genuino asombro y, por primera vez, un atisbo de terror reflejado en su rostro, como si comprendiera la magnitud monstruosa de lo que acababa de desencadenarse.

Y Marcos...

El rostro de Marcos Moretti se había quedado completamente pálido. La arrogancia y la furia fría que esculpían sus facciones hacía apenas unos segundos se derritieron de golpe, dejando paso a una máscara de incredulidad absoluta. Sus labios se abrieron ligeramente, intentando articular una palabra que no salía de su garganta. Dio un paso tambaleante hacia la camilla, con las manos extendidas hacia mí como si quisiera tocarme, como si recién en ese maldito segundo su cerebro procesara la realidad de la tragedia.

—¿Un... un hijo? —murmuró Marcos con una voz que apenas y sonaba suya, un susurro roto, ahogado, bañado en un terror sordo que jamás le había visto en los ojos—. ¿Qué... qué estás diciendo, doctor? Ella... ella no...

—¡Lárgate! —grité con lo último que me quedaba de fuerza en los pulmones, estallando en un llanto histérico y lleno de un veneno puro que quemaba mi pecho—. ¡Vete de mi vista, maldito asesino! ¡Lárgate tú y tu maldita amante!

—Elara, por favor, cálmate, déjame explicar... —intentó decir Marcos, dando otro paso al frente con desesperación, extendiendo la mano para tocar mi hombro.

—¡No me toques! ¡No te acerques a mí con esas manos manchadas de sangre! —le chillé con toda la furia del infierno desatada en mi voz, apartando su mano de un golpe seco con la poca energía que tenía—. ¡Lo mataste, Marcos! ¡Tú y tus amenazas, tú y tu desprecio, mandaste a golpear a la madre de tu propio hijo! ¡Lo mataste antes de que pudiera nacer!

Las palabras cayeron como cuchillos afilados sobre el pecho de Marcos. Retrocedió un paso, con el rostro desencajado, con los ojos oscuros anegados de una culpa repentina y demoledora que lo hizo tambalearse como si le hubieran disparado en el centro del pecho.

Mía, al ver que la situación se salía completamente de control y que el monstruo al que habían despertado era infinitamente más peligroso de lo que imaginaban, tiró de la manga de la camisa de Marcos con desesperación.

—Marcos... vámonos de aquí... está delirando por el golpe... por favor... —sollozó Mía con la voz temblorosa, intentando arrastrarlo hacia la salida.

Pero Marcos no se movió. Se quedó allí, petrificado, mirando mi vientre cubierto y luego mis ojos, donde ya no quedaba ni una sola chispa de amor, de tristeza o de vida. Lo único que habitaba en mi mirada era un odio tan profundo, tan helado y tan letal que hizo que el mismísimo Don de la mafia temblara por primera vez en su vida.

En ese instante preciso, en la fría y blanca habitación del hospital, murió la última partícula de la mujer que amaba a Marcos Moretti. El corazón se me convirtió en piedra pura. Lo que quedaba en ese cuerpo magullado y herido ya no era una prometida sumisa; era un espectro sediento de venganza, dispuesto a no descansar hasta ver el imperio de los Moretti arder hasta las cenizas. Y si para lograrlo tenía que entregar mi alma al diablo, lo haría sin pensarlo dos veces.

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