Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo 15
En el camino a la residencia, Gala no podía dejar de temblar. La adrenalina todavía corría por sus venas.
—¿Estás bien? —preguntó Eliana, tomándola del brazo.
—Sí —respondió Gala, soltando una risa nerviosa—. Creo que sí. Nunca había hecho algo así.
—¿Golpear a alguien? —preguntó Helen, con una sonrisa.
—No. Defenderme.
Eliana y Helen se miraron, y luego la abrazaron.
—Bienvenida a la libertad, bombón —dijo Eliana—. Ahora, vamos a comer algo. Te lo has ganado.
Y mientras caminaban, Gala sintió que, por primera vez en mucho tiempo, el peso de su pasado comenzaba a aligerarse.
*_*
Elia llegó a la mansión Ponce hecha un mar de llanto. May la sostenía del brazo, con el rostro desencajado, mientras Elia sollozaba sin parar. Sus mejillas estaban hinchadas, rojas, con la marca clara de los dedos de Gala. Su cabello, normalmente impecable, colgaba en mechones desordenados. Su vestido de seda estaba arrugado y manchado de polvo.
Rina Ponce, que estaba en el salón revisando unos catálogos de decoración, se puso de pie de un salto en cuanto las vio entrar.
—¡Elia! ¡Mi niña! —Corrió hacia ella, tomándole el rostro con ambas manos—. ¿Qué te ha pasado? ¿Quién te hizo esto?
Elia rompió a llorar con más fuerza, dejándose caer en los brazos de su madre.
—Mamá... mamá, fue Gala... —sollozó—. Fui a la universidad a buscarla. Quería hablar con ella, pedirle que volviera a casa. Estaba preocupada por ella. Y ella... ella me golpeó. Frente a todos. Me humilló.
Rina palideció. Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, se llenaron de lágrimas.
—¿Gala te hizo esto? —preguntó, su voz temblando de incredulidad.
—Cuatro bofetadas, señora Rina —intervino May, con su tono más dramático—. Cuatro. Y no contenta con eso, la tiró al suelo. A mí también me atacó. Si no fuera porque Eliana Ricci intervino, no sé qué habría pasado.
Carlos Ponce, que había escuchado el alboroto desde su despacho, apareció en el salón con el ceño fruncido.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, su voz severa.
—¡Gala golpeó a Elia! —exclamó Rina, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Nuestra hija biológica golpeó a nuestra Elia!
Carlos miró a Elia, que seguía sollozando en los brazos de su madre. Sus mejillas hinchadas eran una prueba irrefutable. Sintió que la sangre le hervía.
—¿Dónde está esa desgraciada? —gruñó.
—En la universidad —respondió May—. Se quedó allí, como si nada. Como si no hubiera hecho nada malo.
En ese momento, Miguel y Lucio entraron en el salón. Al ver a Elia en ese estado, sus rostros se transformaron en máscaras de furia.
—¿Qué le pasó a Elia? —preguntó Miguel, acercándose a su hermana con el ceño fruncido.
—Gala —respondió Rina, con la voz quebrada—. Gala le hizo esto.
Miguel apretó los puños. Sus ojos verdes, los mismos que compartía con Gala, brillaron con una furia fría.
—Esa maldita —siseó—. Siempre supe que era un problema. Desde el día que llegó a esta casa.
—Miguel, no digas eso —sollozó Elia, levantando la vista—. Ella es tu hermana...
—Tú eres mi hermana —respondió Miguel, con firmeza—. Esa mujer no. Nunca la consideré parte de esta familia. Y ahora menos.
Lucio, que había estado en silencio, observaba la escena con sus ojos calculadores. Algo no encajaba. Conocía a Elia. Conocía sus tácticas. Pero las mejillas hinchadas eran reales. Las lágrimas eran reales. ¿O no?
—¿Qué pasó exactamente? —preguntó, su voz neutra.
Elia, todavía en brazos de Rina, contó su versión de los hechos. Que había ido a la universidad a buscar a Gala. Que le había llevado capuchinos a sus compañeros. Que había preguntado por ella con preocupación. Y que Gala, sin mediar palabra, la había insultado, la había llamado "hija adoptiva", la había acusado de mentir, y finalmente la había golpeado.
—Dijo que no somos hermanas —sollozó Elia—. Dijo que yo no soy nadie. Que soy una... una huérfana. Y luego me golpeó. Frente a todos.
Rina apretó a su hija contra su pecho.
—Mi pobre niña. Mi pobre, pobre niña.
Carlos caminaba de un lado a otro, su rostro enrojecido por la furia.
—Esto no se va a quedar así —dijo—. Esa mujer ha ido demasiado lejos. Primero se va de casa sin decir nada. Luego nos desprecia. Y ahora esto. ¡Esto es intolerable!
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Rina, con los ojos llenos de lágrimas.
—Traerla de vuelta —respondió Carlos, con voz firme—. Por las buenas o por las malas. No podemos permitir que ande por ahí, golpeando a la gente, manchando el nombre de esta familia.
—Padre —intervino Lucio, con su tono suave pero incisivo—. Si la traemos a la fuerza, podría causar más problemas. Quizás sea mejor... distanciarnos. Hacer correr la voz de que Gala ya no forma parte de esta familia.
Miguel negó con la cabeza.
—No. Eso sería admitir que no podemos controlarla. Y no vamos a permitir que una mocosa nos dicte las reglas.
—Entonces, ¿qué propones? —preguntó Lucio.
Miguel sonrió. Una sonrisa fría, calculadora.
—La reunión con los Ricci es este fin de semana. Propongamos el matrimonio de Elia con Boris. Y al mismo tiempo, hagamos correr la voz de que Gala es una oveja negra. Que se ha ido de casa, que anda en malos pasos, que es violenta. Cuando los Ricci escuchen eso, no querrán saber nada de ella. Y si Boris elige a Elia, Gala quedará completamente aislada.
Elia, que había estado escuchando en silencio, levantó la vista. Sus ojos, aún llenos de lágrimas, brillaron con una chispa de satisfacción.
—¿Crees que Boris aceptará? —preguntó, con voz temblorosa.
—Boris aceptará —respondió Carlos, con firmeza—. Es un hombre de negocios. Sabe lo que conviene. Y Elia es la hija que criamos. La que tiene los modales, la educación, la presencia. No esa... salvaje.
Elia bajó la mirada, ocultando una sonrisa.
Perfecto, pensó. Todo está saliendo según mi plan. Solo necesito que Boris se fije en mí. Que me vea como la opción correcta. Y Gala... Gala quedará sola. Sin familia. Sin nadie.
Pero lo que Elia no sabía era que Boris ya había conocido a Gala. Que ya estaba intrigado por ella. Que había ordenado a Lorgio investigarla.
Y que la investigación estaba a punto de dar sus frutos.
*_*
Mientras tanto, en la universidad, Gala estaba sentada en la biblioteca con Helen y Eliana, intentando concentrarse en sus estudios. Pero su mente no dejaba de volver a la confrontación.
—¿Crees que se lo dirá a sus padres? —preguntó Gala, mordiendo el capuchón de su bolígrafo.
—Por supuesto que se lo dirá —respondió Helen, con una sonrisa—. Y exagerará todo. Dirá que la atacaste sin motivo. Que casi la matas. Lo de siempre.
—Pero esta vez tienes testigos —dijo Eliana—. Y tengo el video de Helen. Si intentan algo, podemos mostrarlo.
Gala asintió. Era cierto. Esta vez, no estaba sola.
—¿Sabes? —dijo, mirando a sus amigas—. Por primera vez en mucho tiempo, siento que puedo respirar. Como si me hubieran quitado un peso de encima.
—Eso es porque te defendiste —dijo Helen—. Porque dejaste de ser la víctima.
—Y porque tienes amigas que te cuidan —añadió Eliana, guiñándole un ojo.
Gala sonrió. Una sonrisa genuina, que le llegaba a los ojos.
—Gracias. A las dos.
—No hay de qué —respondió Eliana—. Ahora, sigamos estudiando. Que tenemos exámenes.
Y mientras las tres volvían a sus libros, Gala no pudo evitar pensar en Boris. En sus ojos grises. En su voz profunda. En la forma en que la había mirado en el hotel.
No puedo confiar en él, se recordó.
Pero en el fondo de su corazón, una pequeña voz le susurró algo diferente.
¿Y si esta vez es diferente?
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia