Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 19: La esposa repudiada.
El Rey
El llanto de la princesa Sora era una música desafinada que empezaba a agotar mi paciencia.
Apenas dos horas después del incidente en el pabellón este, la Concubina Real irrumpió en mi despacho acompañada por tres ministros del Consejo. Llevaba una compresa de hielo sobre el pómulo izquierdo y los labios le temblaban con una indignación teatral perfectamente ensayada. A su lado, el anciano duque de Vance, uno de los pocos conspiradores que aún mantenía la cabeza sobre los hombros, fingía una gravedad solemne.
—¡Es un ultraje indiscutible, majestad! —exclamó el duque, dando un paso al frente mientras yo fingía revisar unos informes de frontera—. La princesa del Sol Naciente ha sido brutalmente agredida en sus propios aposentos por la Reina Consorte. ¡Dos bofetadas frente a la servidumbre! Esto no es solo una ofensa a la Concubina Real, es un insulto directo a la alianza con el Reino del Sol Naciente.
Sora dejó caer la compresa, mostrando la piel aún enrojecida, y me miró con ojos suplicantes, buscando el consuelo del 'hombre enamorado' que creía haber conquistado.
—Su alteza... —sollozó Sora, acercándose al escritorio con voz quebrada—. Fui a presentarle mis respetos como su nueva esposa, y me trató como a una sirvienta de ínfima categoría. Dijo que mi rango no significaba nada y que el rey solo la escuchaba a ella. Si no imponéis vuestra autoridad ahora, la corte sabrá que la Reina Consorte gobierna por encima de vuestra voluntad.
Me puse de pie con lentitud. En mi rostro compuse una expresión de consternación y pesadumbre tan elaborada que hasta los ministros parecieron tragarse el anzuelo.
Caminé hacia Sora, tomando sus manos con una delicadeza falsa que me revolvió el estómago.
—Esto es inaceptable, mi querida Sora —dije, bajando la voz para que sonara profunda y afectada—. No puedo permitir que nadie en este palacio marchite tu belleza ni deshonre a tu linaje. Te prometo que esto no quedará impune.
Los ministros intercambiaron miradas de triunfo casi imperceptibles. Creían que el zarpazo de Amira había sido un acto de desesperación de una reina celosa y que yo, cegado por la joven princesa extranjera, finalmente le quitaría el respaldo político a la consorte.
—Que traigan a la Reina Consorte de inmediato —ordené a la guardia de la puerta.
Diez minutos después, las puertas dobles del despacho se abrieron.
Amira entró con la majestualidad impecable que la caracterizaba. No llevaba escolta ni adornos ostentosos; solo su túnica oscura y esa postura erguida que jamás se doblegaba ante nada ni nadie. Sus ojos oscuros se cruzaron con los míos por un segundo fugaz, leyendo el juego antes de que yo pronunciara la primera palabra.
—Majestad —dijo Amira, haciendo una inclinación de cabeza tan leve que bordeaba la insolencia calculada.
—Amira —comencé, endureciendo el tono de mi voz para que resonara en todo el despacho, haciéndome escuchar por los ministros que aguardaban expectantemente—. La Concubina Real ha presentado una queja formal por agresión física. Has sobrepasado los límites de tu posición al ponerle una mano encima a una invitada imperial y esposa de esta corona.
Los ministros contuvieron el aliento, regocijándose en el ambiente.
—La princesa faltó al protocolo de respeto básico hacia la corona —respondió Amira con una calma helada, sin desviar la mirada—. Hice lo necesario para mantener la disciplina en el palacio interior.
—No te he pedido una justificación —la interrumpí, alzando la mano con severidad fingida—. La princesa Sora representa la paz entre dos naciones. A partir de hoy, te exijo que seas más indulgente con ella. Ella es la Concubina Real y goza de mi protección personal. No toleraré otra escena como la de esta tarde en mis aposentos.
Para la mirada de los ministros y de la propia Sora, el veredicto era aplastante: El rey había reprendido públicamente a su reina.
La nobleza saldría de ese despacho convencida de que Amira había perdido el favor real, dejándola vulnerable, aislada y lista para ser destruida en su plan de venganza.
Sora sonrió detrás de su pañuelo, saboreando una victoria de paja.
—Podéis retiraros todos —sentencié, dándole la espalda a la mesa—. Tengo asuntos de estado que atender.
Los ministros y la princesa se inclinaron con reverencias exageradas y salieron del despacho con el pecho henchido de orgullo, impacientes por difundir el rumor de que la Reina Consorte estaba cayendo en desgracia.
Amira no se movió. Esperó en silencio hasta que el sonido de los pasos de la comitiva se perdió en el pasillo y las pesadas puertas de roble se cerraron con un golpe seco.
En cuanto estuvimos solos, solté un suspiro pesado y me pasé la mano por el rostro, dejando caer la máscara de tirano voluble.
Caminé rápidamente hacia donde estaba Amira. La firmeza con la que la reprendí hace un instante se disipó por completo, reemplazada por una preocupación genuina y punzante que me oprimía el pecho.
—¿Te hizo algún daño? —pregunté en voz baja, buscando cualquier rastro de tensión en sus manos o en su postura.
Amira dejó escapar una leve sonrisa, la primera de la jornada, y negó suavemente con la cabeza.
—Sabes perfectamente que esa niña no tiene la fuerza ni para despeinarme, majestad —respondió con su tono sereno—. ¿Crees que me afectó tu teatrillo frente a los ministros?
—Tenía que hacerlo —dije, deteniéndome a medio paso de ella, mirando la serenidad impecable de sus ojos—. Necesito que crean que estás acorralada. Necesito que piensen que te he dejado de lado para que se confíen y den el paso en falso que estamos esperando. Pero me quema la garganta tener que hablarte así delante de esas ratas.
—Es el precio del juego —asintió ella, manteniendo la cabeza en alto—. Déjalos creer que la reina está débil. Eso solo hará que bajen la guardia ante el zarpazo final.
La observé en silencio durante unos segundos.
Ellos no entienden nada.
Los ministros creen que el harén es un adorno y que la reina es solo un título intercambiable. No tienen la menor idea de que Amira es la viga maestra de todo este imperio.
Yo puedo salir a la calle a cortar cabezas con la espada y Felipe puede dirigir el ejército en los campos de batalla, pero es Amira quien mantiene el harén firme, quien cuida la espalda de Lyra, Daría y Alessia, y quien sostiene la estructura de este palacio sin pestañear.
Proteger a Amira no es una opción; es mi prioridad absoluta. Si la reina se derrumba, todo el tablero que hemos construido se cae a pedazos. Ella es la líder que mantiene a las demás en pie en medio del infierno.
—Sora cree que ha ganado una batalla —murmuró Amira, arreglándose la manga de la túnica con elegancia imperiosa—. No sabe que acaba de firmar su sentencia de muerte política.
—Sigue actuando como la reina repudiada —le pedí, ofreciéndole mi mano con respeto absoluto—. Deja que se acerquen a ti creyendo que eres una presa fácil. Cuando muerdan la carnada, tú y yo cerraremos la trampa juntos.
Amira colocó su mano sobre la mía, apretándola con la fuerza de una soberana que no le teme a ninguna tormenta.
Los ministros creían que me habían quitado a la reina. Lo que no sabían era que acababan de poner a la mujer más peligrosa del imperio al frente de su propia ejecución.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado