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La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

La Esposa Fugitiva Del Alfa Millonario

Status: En proceso
Genre:Embarazada fugitiva / Matrimonio contratado / Omegaverse / CEO
Popularitas:6.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Leiva Silva, Juan Manuel

"Firmaste el contrato, Luna. No hay divorcio que te salve de mí."

Para salvar a su familia, Elena aceptó un matrimonio por contrato de un año con Alexander Vance, el implacable CEO y Alfa más temido de la ciudad. Lo que él ignoraba era que Elena no era una humana sumisa, sino una loba de linaje puro.

Tras un año de desprecios y manipulaciones, la noche en que vence el acuerdo Elena descubre la verdad: está embarazada del Alfa y ha despertado su poder dormido.

Sin rogar por afecto, Elena quema el contrato y desaparece en la noche. Cuatro años después, regresa como la inversionista más poderosa de la industria, acompañada por un niño genio calcado al CEO.

Alexander emprenderá una cacería obsesiva por recuperar a su esposa, pero esta vez ella no es la presa: es la cazadora.

NovelToon tiene autorización de Leiva Silva, Juan Manuel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15: La Manada Colmillo de Hierro

El viaje hacia las tierras del sur tomó tres días.

No iba sola. Alexander cabalgaba a mi lado, con Trueno pisando fuerte el camino de tierra, y detrás de nosotros, una comitiva de doce guerreros seleccionados entre lo mejor de ambas manadas. Kael se había quedado a cargo de la mansión, con la promesa de protegerla con su vida si era necesario. Seraphina no había vuelto a ser vista desde el destierro, y por primera vez en semanas, podía respirar sin sentir su presencia acechando en las sombras.

El paisaje cambió a medida que avanzábamos hacia el sur. Los bosques verdes y frondosos de la Sangre de Acero dieron paso a llanuras áridas, salpicadas de rocas y arbustos espinosos. El sol brillaba con fuerza, y el aire olía a polvo y a algo más. Algo salvaje. Algo que me recordaba que estábamos entrando en territorio desconocido.

—¿Qué sabes de los Colmillo de Hierro? —Pregunté a Alexander, mientras cabalgábamos lado a lado.

—No mucho —admitió—. Son una manada antigua, pero pequeña. Nunca han sido particularmente poderosos, pero tampoco han sido conquistados. Se dice que su Alfa, una mujer llamada Freya, es tan feroz como cautelosa.

—¿Freya? —Repetí—. Una mujer Alfa.

—Sí —dijo Alexander, con una sonrisa—. Como tú. Las mujeres Alfas son raras, pero no imposibles. Freya heredó el liderazgo de su madre, y desde entonces, ha defendido su territorio con garras y colmillos.

—¿Crees que nos escuchará? —Pregunté.

—No lo sé —admitió Alexander—. Pero si alguien puede convencerla, esa eres tú.

Llegamos al territorio de los Colmillo de Hierro al atardecer del tercer día.

El paisaje había cambiado de nuevo. Ahora estábamos en un valle rodeado de colinas rocosas, con un río de aguas turbulentas que lo atravesaba de norte a sur. En el centro del valle, sobre una meseta de piedra, se alzaba la aldea principal de la manada. No era una mansión lujosa como la de los Vance, ni un palacio antiguo como el de la Luna Plateada. Era un asentamiento rústico, funcional, construido con piedra y madera, con murallas de troncos afilados que lo protegían de los ataques.

Pero lo que realmente llamó mi atención fue la cantidad de lobos que patrullaban el perímetro.

Eran muchos. Más de los que esperaba para una manada "pequeña". Y todos llevaban el mismo símbolo en sus brazos: un colmillo de hierro rodeado de espinas.

—Parece que Freya ha estado reclutando —dijo Alexander, con una expresión sombría.

—¿O preparándose para algo? —Sugerí.

—O ambas cosas —respondió.

Antes de que pudiéramos avanzar más, un grupo de jinetes nos salió al paso. Eran seis lobos, montados en caballos oscuros, con lanzas en las manos y expresiones hostiles.

—Alto —dijo el que parecía liderarlos, un hombre corpulento con una cicatriz que le cruzaba el rostro—. Identificaos. ¿Qué hacéis en territorio de los Colmillo de Hierro?

—Soy Alexander Vance, Alfa de la Manada Sangre de Acero —dijo Alexander, con una voz que resonó en el valle—. Y esta es Elena Reed, Alfa de la Manada Luna Plateada. Venimos en son de paz. Queremos hablar con vuestra Alfa.

El jinete nos miró largamente. Sus ojos se posaron en mí, y vi algo en ellos que no esperaba. Reconocimiento. Como si supiera quién era. Como si me hubiera estado esperando.

—La Alfa Freya os recibirá —dijo finalmente—. Pero solo a vosotros dos. El resto de vuestros guerreros esperarán aquí.

—Aceptamos —dije, antes de que Alexander pudiera protestar.

Desmontamos y seguimos al jinete hacia la aldea. Mientras caminábamos, no pude evitar mirar a mi alrededor, memorizando cada detalle. Las defensas, los puntos débiles, las rutas de escape. Era un hábito que Kael me había inculcado durante el entrenamiento. "Nunca entres en territorio enemigo sin saber cómo salir", me había dicho. Y yo lo había tomado muy en serio.

La aldea era más grande de lo que parecía desde fuera. Calles de tierra apisonada, casas de piedra y madera, y en el centro, una plaza con una gran hoguera encendida. Lobos de todas las edades nos observaban mientras pasábamos, sus miradas cargadas de curiosidad, recelo y algo más. Algo que no supe interpretar.

Finalmente, llegamos a lo que parecía ser la casa principal. No era un palacio, pero era imponente. Tres pisos de piedra gris, con ventanas estrechas y una puerta de madera maciza. Dos guardias flanqueaban la entrada, con lanzas en las manos y expresiones tan hostiles como las de los jinetes.

El jinete nos indicó que esperáramos. Entró en la casa, y unos minutos después, salió con una expresión que mezclaba respeto y algo más.

—La Alfa Freya os recibirá ahora —dijo, abriendo la puerta.

Entramos.

El interior era cálido, iluminado por antorchas y un gran fuego que ardía en una chimenea de piedra. Pieles de animales cubrían el suelo, y trofeos de caza adornaban las paredes. En el centro de la habitación, sentada en una silla tallada, estaba la Alfa Freya.

Era impresionante. Alta, musculosa, con el cabello rojo como el fuego y unos ojos verdes que brillaban como esmeraldas. Llevaba una túnica de cuero y un collar de colmillos que le colgaba del cuello. Su presencia era tan poderosa que llenaba la habitación, y su aroma —a tierra, a hierro, a algo salvaje— era inconfundible. Era una Alfa de verdad. Como yo.

—Así que tú eres Elena —dijo Freya, sin levantarse—. La Alfa de la Luna Plateada. La que cerró el Sello.

—Sí —dije, sorprendida de que supiera tanto—. Soy yo.

—He oído hablar de ti —continuó Freya, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Dicen que eres poderosa. Dicen que eres valiente. Dicen que eres la salvadora del mundo lobuno.

—Los rumores exageran —dije, manteniendo la calma.

—¿Ah, sí? —Freya se levantó, y su altura era imponente. Era casi tan alta como Alexander, y su presencia era igual de abrumadora—. Entonces, dime, Elena de la Luna Plateada. ¿Por qué estás aquí? ¿Por qué has venido a mi territorio con un ejército a tus espaldas?

—No es un ejército —dije—. Es una comitiva. Venimos en son de paz. Queremos hablar.

—¿Hablar? —Freya soltó una risa amarga—. ¿Sobre qué? ¿Sobre la alianza que me ofreces? ¿Sobre la protección que me prometes? ¿Sobre el futuro maravilloso que construiríamos juntos?

—Sí —dije, sin dejarme intimidar—. Exactamente sobre eso.

Freya me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, se giró hacia Alexander.

—Y tú, Alexander Vance —dijo—. El Alfa de la Sangre de Acero. El hijo del monstruo que destruyó a la Luna Plateada. ¿Qué haces aquí? ¿Por qué acompañas a esta mujer?

—Porque es mi esposa —dijo Alexander, con una firmeza que me llenó de orgullo—. Porque es mi Alfa. Y porque creo en lo que está construyendo.

—¿Y qué está construyendo? —Preguntó Freya.

—Un mundo donde las manadas no tengan que luchar entre sí —dije—. Un mundo donde podamos vivir en paz. Donde nuestros hijos no tengan que crecer con miedo.

—Palabras hermosas —dijo Freya—. Pero las palabras no alimentan a mi manada. Las palabras no protegen mi territorio. Las palabras no detienen a los enemigos que quieren destruirnos.

—Tienes razón —admití—. Por eso no vengo solo con palabras. Vengo con una oferta.

—¿Qué tipo de oferta? —Preguntó Freya, arqueando una ceja.

—Una alianza —dije—. Sangre de Acero, Luna Plateada y Colmillo de Hierro. Juntas, seríamos la fuerza más poderosa de la región. Nadie se atrevería a desafiarnos.

—¿Y qué gano yo con esa alianza? —Preguntó Freya—. ¿Qué gana mi manada?

—Protección —dije—. Recursos. Comercio. Y algo más. —Hice una pausa—. Algo que sé que valoras por encima de todo.

—¿Y qué es eso? —Preguntó Freya, con curiosidad genuina.

—Libertad —dije—. La libertad de vivir sin miedo. La libertad de criar a tus hijos sin la amenaza de la guerra. La libertad de ser quienes sois, sin que nadie os diga lo que debéis ser.

El silencio que siguió fue denso, cargado de significado. Freya me miró largamente, y por un momento, vi algo en sus ojos que no esperaba. Duda. Esperanza.

—¿Y qué pasa con Dorian? —Preguntó finalmente—. Me ha ofrecido una alianza también. Me ha prometido el trono de la Sangre de Acero si lo ayudo a recuperarlo.

—Dorian es un traidor —dije, sin rodeos—. Ha traicionado a su hermano. Ha traicionado a su manada. Ha traicionado a todos los que confiaron en él. ¿Crees que cumplirá sus promesas? ¿Crees que te dará lo que te promete?

—No lo sé —admitió Freya—. Pero al menos él me ha ofrecido algo concreto. Tú me ofreces... palabras.

—Te ofrezco algo más que palabras —dije, dando un paso hacia ella—. Te ofrezco mi palabra. Mi honor. Mi sangre. Si me traicionas, si te aliás con Dorian, lo entenderé. Pero si te unes a mí, si confías en mí... —Hice una pausa—. Entonces tendrás una aliada. Una hermana. Una amiga. Para siempre.

Freya me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, sonrió. Fue una sonrisa genuina, cálida, que le iluminó el rostro.

—Eres interesante, Elena de la Luna Plateada —dijo—. Muy interesante.

—Me lo han dicho —respondí.

—Muy bien —dijo Freya, extendiendo su mano—. Acepto tu alianza. Pero con una condición.

—¿Cuál? —Pregunté, estrechando su mano.

—Quiero conocer a tu manada —dijo Freya—. Quiero ver con mis propios ojos lo que estás construyendo. Quiero asegurarme de que no me estás vendiendo humo.

—Trato hecho —dije—. Ven a la mansión. Quédate el tiempo que quieras. Conoce a mi gente. Y luego decide.

—Trato hecho —respondió Freya.

Esa noche, mientras cenábamos en la casa de Freya, algo cambió entre nosotros.

Ya no éramos extraños. Ya no éramos enemigos potenciales. Éramos... aliados. Amigos. Algo más.

Freya me contó sobre su manada, sobre su madre, sobre los desafíos que había enfrentado para convertirse en Alfa. Yo le conté sobre mi vida, sobre los Reed, sobre el descubrimiento de mi verdadera identidad. Hablamos de todo. De política, de guerra, de amor. De nuestros miedos, nuestros sueños, nuestras esperanzas.

—Sabes —dijo Freya, mientras bebíamos hidromiel junto al fuego—. Cuando supe de ti, cuando supe que había otra mujer Alfa, sentí... —Hizo una pausa—. Sentí envidia. Envidia de tu poder. De tu manada. De tu... —Sonrió—. De tu esposo.

—¿Envidia? —Repetí, sorprendida—. ¿De mí?

—Sí —admitió Freya—. Siempre he estado sola. Siempre he tenido que luchar sola. Y luego apareciste tú. Con tu manada. Con tu familia. Con tu amor. Y pensé... —Sacudió la cabeza—. Pensé que no era justo.

—Lo siento —dije, con sinceridad—. No era mi intención hacerte sentir así.

—Lo sé —dijo Freya—. Y por eso acepté tu alianza. Porque eres genuina. Porque no intentas ser algo que no eres. Porque... —Hizo una pausa—. Porque eres como yo. Una mujer que ha tenido que luchar por su lugar en un mundo de hombres.

—Entonces luchemos juntas —dije, alzando mi copa—. Por un mundo donde las mujeres Alfas no tengan que luchar solas.

—Por eso —respondió Freya, alzando su copa—. Y por nosotras.

El viaje de vuelta fue más ligero.

Freya y un pequeño grupo de sus guerreros nos acompañaron. Quería ver la mansión, conocer a la manada, evaluar la alianza con sus propios ojos. Y yo estaba ansiosa por mostrársela. Por demostrarle que no eran palabras vacías. Que lo que estábamos construyendo era real.

—¿Crees que se unirá? —Preguntó Alexander, mientras cabalgábamos lado a lado.

—Creo que ya lo ha hecho —dije, mirando a Freya, que cabalgaba unos metros detrás, riendo con uno de nuestros guerreros—. Solo necesita asegurarse.

—¿Y si no le gusta lo que ve? —Preguntó Alexander.

—Entonces la convenceré —dije—. Como te convencí a ti.

—¿Me convenciste tú a mí? —Preguntó Alexander, arqueando una ceja.

—Digamos que... —Sonreí—. Nos convencimos mutuamente.

Alexander rió. Fue una risa genuina, cálida, que me llenó el corazón.

Llegamos a la mansión al atardecer del segundo día.

Kael nos recibió en el patio, con una expresión que mezclaba alivio y curiosidad.

—Veo que trajisteis compañía —dijo, mirando a Freya y sus guerreros.

—Kael, te presento a Freya —dije—. Alfa de la Manada Colmillo de Hierro. Y nuestra nueva aliada.

—¿Aliada? —Kael arqueó una ceja—. ¿Tan rápido?

—Soy muy persuasiva —respondí.

—Eso parece —dijo Kael, estrechando la mano de Freya—. Bienvenida a nuestra casa, Alfa Freya. Espero que os guste lo que veáis.

—Estoy segura de que sí —dijo Freya, con una sonrisa.

Esa noche, celebramos.

No fue una celebración grande, como la que había tenido lugar tras la derrota del Primero. Fue más íntima. Más familiar. Freya y sus guerreros se mezclaron con los nuestros, compartiendo historias, comida, risas. Los niños jugaban entre las mesas, los ancianos contaban leyendas, los jóvenes bailaban bajo las estrellas.

Y yo, Elena Reed, la última Alfa de la Luna Plateada, me senté en lo alto de la escalinata y contemplé todo. Mi manada. Mi familia. Mi futuro.

Freya se acercó y se sentó a mi lado.

—Es hermoso —dijo, mirando la escena—. Lo que has construido.

—Lo hemos construido —corregí—. Todos nosotros.

—No —dijo Freya, con una sonrisa—. Tú. Tú eres el corazón de todo esto. Sin ti, nada de esto existiría.

—No lo sé —admití—. A veces siento que solo estoy improvisando. Que no sé lo que hago.

—Eso es lo que hace a un buen líder —dijo Freya—. La duda. La humildad. Los que creen que lo saben todo son los que destruyen el mundo.

—¿Y tú? —Pregunté—. ¿Alguna vez dudas?

—Todos los días —admitió Freya—. Pero luego miro a mi manada. Miro a mi gente. Y sé que vale la pena.

—Sí —dije, mirando a Alexander, que jugaba con un grupo de niños—. Vale la pena.

Freya me miró largamente. Luego, para mi sorpresa, tomó mi mano.

—Gracias —dijo—. Por darme una oportunidad. Por confiar en mí.

—Gracias a ti —respondí—. Por confiar en mí.

Esa noche, mientras dormía abrazada a Alexander, algo cambió en mí. Algo profundo, primordial. Mi loba, que había estado inquieta durante meses, finalmente se calmó. Se sentía... en casa.

Y en lo más profundo de mi ser, donde antes solo había rabia y miedo, comenzó a crecer algo nuevo. Algo frágil pero poderoso.

Esperanza.

Pero mientras dormía, no pude evitar soñar. Y en el sueño, vi algo. Algo que no debería existir. Algo que venía del sur. Algo que estaba despertando.

Abrí los ojos de golpe.

Y entonces lo oí. Un aullido. Lejano. Pero inconfundible. Un aullido que no reconocí. Un aullido que no era de mi manada. Un aullido que helaba la sangre.

Alexander se despertó a mi lado.

—¿Qué pasa? —Preguntó.

—No lo sé —admití—. Pero algo ha cambiado. Algo ha despertado.

Y en algún lugar de las montañas del sur, alguien abrió los ojos.

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Lisa Michi
me encanta 😊
Derlys Capurro
me encantó esta historia 😁
DOMENICA Capurro
excelente historia
Martha
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Lupe
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mimi
sube más capítulos porfa😭
Sury Lupita
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Sury Lupita
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Carola Ortiz Macías
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Carola Ortiz Macías
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Esther Capurro
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Mamc
Excelente novela me encanta ☺️
Lupe
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