Victoria Black fue víctima de una terrible traición por parte de su hermana y su esposo llevándola a una muerte con arrepentimientos, pero el universo le ha regalado una segunda oportunidad, esta vez con conocimiento del futuro le va a conocer el verdadero amor y los que la hicieron sufrir se las van a pagar con intereses.
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Esta vez seremos nosotros
Capítulo 11
Esta vez seremos nosotros
A la mañana siguiente me levanté con más energía. Estaba decidida a hablar con Adrián. Lo encontré esperándome frente al edificio de la universidad.
—Llegas tarde —me dijo en cuanto me vio.
Miré el reloj.
—Son las siete y 55 minutos.
—Exactamente.
—¿Desde cuándo eres tan puntual? —pregunté en tono de burla.
—Desde que decidí asegurarme de que no desaparecieras otra vez.
Lo miré sorprendida.
—¿Te preocupas por mí?
—Intento no hacerlo.
Sonreí.
—No te está funcionando.
Adrián soltó una pequeña risa.
Aquella risa me hizo olvidar durante unos segundos todo lo que estaba ocurriendo.
Caminamos juntos hasta clase.
Varias personas nos miraron y no me importó.
Durante demasiado tiempo había vivido preocupada por lo que los demás pensaban de mí. Ahora tenía cosas mucho más importantes de las que preocuparme.
Sofía apareció detrás de nosotros.
—Por fin.
Adrián frunció el ceño.
—¿Por fin qué?
—Ustedes dos.
—¿Qué nosotros? —pregunté.
Sofía sonrió.
—Nada.
Entramos al aula. Durante la clase sentí la mirada de Rodrigo varias veces. No me sorprendió, pero esta vez no me importaba.
Cuando terminó, Adrián me esperaba afuera.
—¿Comemos juntos?
—Sí.
—¿Sin Rodrigo?
—Preferiblemente sin Rodrigo.
—Entonces será perfecto.
Sonreí.
Aquello era sencillo.
Normal.
Y precisamente por eso me daba miedo.
Había pasado tantos años viviendo entre mentiras que la felicidad comenzaba a parecerme una amenaza.
Nos sentamos en una mesa apartada de la cafetería.
Adrián me observó durante unos segundos.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Sí.
—¿Por qué estás diferente?
Bajé la mirada.
—¿Diferente cómo?
—Antes eras más...
—¿Ingenua?
—No iba a decir eso.
—Pero lo pensaste.
—Un poco.
Me reí.
Él también.
Después se quedó serio.
—Parece que hubieras vivido algo que te obligó a crecer de golpe.
Contuve el aliento.
—Quizá sí.
—¿Fue algo malo?
Lo miré.
—Lo peor que puedas imaginar.
Adrián extendió una mano sobre la mesa.
No me tocó. Solo la dejó allí como una invitación.
Coloqué mi mano encima.
—No tienes que contarme todo ahora.
Lo miré.
—¿Por qué eres tan bueno conmigo?
—Porque eres tú.
Aquellas tres palabras fueron suficientes para destruirme por dentro. En mi primera vida había tenido ese amor frente a mí y lo había rechazado.
Esta vez no lo haría.
Apreté su mano.
—Adrián.
—¿Sí?
—No importa lo que pase...
Me detuve.
—No vuelvas a alejarte de mí.
Su mirada se volvió intensa.
—Eso depende de ti.
—¿De mí?
—La última vez fuiste tú quien me dejó.
Sentí culpa.
—Lo sé.
—Entonces esta vez tendrás que elegir.
Lo miré.
—Te elijo.
Adrián dejó de respirar durante un segundo.
Yo también.
Ninguno dijo nada, pero nuestras manos permanecieron unidas.
Sentí que quizá podía recuperar algo que mi primera vida me había robado.
Y eso era un futuro.
Posibilidades.
La felicidad duró exactamente hasta que regresamos a clase.
Encontré un sobre dentro de mi mochila. No tenía remitente.
Lo abrí.
Dentro había una fotografía.
Adrián y yo.
Éramos niños. Estábamos sentados juntos en el jardín de mi abuela. Yo tenía ocho años y él nueve. Detrás de nosotros aparecía Lucía.
La fotografía estaba marcada con una fecha.
Tres días antes de que mi abuela cambiara su testamento.
Debajo, alguien había escrito:
"¿Quieres saber por qué Elena eligió a Adrián?".
Sentí que el corazón se me detenía.
Entonces vi otra línea.
"Pregúntale qué hizo por ti cuando tenías ocho años".
Levanté la mirada.
Alguien no solo conocía mi pasado. También estaba intentando obligarme a recordarlo.
Volví a mirar la fotografía. Había algo extraño en ella: la expresión de Lucía.
No sonreía.
Estaba observándonos como si incluso entonces supiera que aquel vínculo terminaría siendo importante.
Guardé la fotografía dentro de mi cuaderno.
No quería que nadie más la encontrara.
Entonces escuché pasos detrás de mí.
Me giré.
Lucía estaba en la puerta.
—¿Qué escondes?
—Nada.
Sus ojos bajaron hacia mi cuaderno.
—Victoria.
—¿Sí?
—No deberías seguir buscando cosas que tu abuela decidió mantener ocultas.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Por qué?
Lucía apretó los labios.
—Porque algunas verdades destruyen a las personas.
—Ya me destruyeron una vez.
Ella se quedó inmóvil. Había dicho demasiado otra vez.
Lucía dio un paso atrás.
—No sabes de qué hablas.
—Pero tú sí.
Su rostro perdió color.
—Déjalo.
—No.
—Victoria...
—Esta vez no voy a detenerme.
Lucía me miró durante unos segundos y después se marchó.
Me quedé observando la puerta.
Ya no tenía dudas.
Ella sabía qué había ocurrido cuando yo tenía ocho años y estaba aterrada de que yo lo recordara.
Miré nuevamente la fotografía. Adrián estaba sonriendo y yo también.
Comprendí que quizá nuestra historia había comenzado mucho antes de que Rodrigo entrara en mi vida.
Tomé el teléfono.
Escribí un mensaje a Adrián.
"Necesito hablar contigo sobre lo que ocurrió cuando tenía ocho años".
La respuesta llegó casi inmediatamente.
"Te estaba esperando".
Un escalofrío me recorrió.
Porque aquellas palabras significaban que él también sabía que, tarde o temprano, tendría que recordar.
Y esta vez no pensaba permitir que nadie nos separara.