Renata Solis tenía la vida que siempre soñó: un matrimonio estable de veinticinco años con Fernando Lavallée, un próspero ejecutivo, y dos hijos a los que adoraba. Ella era la esposa abnegada que cuidaba del hogar mientras su marido aseguraba el futuro familiar. Sin embargo, una llamada a la una de la madrugada destruye su mundo para siempre.
Tras correr al hospital, Renata no solo recibe la devastadora noticia de que Fernando ha muerto en un accidente de tránsito, sino que descubre que no iba solo: la mujer que viajaba a su lado en el copiloto tampoco sobrevivió. El día del entierro, la verdad sale a la luz de la forma más cruel cuando una compañera de trabajo le confiesa la pesadilla: Fernando llevaba más de tres años manteniéndole una doble vida a su amante, con quien además tenía una hija de año y medio.
Por si la traición no fuera suficiente, Renata descubre que su esposo hipotecó la casa familiar y entregó todo a su amante.
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Capítulo 11: Sorprendida
Cony, con el rostro desencajado por la ofensa y la indignación, dio media vuelta y caminó a toda prisa hacia el ascensor ejecutivo para subir directamente a la oficina de Ricardo.
—La van a echar por mi culpa... —murmuró la joven empleada con la voz quebrada, presionando un pañuelo contra la herida de su frente.
—Tranquila —la consoló Renata con ternura, ayudándola a recoger sus cosas—. Yo no podía ver cómo esa muchachita engreída te trataba tan mal.
—Ella es así... La verdad llevo meses soportándola. Ahora entiendo por qué no le dura ninguna asistente.
Renata respiró profundo. Al ver a la chica alejarse hacia el área médica, se imaginó de inmediato a Cony contándole las cosas a Ricardo a su manera, dejándola a ella como la culpable de todo. En su mente se veía de nuevo en la calle, sin empleo y sin poder cubrir las colegiaturas de sus hijos.
—¿Qué va a hacer? —le preguntó un empleado de seguridad que había presenciado el alboroto—. Seguramente el señor Ricardo la va a despedir.
En ese preciso momento, el celular de Renata comenzó a vibrar en su bolsillo. Era Ricardo.
—¿Renata? ¿Puede subir a mi oficina, por favor? —pidió la voz grave de su jefe.
—Sí, señor... Voy para allá.
Renata respiró profundo, reunió toda la templanza que le quedaba y subió por el ascensor. Al cruzar la puerta de la oficina presidencial, lo primero que encontró fue la mirada llena de desprecio y triunfo que Cony le lanzó desde uno de los sillones de cuero.
Ricardo estaba de pie tras su escritorio con expresión seria y las manos metidas en los bolsillos del pantalón.
—¿Me puede decir qué ocurrió? —preguntó mirando a Renata.
—¡¿Qué?! Pero si ya te dije lo que ocurrió, Ricardo —interrumpió Cony alzando la voz con dramatismo—. Esta mujer...
—Ya, Cony —la frenó Ricardo con tono firme y seco—. Quiero escuchar la versión de Renata. Dígame, Renata... ¿Qué sucedió?
Renata tomó aire, se llenó de valor y, sin bajar la mirada, le contó exactamente lo sucedido: el empujón, el golpe en la frente de la joven, el intento de agresión física y la intervención para defenderla.
—¡Eso es mentira! —chilló Cony, poniéndose de pie de golpe—. ¡Yo no empujé a nadie! Solo le di una orden a mi asistente y ella fue grosera. Yo me enojé y alcé un poquito la voz... ¡Y esta señora apareció y me pegó!
—No es verdad —respondió Renata con absoluta calma y dignidad—. Las cosas no fueron así y usted lo sabe. Señor Del Solar, yo le estoy diciendo la verdad. Y si no me cree, allí está la asistente de la señorita Cony, o las cámaras de seguridad del estacionamiento.
Ricardo se quedó callado unos segundos, observando la firmeza de Renata y la actitud alterada de su novia. Luego, soltó un leve suspiro y miró a la modelo.
—Cony, tenemos mucho trabajo. Te veo en la noche, por favor.
—¿Me estás echando? —exclamó la joven sin poder creerlo.
—En la noche hablamos —sentenció Ricardo sin dar pie a discusiones—. Y otra cosa: deja de ser así con las asistentes. Ya llevas tres en lo que va del año.
Cony bufó indignada, tomó su bolso de diseñador con violencia y salió de la oficina pisando fuerte. Renata se quedó completamente sorprendida por lo que acababa de ver y escuchar; jamás esperó que Ricardo respaldara su versión de esa manera.
—Señor Del Solar... Le pido que me disculpe si causé un problema —dijo Renata apenada.
—¿Ya llevó los documentos, Renata? —preguntó él cambiando de tema como si nada hubiera pasado.
—No, aún no, señor.
—Ok. Entonces aprovechamos que voy de salida, deja los documentos en la casa y me acompaña a una reunión importante.
Renata se quedó paralizada en su lugar, confundida por la respuesta de su jefe. Estaba completamente segura de que en ese momento la iban a despedir, pero en lugar de eso, Ricardo volvía a demostrarle una confianza inquebrantable.
Al terminar la jornada laboral, Renata entró a la oficina de Ricardo para entregar los últimos informes. Se detuvo frente al escritorio y, con un tono temeroso pero lleno de duda, se atrevió a preguntar:
—Señor Del Solar, yo quiero saber algo...
—Sí, claro, Renata, dígame —respondió él, levantando la vista de los documentos.
—¿Por qué no me despidió o por lo menos me llamó la atención por lo que ocurrió con su novia esta mañana?
Ricardo dejó el bolígrafo sobre la mesa, se reclinó en su sillón y la miró con serenidad.
—Renata, conozco muy bien a Cony. Sé que es bastante difícil, así que no se preocupe —explicó con tranquilidad, para luego revisar su reloj—. Por cierto, ya es muy tarde. Ya se puede ir. Nos vemos el lunes. Los sábados y los domingos no se trabaja.
—Gracias, señor Del Solar.
Renata dio media vuelta hacia la puerta, pero la voz de Ricardo la detuvo:
—Renata...
—¿Sí? Sí, señor, dígame —respondió ella, girándose de inmediato.
Ricardo la observó por un instante, atraído por la calma y elegancia natural que transmitía, pero prefirió guardar silencio.
—No... nada. Que tenga un buen fin de semana.
—Igualmente, señor. Gracias.
Esa misma noche, Ricardo fue al apartamento de Cony para aclarar lo sucedido. Al abrir la puerta, la joven modelo lo recibió cruzada de brazos, con la mirada encendida de rabia y resentimiento por no haberle dado, según ella, su lugar frente a la nueva asistente.
—¡No puedo creer lo que hiciste! —exclamó Cony apenas él cruzó el umbral—. Preferiste a tu asistente antes que a mí, ¡que soy tu novia!
—Ya, Cony, deja el berrinche —pidió Ricardo con tono cansado, caminando hacia la sala.
—¡Oh, no es un berrinche! —gritó ella, siguiéndolo a pasos agigantados—. Y no creas que me voy a acostar contigo esta noche, estoy furiosa.
Ricardo se detuvo, se giró hacia ella con absoluta calma y la miró fijamente.
—Si no te quieres acostar conmigo, está bien. Por mí no hay inconveniente.
—Ah, no, ¡claro que no! —soltó ella con sarcasmo—. Porque seguramente te vas a ir a uno de esos clubes a acostarte con cualquiera, ¿no?
Ricardo suspiró profundamente, sintiendo un agotamiento real.
—Estás insoportable, en serio. ¿Sabes qué? Creo que Lisset tiene razón. Eres demasiado joven para mí. Miras la vida de una manera muy distinta y, la verdad, yo ya no tengo edad para soportar berrinches de una niña malcriada.
Cony se quedó helada, borrando la mueca de capricho de su rostro.
—¿Me estás terminando?
—Eso lo decides tú —sentenció Ricardo con firmeza—. Que tengas buenas noches, Cony.
Definitivamente no se que haría con Sergio porque es un rebelde sin causa que provoca sacarlo de la casa y dejarlo pasar carencias en la calle para que aprenda a ser más humilde, valorar a su madre y hermano que están haciendo lo imposible para que el pueda seguir estudiando mal agradecido.