Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
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SOY MARIO MILLER
Me aparté suavemente de su abrazo, moví la cabeza con firmeza pero sin insolencia, y dije con voz clara y respetuosa:
—Disculpe, señor Sultán.
Me incliné profundamente, imitando a la perfección las reverencias que había visto en la nobleza veneciana. Era un noble occidental en cada gesto, en cada postura, en cada palabra.
—Sé que debe haber sido muy doloroso perder a su hijo, y lo lamento de corazón —continué con calma—, pero yo no puedo serlo. Mi nombre es Mario Miller. Soy hijo adoptivo del barón Miller, un hombre bueno y generoso de Venecia. Todo esto… es demasiado extraño, demasiado grande para mí. No puedo creerlo. No lo creo. Deseo volver a Venecia, por favor. Allí está mi vida, mi hogar, y mi prometida.
El Sultán Solimán entrecerró los ojos, estudiándome con esa mirada que parecía ver más allá de las palabras.
—¿Cómo dices que te llamas? —preguntó con voz grave.
—Mario Miller —repetí sin vacilar—. Ese es mi nombre. Es el único que conozco.
Solimán miró al comandante de los jenízaros, quien dio un paso adelante y comenzó a hablar:
—Sultán, interrogamos al joven, y también enviamos mensajeros al barón Miller en Venecia. Él nos contó la misma historia, palabra por palabra. Hace años, el barón viajaba por tierras cercanas a la frontera del imperio cuando escuchó aullidos de lobos. Se acercó con su rifle en la mano y disparó contra las bestias que rodeaban a una figura en el suelo. Horrorizado, vio a un joven malherido pero aún con vida. Lo cargó junto con sus sirvientes, lo llevó a su caravana y cuidó de él durante semanas hasta que recuperó la conciencia. Cuando el joven abrió los ojos, no recordaba absolutamente nada: ni su nombre, ni de dónde venía, ni siquiera cómo había llegado allí. El barón le dijo entonces: «Si nada te ata a este lugar, ¿te gustaría acompañarme a mi hogar en Venecia?». El joven, sin pasado ni familia a quien recurrir, aceptó. ¿Quién podría culparlo? Tenía a alguien dispuesto a cuidar de él. Así lo llevó consigo, lo educó, lo alimentó, lo vistió, y finalmente lo reconoció como su propio hijo.
Asentí con seriedad cuando terminó.
—Es verdad que no recuerdo nada anterior a ese día —dije mirando al Sultán—, pero eso no significa que sea su hijo. Suena noble y honorable, pero es imposible. Yo solo soy un hombre sencillo que tuvo la suerte de ser acogido por una buena familia. No aspiro a ser príncipe ni a tener un título. Solo quiero mi vida de vuelta.
Solimán me observó en silencio, con esos ojos escrutadores que siempre parecían encontrar la verdad donde otros no veían nada. Pero esta vez, incluso él pareció detenerse ante la firmeza de mi negativa.
—Dices que tienes una prometida que te espera en Venecia —dijo lentamente—. ¿Y cómo es que está aquí, en mi palacio?
Bajé la mirada, con expresión de dolor sincero.
—No esperábamos que ocurriera nada de esto. Fuimos tomados por sorpresa cuando llegaron los barcos. Ella está entre las mujeres que trajeron. Por favor, Sultán —dije, y me arrodillé ante él, con las manos juntas en un gesto de súplica que claramente no era de la corte otomana—, no me quite a Cecilia. Ella es mi prometida. Yo la amo. Si desea mi vida a cambio de su libertad, no me opongo. Solo déjela ir.
El silencio en la sala fue absoluto. Todos se quedaron con la respiración contenida, sorprendidos de que alguien pudiera hablar así al Sultán. Solimán suspiró suavemente.
—Ponte de pie —ordenó con tono más suave—. No te quitaré a nadie. Llévenlo a una habitación, que lo aseen y le den ropas adecuadas. Y traed a la muchacha de la que habla. Que estén juntos.
—Muchas gracias, milord —dije con una reverencia profunda, usando el tratamiento europeo que sabía que no se usaba aquí—. Le agradezco su bondad.
Me retiré escoltado por dos jenízaros, caminando con la postura recta y el porte de un caballero occidental, sin mirar atrás. Solimán me siguió con la mirada hasta que desaparecí por la puerta, luego se volvió hacia Hürrem.
—Definitivamente es Mehmet —dijo con seguridad—. Nadie más habría atrapado esa daga. Nadie más conoce ese movimiento.
Hürrem lo miró con duda.
—No lo sé, Sultán. Se ve tan distinto… Tan cambiado en todo lo demás.
Mis hermanos asintieron.
—Tiene el rostro de Mehmet —dijo Bayaceto—, sus ojos, su cicatriz… Pero su forma de hablar, de moverse, de pensar… no es la misma.
Solimán movió la cabeza lentamente.
—Ha perdido la memoria. Su mente ha construido una nueva identidad para sobrevivir. Se ha convertido en ese joven llamado Mario Miller. Con el tiempo… quizás Mehmet regrese a nosotros.
Y mientras caminaba por los pasillos, sonreí por dentro. Que pensaran lo que quisieran. Mientras todos creyeran que solo era un hombre perdido, encontraría mi camino con mucha más facilidad.