Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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Un desayuno normal
La luz de la mañana entraba oblicua por los ventanales del comedor, dibujando rectángulos dorados sobre el mantel de lino blanco. Ángela observó cómo las motas de polvo danzaban en esos haces de luz mientras el silencio se extendía entre ellos como un tercer comensal. Alexander estaba sentado frente a ella, impecable en su traje gris perla y ella misma llevaba un vestido de seda color marfil que había elegido deliberadamente para la ocasión. El servicio de porcelana, aquel con el monograma de los Ríos en filigrana dorada, parecía observarles con discreta ironía.
Habían intercambiado apenas unas docenas de palabras desde el saludo inicial. Un "buenos días" formal, un "¿dormiste bien?" que ninguno de los dos esperaba respuesta y el suave tintinear de las cucharillas contra las tazas de café. Era extraño, pensó Ángela, cómo doce meses de matrimonio podían reducirse a esto: dos extraños compartiendo huevos revueltos y tostadas, mientras el peso de lo que nunca se dijeron llenaba cada rincón de la habitación. El reloj de pie marcó las ocho y media. Alexander dobló la servilleta con precisión milimétrica y se puso de pie.
-El periódico. -dijo, rompiendo el silencio con una voz que sonó más ronca de lo habitual. -Ya debe haber llegado. -salió del comedor y regresó momentos después con The Globe and Mail bajo el brazo. El ejemplar crujía ligeramente, aún fresco de tinta y Ángela pudo distinguir los titulares de la sección financiera antes de que Alexander lo doblara. Con una cortesía que rayaba en lo ceremonial, extendió el periódico hacia ella.
-Toma. -dijo simplemente. -Ángela arqueó una ceja perfectamente delineada. Sus dedos rozaron los de él al aceptar el ejemplar y el contacto fue tan breve que podría haber sido imaginado.
-¿Y? -preguntó, sin comprender.
-Mira aquí. -Alexander señaló una sección específica con el índice, sin tocarla. -Es un regalo de despedida. -Ángela bajó la mirada. La sección de Escándalos Sociales ocupaba una página completa, y en el centro, enmarcada por columnas de especulaciones y fotografías borrosas de fiestas exclusivas, destacaba una noticia que llevaba su firma invisible por todas partes.
-Así que era esto. -dijo ella y una sonrisa lenta le curvó los labios. -Te aseguras de que no me arrepienta y trate de mantener este matrimonio.
-Exacto. -Alexander se recostó en su silla, cruzando los brazos. -Eso y claro me aseguro de que el mundo sepa que desde hoy soy un hombre libre. -la carcajada de Ángela resonó en el comedor, genuina y cristalina, como no la había oído Alexander en meses. Se llevó una mano al pecho, como si la broma hubiera sido extraordinariamente buena.
-Qué prisa. -dijo, negando con la cabeza. -Cualquiera pensaría que te mueres por formalizar tu relación con Dimitri. -el nombre cayó sobre la mesa como una piedra en agua quieta. Alexander no se movió, pero algo en su mandíbula se tensó. Ángela lo notó. Por supuesto que lo notó. -Te doy un consejo gratis, Alex querido. -continuó burlonamente, empleando el diminutivo, con un tono que pretendía ser ligero pero que llevaba el peso de una advertencia genuina. -Porque fuiste mi marido y porque me caes bien... Aléjate de Dimitri ahora que puedes. Es peligroso para tu salud. En realidad, para la de cualquiera. Es verdaderamente radiactivo y no querrás estar cerca cuando estalle. Créeme. -Alexander abrió la boca para responder, pero Ángela ya estaba hojeando el periódico con dedos ágiles, pasando páginas hasta encontrar lo que buscaba. -Por otra parte... -dijo y su voz adquirió un matiz nuevo, casi travieso. -Yo también te tengo un regalo de despedida. Mira aquí.
Le tendió el periódico abierto. Alexander se inclinó hacia adelante. Lo tomó con cierto temor. El tiempo que llevaba junto a esta mujer le había enseñado que sus contraataques siempre eran rápidos y potencialmente letales. Casi con temor miró donde ella le indicaba y en el momento en que sus ojos captaron el titular, el sorbo de jugo de naranja que acababa de tomarse encontró el camino equivocado.
-¿¡Qué carajos!? -jadeó, tosiendo y golpeándose el pecho mientras el jugo le quemaba la garganta. Sus ojos estaban anegados por las lágrimas involuntarias del atragantamiento, se negaban a creer lo que veían. Cogió el periódico con ambas manos, con una violencia que hizo crujir el papel y devoró la noticia.
SE CONFIRMA IDENTIDAD DEL HIJO ILEGÍTIMO DE LA SEÑORA CHLOE CASAMAYOR
Owen Hale nació en Inglaterra y vivió en un orfanato hasta los nueve años, cuando escapó del sistema. Se desconoce el nombre del padre, pero la prueba de ADN confirma una compatibilidad irrefutable con su madre, la Distinguida señora Chloe Casamayor... La columna continuaba con mil especulaciones más. Todo lo que inventa la prensa sensacionalista para rellenar los huecos de una historia fresca. Encuentros secretos, transacciones financieras sospechosas, la posible reacción de la alta sociedad de Montreal, pero Alexander no veía ninguna de ellas. Sus ojos estaban fijos en la fotografía que acompañaba la noticia. Un rostro sonriente. Cabello oscuro, mandíbula definida, esos ojos color zafiro que Alexander había visto varias veces sin definir del todo lo que significaban todavía para él. Daniel Moreau. O sí había que hacerle caso a la noticia su verdadera identidad era Owen Hale.
-¿Tú sabías esto? Por eso lo contrataste como enfermero de tu madre. -dijo Alexander sintiéndose un completo idiota. Su voz sonó como si viniera de muy lejos. Alzó la vista hacia Ángela, horrorizado. -Tú... sabías esto desde el principio. ¿Eres si acaso humana?
-Sí soy muy mortal y por supuesto que lo sabía. -Ángela se puso de pie con la elegancia de quien ha ensayado el movimiento. -Es mi hermanito precioso. -Alexander parpadeó.
-¿Tú...?
-Ah, por cierto. -añadió ella interrumpiéndolo y consultando un reloj de pulsera que llevaba. -Debe estar por llegar. Me ayudará con la mudanza, si me disculpas. Voy a recibirlo. -se alisó el vestido con las palmas de las manos y por un momento, su expresión se suavizó en algo que casi parecía afecto genuino. -Ha sido un placer, Alexander. Gracias por la cooperación. Has sido un marido entretenido.
Se inclinó hacia él y antes de que Alexander pudiera reaccionar, le plantó un beso en la mejilla con un chasquido teatral. Luego, con paso ligero y seguro, abandonó el comedor. Alexander permaneció sentado, casi catatónico por el impacto, con el periódico arrugado entre las manos y el sabor amargo del jugo de naranja en la boca. Daniel Moreau. Owen Hale la foto. Una misma persona. Una misma identidad. El chico con quien había compartido un almuerzo interesante. El joven que le había estrechado la mano con firmeza calculada y un sutil cosquilleo sensual. El hombre que, según todos, este períodico y los inevitables rumores de la alta sociedad, estaba destinado a ser el próximo escándalo de temporada. El ilegítimo de Chloe Casamayor. Un bastardo. La prueba de una infidelidad probada. Menos mal que su suegro estaba muerto y a su suegra poco le faltaba.
Alexander miraba fijamente la fotografía de un atractivo y sonriente Owen Hale en la columna de escándalos Sociales, bajo un titular que lo declaraba hijo bastardo de una de las mujeres más poderosas de Montreal. El hijo ilegítimo de Chloe Casamayor. Se repetía como disco rayado. El hermano de Ángela su ahora exesposa. El hombre que, muy probablemente, había estado manipulando cada pieza de este tablero desde el principio. Entendió como una revelación divina la seducción planificada. Así que habían tratado de tenderle una trampa. Dios debía amarlo, porque no cayó en ella. Dejó el periódico sobre la mesa. Miró hacia la puerta por donde Ángela había desaparecido. Escuchó, a lo lejos, el sonido de voces en el vestíbulo. Una risa femenina. Una voz masculina, profunda, conocida.
Se sirvió otra copa de jugo de naranja con manos temblorosas y pensó, con una claridad repentina y terrible, que quizás había perdido mucho más que un matrimonio cuando le entregó el periódico a Ángela esa mañana. Quizás acababa de perder la única oportunidad de entender el juego antes de que fuera demasiado tarde. ¿O es que ya era tarde? Volvió a mirar la fotografía de Owen como si quisiera tatuársela en la mirada. Una mezcla extraña empezó a apoderarse de él. Sentía rabia por haber sido burlado. Fascinación, por la maestría con que fue ejecutado cada paso del plan y un amor propio muy maltratado. Llegó Dimitri y con solo mirarlo le espetó.
-Así que ya te enteraste.
-¿Cuándo? -la pregunta hubiera resultado confusa para otra persona, pero Dimitri sabía que Alexander se refería a que cuándo él se había enterado también. Así que respondió.
-Hace un segundo. En la puerta. Llegué en el momento justo en que Ángela y él se encontraban. Ella me detuvo y me lo presentó. Te confieso que me quedé de piedra. Incluso llegué a creer que esto era una especie de juego. Hasta que te he visto la cara. -Alexander no contestó. En cambio le arrojó el periódico a Dimitri.
-Tercera columna. -Dimitri leyó. Un silbido bajo se le escapó.
-Vaya Ángela se ha lucido esta vez. ¿Así que ahora tienes cuñado? Esto será complicado. ¿No me comentaste que el chico muestra interés en ti?
-Todo mentira. -Alexander suspiró. Era difícil admitir que se han burlado de uno. Después continuó. -Era otro plan de Ángela para divorciarse. Atraparme infraganti.
-Pues que bueno que no le funcionó.
-Sí que bueno. -Alexander habló con tanta desgana que Dimitri lo observó y no pudo evitar preguntarle.
-Oye... ¿Estás bien? -Alexander lo miró raro.
-Sí. Perfectamente. Cómo el mayor imbécil del mundo, pero bien. Ah y a propósito un idiota con suerte además y perfectamente divorciado. Ha salido en el periódico y todo. Deberías leerlo. Página de chismes sociales. Por si te interesa. -se levantó de la mesa dejando allí perplejo a Dimitri que ya buscaba frenéticamente en el periódico la noticia, preguntándose ¿qué rayos había sucedido entre las ocho de la noche anterior y las ocho y media de esta mañana? ¿Es que se había saltado un día o qué? ¿Por qué de pronto las cosas habían cambiado tanto y se volvieron tan locas, tan absurdas e incomprensibles? Tomó el jugo de naranja directamente de la jarra esperando encontrar en ese acto algo de sentido.
Alexander había desaparecido hacia algún lugar desconocido de la mansión con una mirada que Dimitri conocía muy bien, porque él la veía todos los días en el espejo cuando se miraba a sí mismo. Era una mezcla entre enfado y determinación. Dejó la jarra vacía sobre la mesa del desayuno más memorable que se vería en mucho tiempo en esa casa y dijo con resignación.
-Perfecto. Averigüemos como sobrevivir después del apocalipsis.
Porque eso había sido para él. El fin del mundo había llegado cuando dormía y ni por enterado hasta despertar. Alexander se había divorciado. Ángela tenía un hermano y se marchaba soltera a su mansión. Se iría a donde su furia no podía alcanzarla. Ahora había que trazar estrategias. Miró el periódico y una palabra pareció resaltar. El apellido Hale. ¿Dónde lo había escuchado?