Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17: Los cinco nombres
El informe del primer encuentro comunitario quedó terminado el lunes por la tarde.
Valentina y Mariana reunieron los comentarios de los visitantes, las opiniones de los comerciantes y las observaciones sobre el acceso a la plaza. La lluvia había cambiado los planes, pero no había cancelado la actividad. De hecho, varios asistentes habían dicho que el encuentro bajo el techo de la panadería les permitió conversar con más calma.
Al día siguiente, Clara llamó a Valentina.
—Queremos hacer una reunión de seguimiento con los comerciantes —le explicó—. Será este sábado por la mañana, en la plaza. Algo breve, para conversar sobre los resultados del piloto y los siguientes pasos.
—Puedo organizarlo.
—¿Crees que asistirán los mismos comerciantes?
—Sí. Ya hablé con ellos.
Valentina anotó el horario y revisó las actividades previstas. Antes de colgar, Clara añadió:
—El señor Devereaux también irá. Quiere escuchar las observaciones en persona.
A Valentina le sorprendió que Maximiliano quisiera asistir. En la primera actividad había llegado cuando todo ya estaba en marcha, pero en esta ocasión parecía interesado en escuchar a los comerciantes desde el inicio.
El sábado, Amalia tenía un compromiso médico y Elvira debía acompañarla. Teresa se ofreció a quedarse con los niños, pero Valentina no quería que se perdiera su cita por ayudarla.
—Vengan conmigo —les dijo a los cinco—. Será una reunión corta y pueden quedarse cerca de la mesa de la asociación.
—¿Podemos ayudar? —preguntó Julieta.
—Pueden repartir los folletos, siempre que no corran entre las mesas.
—Yo puedo encargarme de que Tomás no corra —dijo Samuel.
—No necesito que te encargues de mí —protestó Tomás.
Isabella intervino antes de que comenzara una discusión.
—Podemos quedarnos juntos. Será más fácil.
Valentina sonrió. Después de semanas difíciles, agradecía verlos resolver pequeñas cosas entre ellos.
Cuando llegaron a la plaza, Mariana ya estaba preparando las sillas. Los comerciantes habían instalado una mesa para mostrar algunos productos. Los niños se sentaron cerca de ella con una pila de folletos y la instrucción de entregarlos a quienes los pidieran.
—¿Puedo poner uno aquí? —preguntó Emilia, sosteniendo una hoja.
—Claro —respondió Valentina—. Pero no tapes el nombre del negocio.
Los niños se tomaron el encargo muy en serio. Isabella organizó los folletos por colores. Julieta se quedó junto a la mesa de Esteban, preguntándole por el pan. Tomás y Samuel ayudaron a Darío a acomodar unas herramientas, después de pedir permiso.
—Tu hijo ya quiere aprender a reparar radios —comentó Mariana.
—Ese es Tomás. A Samuel le gusta más observar antes de intentar.
—¿Y Julieta?
—Ella pregunta hasta que entiende todo.
—Se parecen mucho a ustedes dos.
Valentina se quedó mirando a sus hijos. La frase le apretó el corazón, pero esta vez no la derrumbó. Se permitió recordar a Gabriel junto a ellos: enseñándoles a andar en bicicleta, ayudándolos con las tareas y bromeando durante las comidas.
A media mañana, Maximiliano llegó acompañado por Clara. Saludó a los comerciantes y escuchó con atención sus comentarios sobre la actividad. Esta vez no se quedó al margen. Hizo preguntas concretas sobre los horarios, la señalización y las necesidades de cada negocio.
—El acceso peatonal funcionó mejor después de que movieron los carteles —dijo el dueño de la ferretería—. Todavía falta que pongan uno más cerca de la esquina.
—Ya lo revisamos —respondió Maximiliano—. El equipo lo instalará la próxima semana.
El hombre asintió. No era una promesa grandiosa, pero al menos tenía una fecha.
—¿Es el señor Devereaux? —preguntó Julieta en voz baja.
—Sí —respondió Valentina.
—¿El que manda?
—Es el presidente de la empresa.
Julieta miró a su madre.
—Eso quiere decir que manda.
—En su empresa, probablemente.
—¿Y manda sobre ti?
—No. Trabajamos juntos en el proyecto.
—Pero te da órdenes.
—A veces me hace solicitudes de una manera muy directa.
—Eso significa que manda —concluyó Julieta.
Valentina tuvo que contener una sonrisa.
Maximiliano se acercó a la mesa para observar los folletos. Isabella fue la primera en saludarlo.
—Hola.
—Hola —respondió él.
—¿Usted es el jefe de mi mamá?
La pregunta tomó a todos por sorpresa. Mariana bajó la mirada para disimular una sonrisa. Clara fingió revisar sus notas.
Maximiliano se inclinó un poco para hablar con ella.
—Soy el jefe de la empresa que contrató el proyecto. Tu mamá dirige una parte del trabajo.
—Entonces no es su jefe.
—No exactamente.
—Ella dice que nadie manda en ella.
Valentina se acercó.
—Isabella…
—¿Qué? Es verdad.
Maximiliano miró a Valentina, y algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.
—Parece que su hija conoce bien sus principios.
—Los conoce demasiado bien —respondió ella.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él a la niña.
—Isabella. Ella es Emilia. Ellos son Tomás y Samuel. Y Julieta está con el señor del pan.
Maximiliano miró hacia la otra mesa. Julieta conversaba con Esteban y escuchaba con mucha atención.
—Cinco hijos —dijo él, volviéndose hacia Valentina.
—Sí. Isabella y Emilia son gemelas. Tomás, Samuel y Julieta son trillizos.
—Debe de haber mucho ruido en su casa.
—Muchísimo.
—¿Y usted cómo logra trabajar con todo eso?
—Con una agenda, apoyo de mi familia y aprendiendo a hacer una cosa a la vez.
Maximiliano guardó silencio un instante. Sus ojos pasaron de Valentina a los niños. No había lástima en su expresión, pero sí una atención distinta.
—¿Cuántos años tienen? —preguntó.
—Las gemelas tienen diez. Los trillizos, ocho.
—Ya son grandes.
—Lo suficiente para hacer preguntas difíciles.
Como si hubiera escuchado que hablaban de ella, Julieta dejó a Esteban y se acercó.
—¿Usted es Maximiliano?
—Sí.
—Mi mamá dice que es mandón.
Valentina abrió la boca, pero no encontró una respuesta rápida.
Maximiliano la miró con asombro.
—¿Eso dice?
—No con esas palabras —intervino Valentina—. Julieta interpreta las conversaciones a su manera.
—Mi mamá dice que a veces usted le da órdenes —insistió la niña.
—Puede ser —admitió él—. Estoy acostumbrado a dirigir a muchas personas. A veces olvido que no todas necesitan una orden para hacer bien su trabajo.
Valentina se sorprendió. No esperaba que Maximiliano reconociera algo así delante de los niños.
—¿Y va a dejar de hacerlo? —preguntó Julieta.
—Voy a intentarlo.
—Está bien —dijo la niña, como si acabara de aprobarlo.
Tomás se acercó con una herramienta pequeña que Darío le había enseñado a usar.
—¿Usted sabe arreglar cosas?
—Algunas.
—Mi papá arreglaba muchas cosas.
La sonrisa de Maximiliano desapareció. Miró a Valentina, que hizo un gesto casi imperceptible. Él entendió que no debía preguntarle al niño por su padre delante de todos.
—Entonces seguro te enseñó bastante —respondió—. ¿Qué estás aprendiendo hoy?
Tomás le mostró la herramienta y explicó cómo se usaba. Samuel añadió un detalle que había notado. Maximiliano escuchó sin interrumpirlos.
Por unos minutos, dejó de ser el dueño de una gran empresa. Se convirtió en un hombre sentado junto a una mesa, prestando atención a dos niños que le hablaban de herramientas.
Isabella se acercó a su madre.
—¿Tú también tienes hijos? —le preguntó a Maximiliano.
Él tardó un instante antes de responder.
—Sí. Tengo un hijo y una hija.
—¿Son pequeños?
—No. Mi hijo tiene veintidós años y mi hija, veinte.
—¿Viven contigo?
—Viven en España con su madre.
—¿Los ves mucho?
—No tanto como quisiera.
Su respuesta fue breve, pero algo en su rostro cambió. Valentina notó una tristeza que no esperaba encontrar en un hombre que parecía tenerlo todo.
—¿Los extraña? —preguntó Emilia.
Maximiliano miró a los cinco niños.
—Sí. Mucho.
Valentina no añadió nada. Comprendía demasiado bien que algunas ausencias no podían medirse por la distancia. La mirada de Maximiliano se encontró con la suya y, por un momento, los dos compartieron un entendimiento silencioso.
Clara llamó a los comerciantes para comenzar la conversación de seguimiento. Maximiliano volvió al tema del proyecto, pero su tono fue menos seco. Agradeció a cada participante y se comprometió a revisar las solicitudes que aún seguían pendientes.
Mientras los adultos hablaban, Isabella y Emilia repartieron los últimos folletos. Tomás y Samuel ayudaron a guardar las herramientas. Julieta le dio a Esteban las gracias por el pan que le había regalado.
Al terminar la reunión, los niños se acercaron a su madre.
—¿Nos vamos? —preguntó Samuel.
—En unos minutos.
Maximiliano observó el grupo desde unos pasos de distancia. Cuando Valentina fue a despedirse de Clara, él se acercó.
—Sus hijos son muy directos.
—No han aprendido a fingir lo contrario.
—Eso puede ser una virtud.
—También puede ser agotador.
—Me imagino.
Valentina siguió la dirección de su mirada hacia los niños.
—¿Cuándo vio por última vez a los suyos?
—Hace varios meses.
—Debe ser difícil.
—Sí.
No explicó más. Ella no le pidió que lo hiciera.
—Gracias por tratar bien a mis hijos —dijo Valentina.
—No tenía motivo para no hacerlo.
—A veces la gente se incomoda cuando los niños hacen preguntas.
—Yo también hice preguntas incómodas cuando era niño.
—¿Y le respondían?
—No siempre.
Hubo algo en aquella confesión que hizo que Valentina lo mirara con más atención. Detrás de su autoridad y de sus trajes impecables había un hombre que, como ella, conocía el peso de extrañar a su familia.
—Nos vemos el lunes, señora Ferrer —dijo él.
—Nos vemos, señor Devereaux.
Los niños se despidieron también. Isabella le dio la mano. Julieta le recordó que intentara no mandar tanto. Maximiliano aseguró que lo tendría presente.
Cuando se fueron, Mariana se acercó a Valentina.
—Parece que tus hijos ya hicieron su propia evaluación.
—No sé si quiero saber el resultado.
—Julieta lo aprobó con una condición.
Valentina miró hacia atrás. Maximiliano seguía conversando con Clara, pero por un momento volvió la cabeza hacia ellos. No sonrió del todo, aunque su expresión parecía menos severa.
En el camino a casa, los niños hablaron de la reunión. Les había gustado ayudar y querían saber cuándo podrían volver.
—¿El señor Maximiliano era tan mandón como imaginabas? —preguntó Emilia.
—No lo sé —dijo Valentina—. Hoy se comportó bien con ustedes.
—A lo mejor porque mamá estaba mirando —dijo Tomás.
—O a lo mejor porque los estaba escuchando —respondió Samuel.
Valentina guardó silencio. Podía ser cualquiera de las dos cosas.
Esa noche, mientras arropaba a Julieta, la niña le preguntó:
—¿Crees que el señor Maximiliano se siente solo porque sus hijos están lejos?
Valentina acomodó la manta.
—Tal vez.
—¿Como nosotras por papá?
—La soledad puede sentirse de muchas maneras.
Julieta asintió y cerró los ojos.
Valentina permaneció un momento junto a la cama. En la sala, el informe del proyecto la esperaba sobre la mesa, junto a una fotografía de Gabriel. La vida seguía acercándole personas que también cargaban ausencias, aunque intentaran ocultarlas tras otras cosas.
Maximiliano tenía dos hijos al otro lado del océano.
Ella tenía cinco niños que todavía aprendían a vivir sin su padre.