México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 5 — Una carta y demasiadas incomodidades
A muchos kilómetros del campamento, la hacienda de los De la Vega no había vuelto a ser la misma desde la desaparición de Amalia.
Las puertas permanecían vigiladas día y noche.
Los trabajadores hablaban en voz baja.
Los caballos entraban y salían constantemente llevando hombres enviados por don Esteban a pueblos, caminos y propiedades vecinas en busca de cualquier noticia.
Pero aquella mañana el hacendado no estaba organizando otra partida.
Estaba sentado frente a su escritorio.
Y escribía una carta.
La pluma raspaba el papel con movimientos rápidos y tensos.
Doña Elena permanecía junto a la ventana.
Había dormido poco.
—No me gusta —dijo finalmente.
Don Esteban no levantó la cabeza.
—No tenemos otra opción.
—Siempre hay otra opción.
—Llevamos días buscándola.
—Y seguiremos buscándola.
—¿Hasta cuándo?
Doña Elena se volvió.
—Hasta encontrar a nuestra hija.
Don Esteban dejó la pluma.
Su rostro parecía haber envejecido varios años en apenas unos días.
—¿Crees que no quiero encontrarla?
—Entonces no lo involucres.
La mirada de don Esteban se endureció.
—Ya está involucrado.
Aquellas palabras dejaron un silencio pesado en el despacho.
Doña Elena apretó los dedos contra su falda.
—Precisamente ése es el problema.
Su marido volvió a escribir.
La carta no era extensa.
No necesitaba serlo.
> Señor:
La situación que temíamos finalmente se ha producido. Amalia ha sido tomada y quienes la retienen conocen perfectamente su identidad.
Considero innecesario recordarle las circunstancias que nos han conducido hasta este punto. Lo urgente ahora es recuperar a mi hija antes de que las consecuencias sean irreparables.
Necesito que venga a Coahuila inmediatamente. No envíe intermediarios.
Esteban de la Vega.
Don Esteban dejó la pluma.
Doña Elena había leído cada palabra desde donde estaba.
—«Las circunstancias que nos han conducido hasta este punto» —repitió—. Bonita manera de decirlo.
—Elena.
—¿Estoy equivocada?
Don Esteban dobló la carta.
—No voy a discutir esto ahora.
—¿Cuándo, entonces? ¿Cuando Amalia regrese y tengamos que explicarle que todo comenzó por un hombre al que ni siquiera conoce?
—Baja la voz.
—¿Para qué? Ella no está aquí.
La última frase quebró algo en el ambiente.
Don Esteban cerró los ojos.
Doña Elena también pareció arrepentirse.
Durante unos segundos ninguno habló.
Finalmente ella se acercó al escritorio.
—Nuestra hija jamás lo ha visto.
—Lo sé.
—Ni una sola vez.
—Lo sé, Elena.
—Y aun así todos parecen haber decidido cosas sobre su vida sin preguntarle.
Don Esteban levantó la mirada.
—El compromiso todavía no se ha formalizado.
—Pero existe.
—Existe un acuerdo.
—Para Amalia será lo mismo.
Don Esteban tomó el sobre.
—Si ese acuerdo es parte de la razón por la que esos hombres se llevaron a nuestra hija, entonces él tiene la obligación de ayudar a traerla de vuelta.
—¿Y después?
Don Esteban no respondió.
Doña Elena lo entendió.
—Esteban…
—Primero recuperaremos a Amalia.
—¿Y después se la entregarás a otro hombre?
—¡No estoy entregando a nadie!
—Entonces empieza a pensar cómo vas a explicárselo.
Don Esteban selló el sobre con más fuerza de la necesaria.
—Cuando regrese, hablaremos con ella.
Doña Elena soltó una risa triste.
—Conociendo a nuestra hija, te recomiendo hacerlo lejos de cualquier objeto que pueda lanzarte a la cabeza.
A pesar de todo, don Esteban casi sonrió.
—A mí me preocupa más lo que hará cuando descubra que existe un prometido.
—A mí me preocupa lo que hará cuando descubra quién es.
La sonrisa desapareció.
Don Esteban se puso de pie.
Abrió la puerta.
—¡Tomás!
Un hombre apareció en el corredor.
—¿Patrón?
Don Esteban le entregó la carta.
—Necesito que esto llegue a sus manos lo antes posible.
—Sí, señor.
—No se la entregues a un criado. Ni a un administrador. A él.
Tomás guardó el sobre.
—Entendido.
—Cambia de caballo si es necesario.
El hombre asintió y se marchó.
Doña Elena observó la puerta cerrarse.
—Espero que sepas lo que haces.
Don Esteban miró hacia la ventana.
Más allá se extendían las tierras de su familia.
En algún punto mucho más lejano estaba su hija.
Y en otra dirección viajaba ahora una carta hacia un hombre que Amalia de la Vega todavía no conocía.
Un hombre al que, sin saberlo, estaba prometida.
Y cuya existencia estaba relacionada directamente con el motivo por el que aquella mañana no despertaba en su propia cama.
Amalia despertó convencida de que alguien había intentado asesinarla durante la noche.
Abrió los ojos lentamente.
Le dolía la espalda.
Le dolían los hombros.
Le dolía el cuello.
Le dolían partes del cuerpo cuya existencia jamás había considerado importante hasta ese momento.
Permaneció tendida sobre la manta.
—Estoy muriendo.
—No parece.
Amalia abrió los ojos de golpe.
Mariel estaba agachada en la entrada del pequeño refugio, sosteniendo una taza.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí?
—Lo suficiente.
—Eso es inquietante.
—Buenos días para ti también.
Amalia intentó incorporarse.
Se arrepintió inmediatamente.
—¡Ay!
Mariel sonrió.
—Primera noche en el suelo.
—No vuelvo a dormir aquí.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Dónde vas a dormir?
Amalia miró alrededor.
—Todavía no lo sé.
—Entonces quizá convenga no despreciar tan rápido el único lugar que tienes.
Amalia tomó aire.
—En mi casa tengo un colchón.
—Felicidades.
—De plumas.
—Maravilloso.
—Y cuatro almohadas.
—¿Cuatro?
—Dos para dormir y dos porque se ven bonitas.
Mariel la observó durante un segundo.
—Eso es lo más absurdo que he oído esta semana.
—No es absurdo. Es decoración.
—Son almohadas que no usas.
—¡Precisamente por eso permanecen bonitas!
Mariel comenzó a reír.
Amalia se levantó con toda la dignidad que pudo reunir.
—Además, aquí hace frío.
—Estamos en el norte.
—Eso no significa que deba dormir congelada.
—Te di dos mantas.
—Una tenía un agujero.
—Pequeño.
—Cabía mi dedo.
—Entonces no metas el dedo.
Amalia la miró escandalizada.
Mariel le extendió la taza.
—Toma.
—¿Qué es?
—Café.
Amalia olió.
—¿Con leche?
—No.
—¿Azúcar?
—Tampoco.
La expresión de Amalia fue de auténtica tragedia.
—¿Entonces para qué sirve?
Mariel soltó una carcajada.
—Para despertar.
—Yo ya estoy despierta.
—Lamentablemente para todos.
Amalia bebió un poco.
Su rostro cambió.
—Está amargo.
—Es café.
—En mi casa no sabe así.
—En tu casa probablemente le ponen suficiente azúcar para convertirlo en postre.
Amalia tomó otro sorbo.
—Eso no tiene nada de malo.
Salieron.
El campamento ya estaba despierto.
Hombres ensillaban caballos. Algunas mujeres preparaban alimentos. Cerca de una fogata, dos muchachos limpiaban armas mientras discutían.
Amalia caminó con Mariel.
Entonces recordó la noche anterior.
Y recordó demasiado.
Miró a Mariel.
Inmediatamente volvió la mirada hacia adelante.
Mariel lo notó.
—¿Qué?
—Nada.
—Me miraste raro.
—No.
—Sí.
—Sólo estaba…
Amalia volvió a mirarla.
La imagen de la noche anterior apareció en su cabeza.
Sus mejillas se encendieron.
—¿Por qué estás roja?
—¡No estoy roja!
Mariel frunció el ceño.
—¿Tienes fiebre?
Intentó tocarle la frente.
Amalia retrocedió.
—¡Estoy perfectamente!
—Bueno.
Mariel la observó extrañada.
—Qué mujer tan rara.
Amalia casi se atragantó con el café.
—¿Yo?
—Sí.
—No soy yo quien…
Se detuvo.
Mariel esperó.
—¿Quien qué?
—Nada.
—Amalia.
—He dicho que nada.
Una voz masculina llegó desde una mesa cercana.
—Déjala, Mariel.
Amalia se quedó inmóvil.
Sombra.
Estaba sentado revisando un mapa junto a otros dos hombres.
Vestía nuevamente de negro. El cabello oscuro asomaba bajo el sombrero y el arete negro en forma de cruz se distinguía cuando giró la cabeza.
Sus ojos ámbar encontraron los de Amalia.
Y ella supo inmediatamente que recordaba.
Sombra levantó su taza.
—Buenos días.
Amalia entrecerró los ojos.
—Buenos días.
—¿Durmió bien?
Había algo en su tono.
Algo pequeño.
Una insinuación de diversión.
Amalia lo señaló.
—No empiece.
Mariel miró de uno a otro.
—¿Empezar qué?
—Nada —respondieron ambos.
Mariel frunció el ceño.
—Ahora sí quiero saber.
—No quieres —dijo Sombra.
Amalia bebió café.
—Definitivamente no quiere.
—¿Qué hicieron ustedes dos anoche?
Amalia tosió violentamente.
Sombra permaneció impasible.
—Nada.
—¡Nada! —repitió Amalia demasiado rápido.
Mariel abrió lentamente los ojos.
—Ah.
—¡No haga esa cara!
—¿Cuál cara?
—¡Ésa!
—No estoy haciendo nada.
Sombra bajó la mirada al mapa para ocultar una sonrisa.
Amalia lo vio.
—¡Y usted deje de reírse!
—No me estoy riendo.
—¡Sí se está riendo!
—¿Qué está pasando?
La voz de Rafael apareció detrás de ellos.
Amalia se congeló.
No.
Por favor, no.
Rafael llegó bostezando, con el cabello castaño todavía desordenado y la camisa sin terminar de acomodar.
Mariel lo miró.
—La señorita parece tener un secreto con Sombra.
Rafael miró inmediatamente a Amalia.
Después a Sombra.
—¿Qué secreto?
—Ninguno —respondió Amalia.
Sombra continuó estudiando el mapa.
Rafael entrecerró los ojos.
—Ahora quiero saber.
—Pues muérase con la curiosidad.
—Definitivamente durmió mal.
Aquello le recordó su sufrimiento.
—¡Claro que dormí mal!
Amalia dejó la taza sobre la mesa.
—Ese suelo es una atrocidad. Había piedras debajo de la manta. Escuché caballos toda la noche. Alguien roncaba.
Rafael levantó una mano.
—Ese fue Jacinto.
Desde otra fogata un hombre gritó:
—¡Yo no ronco!
—¡Roncas como oso herido! —respondió Rafael.
—¡Vete al demonio, Santos!
Amalia continuó:
—Había insectos.
—Estamos al aire libre —dijo Mariel.
—Uno caminó sobre mi brazo.
Rafael abrió los ojos teatralmente.
—¿Sobre su brazo?
—Sí.
—¿Y sobrevivió?
Amalia lo miró.
—Yo sí.
—Hablaba del insecto.
Mariel soltó una carcajada.
Amalia agarró una pequeña pieza de pan de la mesa y se la lanzó.
Rafael la atrapó.
—Gracias.
Y se la comió.
—¡Era para golpearlo!
—Pues estaba bueno.
Amalia miró a Sombra buscando, por alguna razón incomprensible, algo de apoyo.
Él la observaba tranquilamente.
—¿Y usted qué mira?
—Estoy intentando comprender cómo sobrevivió una noche tan terrible.
—Fue terrible.
—Lo imagino.
—Además, tengo el cabello hecho un desastre.
Rafael la miró.
—Ahí sí estamos ante una tragedia.
—¡Nadie le preguntó!
Mariel empujó a Rafael con el hombro.
—Déjala.
Él aprovechó inmediatamente para rodearla por la cintura y pegarla contra su costado.
—Yo no estoy haciendo nada.
—Nunca estás haciendo nada.
Rafael le dio un beso en la sien.
Mariel intentó mantener el gesto serio.
No pudo.
Amalia observó la escena.
Esta vez no con el asombro escandalizado del día anterior.
Más bien con curiosidad.
Rafael podía estar riéndose de ella un instante y al siguiente abrazar a Mariel como si hacerlo delante de veinte personas fuera lo más natural del mundo.
Mariel tampoco parecía sentirse obligada a mantener distancia.
Le quitó el sombrero a Rafael.
Se lo puso ella.
—Ahora es mío.
—Devuélvelo.
—No.
—Mariel.
—Rafael.
Amalia sonrió.
Sombra la vio.
—Le gusta observarlos.
Amalia se volvió.
—¿Qué?
—A ellos.
—No los observo.
Sombra levantó una ceja.
Amalia bajó la voz.
—Bueno… quizá.
Miró nuevamente a la pareja.
—Son distintos.
—¿A quién?
—A los matrimonios que conozco.
Sombra dobló lentamente el mapa.
—Ellos no están casados.
Amalia giró tan rápido que casi derramó el café.
—¿Qué?
Rafael cerró los ojos.
Mariel dejó de jugar con el sombrero.
Sombra pareció comprender demasiado tarde lo que acababa de provocar.
—¿No están casados? —repitió Amalia.
Mariel cruzó los brazos.
—No.
Amalia miró a Rafael.
Después a Mariel.
Después otra vez a Rafael.
La escena de la noche anterior regresó violentamente a su cabeza.
Se puso roja hasta las orejas.
Sombra bajó la mirada.
Rafael frunció el ceño.
—¿Por qué se puso roja?
—¡Por nada!
Mariel la estudió.
—Otra vez.
—¡Hace calor!
Rafael miró alrededor.
La mañana era bastante fresca.
—¿Calor?
Sombra se puso de pie.
—Tenemos asuntos que atender.
Amalia lo miró.
El cobarde estaba huyendo.
—¿Adónde va?
—A trabajar.
—¡Sombra!
Él pasó junto a ella.
Se inclinó apenas lo suficiente para que sólo Amalia pudiera escucharlo.
—Procure no mirar detrás de ninguna lona hoy.
Los ojos azules de Amalia se abrieron enormemente.
—¡Usted…!
Sombra ya se alejaba.
—¿Qué te dijo? —preguntó Mariel.
—¡Nada!
Rafael la miró con sospecha.
Amalia agarró nuevamente su taza.
—¿No tienen algo que hacer ustedes dos?
—Sí —respondió Rafael—. Averiguar qué demonios está pasando.
—Pues buena suerte.
Amalia se alejó.
Por primera vez desde su llegada, las risas del campamento no le resultaron completamente ajenas.
Pero mientras todos comenzaban aquella mañana sin saberlo, un jinete avanzaba a toda velocidad lejos de la hacienda de los De la Vega llevando una carta sellada.
Una carta dirigida al hombre que Amalia todavía no conocía.
El hombre que su padre pretendía convertir en su esposo.
Y el hombre cuya participación en ciertos asuntos había puesto en movimiento los acontecimientos que terminaron llevándola directamente hasta Sombra.
Amalia todavía se quejaba del suelo, del café, del vestido y de los insectos.
Todavía planeaba escapar.
Todavía ignoraba casi todo sobre sus captores.
Pero el peligro que había comenzado aquella historia no estaba únicamente dentro de aquel campamento.
Una parte mucho más importante acababa de recibir noticias de que Amalia de la Vega había sido secuestrada.