El día de su compromiso, Giselda lo pierde todo: su novio la deja por su amor de juventud y su familia adoptiva, que solo la ha usado como fuente de dinero, la golpea y la echa de casa. Con una maleta vieja y la mejilla hinchada, sube llorando a un auto que no es el suyo, sin saber que el hombre callado del asiento de al lado va a cambiarle la vida.
Oziel Bittencourt es, para toda la ciudad, el hijo desechado que salió de la cárcel sin un centavo. Lo que nadie sospecha es que su familia lo encerró con pruebas falsas y que, desde las sombras, él sigue siendo el verdadero dueño del imperio Bittencourt. Para callar a su madrastra y calmar a su abuela, necesita una esposa de papel; y Giselda, arquitecta sin dinero ni adónde ir, necesita desaparecer de su propia familia.
Un contrato, tres reglas y un matrimonio que nadie debía creerse. Pero entre mentiras piadosas, secretos de pasado y enemigos que acechan en cada esquina, lo que empezó como un trato empieza a sentirse demasiado real.
¿Hasta cuándo se puede fingir un amor que ya late de verdad? ¿Y qué pasará cuando ella descubra quién es en realidad el exconvicto con el que se casó?
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Capítulo 23
POV de Giselda
Estábamos en la cocina, Oziel robándome pedazos de la cebolla que yo picaba, cuando sonó el celular. Número desconocido. Contesté en altavoz sin pensar.
—¡Giselda! —La voz de Wesley, jadeante, aterrada—. Me agarraron, hermana. Me tienen sujeto. Si no traes cinco mil hoy, ellos… —se oyó un ruido de metal, como una navaja raspando, y la llamada se cortó.
Oziel dejó de masticar.
—¿Quieres que lo resuelva yo? —preguntó, bajo.
—No. A este lo conozco. —Tomé el trapo y me sequé las manos—. Crecí con ese truco. Ya vi a Wesley fingir dolor de estómago para faltar a la escuela, ya vi a Marlene fingir un desmayo para hacerme desistir de irme de casa. El llanto y el ruido de navaja son el repertorio de la casa. Déjame ocuparme yo primero.
—Está bien. —Se recargó en el fregadero, con los brazos cruzados—. Pero si es de verdad, me pasas la pelota de inmediato.
—Si fuera de verdad, Wesley no habría colgado antes de decir dónde está.
Respiré hondo y llamé a casa de los Prado.
—Marlene. ¿Qué es esa historia del secuestro de Wesley?
Marlene se echó a llorar al otro lado.
—¡Es verdad, hija! ¡Esta vez va en serio! Pidió dinero a un usurero, un tal Cabeza, y ahora quieren cortarle la mano si no paga. ¡Eres su hermana, tienes que ayudar!
—Si fuera en serio, usted estaría en la comisaría, no llamándome para pedir dinero. —Lo dije tranquila—. Pásele el teléfono a Wesley. Ahora.
Un segundo de silencio revelador.
—Él… él no puede hablar ahora, lo tienen.
—No soy su hermana. Y Wesley pidió prestado solo, para apostar.
—¡Después de todo lo que hicimos! —La voz cambió, el llanto se volvió hiel en un instante—. Te volviste una malagradecida, te casaste con un rico y te olvidaste de dónde vienes. ¡Debí haberte dejado pudrirte en ese orfanato!
Apreté el teléfono con fuerza. La cocina quedó muy callada.
—Usted acaba de decir lo más sincero en veinticinco años. —Mi voz salió firme, pero por dentro temblaba—. Gracias. Ahora sé lo que siempre pensó. No voy a mandar nada. Nunca más. Y no me vuelva a llamar a este número, ni a otro.
Colgué. Y entonces la rabia se volvió otra cosa, y empecé a llorar sin poder parar, de pie en medio de la cocina, con el cuchillo todavía en la mano. No era por Wesley. Era por la niña que fui, la que oyó toda la vida que era un sobrante, un resto, y que acababa de ver eso confirmado en voz alta.
Oziel me quitó el cuchillo con cuidado y me abrazó, fuerte, con el mentón sobre mi cabeza.
—Nunca más dejo que nadie te lastime así. ¿Me oyes? Nunca más.
—No paran, Oziel. Nunca paran. Cambio de número, lo encuentran. Cambio de ciudad, aparecen.
—Van a parar. —Su voz fue baja y dura—. Confía en mí por una vez. Van a parar.
Me sentó, preparó un té, le puso azúcar aunque a mí no me gusta el té dulce, y luego salió a la terraza con el celular. Habló bajo, de espaldas, una llamada corta que no alcancé a escuchar. Solo capté el nombre «Jonas» y un tono que nunca le había oído, seco, de quien da órdenes y sabe que se van a cumplir.
Cuando volvió, era otra vez el Oziel de siempre. Se sentó a mi lado y puso algo sobre la mesa. Una navaja pequeña, de mango negro.
—Toma. Anda con esto en el bolso.
—¿Para qué? —La tomé, extrañada por el peso—. ¿Crees que Wesley me haría daño?
—Wesley no. Los del usurero al que le debe, quizá. —Cerró mi mano en torno al mango—. Mientras tu hermano ande con esa gente, quiero que tengas algo en la mano. Probablemente nunca lo uses. Pero duermo mejor sabiendo que lo tienes.
—¿Tú sabes abrirla rápido?
—Sí. Déjame enseñarte. —Tomó la navaja y la abrió con un solo clic, el pulgar firme—. Así. Sin pensar. Si un día la necesitas, no vas a tener tiempo de pensar. La mano tiene que saber sola. Inténtalo.
Lo intenté. Se trabó las primeras veces, y luego salió.
—Eso. Otra vez, hasta que sea automático. —Me miró serio—. Y, Giselda: úsala solo para huir. Corta lo que haya que cortar para correr, y corre. No te quedes a pelear. ¿Lo prometes?
—Lo prometo. —Guardé la navaja en el bolso—. Has visto cosas feas en la vida. Se nota.
—Sí. —Fue todo lo que dijo.
Tomé la navaja y la guardé en el bolso, sin imaginar, en ese momento, cuánto iba a importar después.
—Oziel —dije, con la mano todavía en el bolso—. No eres solo programador, ¿verdad?
Se detuvo un segundo. Solo uno.
—¿Por qué lo dices?
—Un programador no tiene un abogado de guardia para resolver la familia de su esposa. No sabe el nombre de un usurero de barrio. No consigue una navaja en una tarde ni habla como tú hablaste por teléfono hace un rato. —Lo miré—. Pero está bien. Me dijiste en Trancoso que me ibas a contar cuando se pudiera. Espero. Solo no me trates como tonta.
Me atrajo a un abrazo, y sentí que tardaba a propósito, con el rostro en mi cabello, para que yo no le viera la cara.
—Eres demasiado lista para tu propia tranquilidad —murmuró—. Nunca te traté como tonta, y no voy a empezar ahora. Espera un poco más. Cuando te cuente, será todo de una vez, y va a tener sentido. Lo prometo.
Le creí, porque quise. Pero anoté esa también en la cuenta de las cosas que no cuadraban. Y la cuenta ya se estaba volviendo larga.