24 culpables. 12 juegos. Una sola salida.
La noche de Halloween, una reunión de padres e hijos del prestigioso Instituto Saint Charles se convierte en una pesadilla.
Veinticuatro personas son arrastradas a una dimensión gobernada por el misterioso Sistema de la Redención y la Justicia: seis alumnos, tres autoridades del instituto y quince padres y patrocinadores.
Todos están relacionados con un secreto que terminó en muerte.
Ahora deberán superar doce juegos. Quien falle, muere. Y después de cada prueba, el Sistema revelará una nueva pieza de la historia de la víctima que todos ayudaron a destruir.
Entre ellos está Lucas, el número 24, quien aparentemente no debería estar allí. Él solo entró para devolver un pendiente.
Pero nada ocurre por casualidad.
Porque en los Juegos de la Cripta, todos son culpables.
Y cuando llegue el último juego, descubrirán que la verdadera pregunta nunca fue quién sobrevivirá...
sino quién estuvo jugando desde el principio.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA ÚLTIMA PIEZA
El candelabro de cristal importado iluminaba el salón principal del Instituto Saint Charles con un resplandor dorado e impoluto. Era la noche del 31 de octubre, y la bruma helada del otoño apenas lograba arañar los amplios ventanales de arco. Dentro, el aire olía a perfumes franceses, canapés de langosta y al aroma inconfundible del poder.
Las familias más adineradas de la ciudad se habían reunido para la gala anual de patrocinadores. Hombres en trajes a la medida intercambiaban sonrisas calculadas con una copa de champán en la mano, mientras sus esposas exhibían vestidos de alta costura e hileras de diamantes. En el centro de la atención, los estudiantes estrella del instituto encarnaban la perfección juvenil: la capitana de porristas, el capitán del equipo de fútbol y el impecable delegado de la clase.
—El prestigio de Saint Charles no solo se mantiene, Senador; se multiplica —decía el Director Arthur Sterling, ajustándose la solapa del saco con una sonrisa servil mientras se inclinaba hacia el Senador Richard Vance.
—La excelencia requiere protección, Sterling —respondió el Senador Vance, dando un sorbo a su copa—. Y mi familia siempre protege lo que es suyo.
A pocos metros, María Vance, la reina social del instituto, reía animadamente con Chloe Thorne. Cerca de ellas, Chad Miller, el robusto capitán de fútbol, chocaba los puños con Tyler Evans. En un rincón, Mason Reed, el correcto delegado de la clase, vestía su traje escolar impoluto y llevaba las mangas cuidadosamente abotonadas hasta las muñecas. Mason sostenía con amabilidad la copa de su madre mientras escuchaba con atención respetuosa las anécdotas del Juez Thomas Reed. Mason sonreía de forma educada, luciendo como el hijo perfecto y un alumno sumiso, desprovisto de cualquier sospecha o doble intencionalidad.
De pronto, un grito agudo cortó la música de fondo.
—¡No puede ser! —chilló María Vance, tocándose el lóbulo de la oreja derecha con frenesí—. ¡Mi pendiente de diamantes! ¡Falta mi pendiente!
—Cálmate, María, debe estar en alguna parte —dijo su madre, Victoria Vance, frunciendo el ceño con disimulo.
—¡Era una joya familiar, mamá! —protestó la chica, buscando desesperada con la mirada en la alfombra—. Lo tenía puesto cuando pasé por la zona de los vestidores. ¡Alguien tuvo que haberlo visto!
—Iré a revisar de inmediato, Señorita Vance —se apresuró a decir Mason Reed con voz servil y preocupada, ofreciéndose como el estudiante responsable y servicial que siempre aparentaba ser—. Quizá cayó cerca del pasillo central.
—Acompaña al delegado, Gómez —ordenó el Director Sterling al auxiliar del colegio, que asintió sumiso.
Mientras Mason y el auxiliar salían hacia el pasillo desierto para buscar la joya, las pesadas puertas de roble del auditorio se abrieron de par en par.
Un joven entró a paso presuroso, respirando con dificultad. Llevaba la chaqueta deportiva del equipo de natación del colegio y sostenía algo pequeño y brillante entre sus dedos. Era Lucas Fontaine.
—Disculpen la interrupción... —dijo Lucas, con gesto tímido y la mirada baja, pareciendo visiblemente incómodo por irrumpir en una reunión de adultos tan importantes—. Sra. Vance, María... encontré esto tirado junto a la entrada de los vestidores. Creo que se le cayó.
Lucas extendió la mano, mostrando el reluciente pendiente de diamantes. María dejó escapar un suspiro de alivio y se acercó a toda prisa para quitárselo de los dedos con frialdad y desprecio, sin darle ni un "gracias".
—Menos mal que lo encontraste, chico —murmuró el Senador Vance, apenas dedicándole una mirada de compromiso—. Ya puedes retirarte.
—Sí, señor. Solo quería devolverlo. Ya me iba... —respondió Lucas, dedicando una sonrisa amable pero avergonzada antes de dar media vuelta para marchar a su casa.
Nadie en la sala imagino que la presencia de Lucas no era una coincidencia noble, sino la pieza final que cerraba la trampa.
Justo cuando Lucas puso la mano en el picaporte para salir, las luces de todo el instituto chisporrotearon y se apagaron de golpe, sumiendo el gran salón en una oscuridad absoluta.
Las pesadas puertas de roble se sellaron con un estruendo metálico que hizo temblar los cimientos del edificio. Un segundo después, los altavoces escupieron una risa sádica, metálica y distorsionada que heló la sangre de los veinticuatro presentes:
—¡Excelente! El número veinticuatro ha entrado... Que comience la función.