Dos príncipes gemelos unidos por el trono, pero separados por sus propias sombras. Entre secretos de palacio, guerras inminentes y mujeres invencibles que se niegan a ser dominadas, el amor se convertirá en su mayor fortaleza... o en su ruina. Una historia de lealtad, pasión y un destino escrito con sangre que ni el tiempo podrá borrar. Traiciones de corte, pasiones prohibidas y un imperio que renace del caos. Sigue la historia de dos hermanos y las mujeres que conquistaron sus corazones, sin imaginar que la profecía que los unió dejaría una huella imborrable que trascenderá a través de los siglos.
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Capítulo 13: El orgullo del Rey
El Rey
El peso de la corona de hierro en mi frente jamás se sintió tan denso como esta mañana.
Desde el gran ventanal de mis aposentos observaba los jardines del palacio real. Abajo, los nobles revoloteaban como moscas sobre un cadáver, esparciendo los rumores que mi propia estrategia había sembrado.
Todo el imperio celebraba que, tras diez días al borde de la muerte y la sangrienta ejecución del marqués de Vane, el monarca finalmente mostraba una debilidad humana: su desmedida devoción por Lyra.
—Majestad —la voz del Primer Ministro irrumpió en la penumbra de la sala, acompañada por una profunda reverencia—. La corte está complacida de veros restablecido. Sin embargo, los ancianos del Consejo exigen una audiencia urgente. Ahora que habéis nombrado oficialmente a la dama Lyra como vuestra favorita... la dinastía exige un heredero. El pueblo necesita la certeza de una línea de sucesión.
Un rictus de asco se me dibujó en los labios.
Un heredero.
La sola palabra me producía una náusea profunda y amarga. Aborrecía la idea de engendrar una criatura. Yo era el producto de la crueldad, el hijo de un rey tirano que me había encerrado en las mazmorras y me había enseñado que la sangre familiar no es más que el primer veneno que debes temer. La idea de traer al mundo a un ser indefenso para arrojarlo a las fauces de esta corte de buitres me resultaba despreciable. Ningún hijo mío llevaría esta corona podrida.
—Lyra recibirá el título formal de Dama Favorecida antes del anochecer —dije con voz glacial, cortando al ministro sin mirarlo—. Eso calmará la ansiedad de la chusma y mantendrá ocupado al Consejo. En cuanto a la sucesión... mi cama no es asunto de la nobleza. Retírate.
El ministro se inclinó, aterrorizado por la frialdad de mi mirada, y abandonó el salón.
Tal como lo había planeado, la proclamación oficial desató una tormenta de veneno en los pasillos. El Consejo comenzó a enviar espías y regalos a los aposentos de Lyra, buscando la manera de fracturar el harén y distanciar a las concubinas. Creían que las mujeres se destruirían entre sí por celos. Qué poco conocían la verdadera fuerza de mi palacio.
Al mediodía, durante el paseo por las galerías reales, los susurros cambiaron de objetivo. Si la exbailarina era la favorita del rey, las miradas de desprecio debían dirigirse a la cumbre.
Amira, la Reina Consorte, caminaba a mi lado con una elegancia impecable. A pesar de llevar el manto imperial, las damas de honor de los clanes nobles no dudaban en murmurar a su paso con una insolencia calculada: «Una reina sin el favor de su soberano es solo un adorno de oro», «Inútil para darle un heredero al imperio», «Pronto la bailarina ocupará su lugar».
Escuché cada palabra. Sentí la tentación por un segundo de mandar a decapitar a las víboras que se atrevían a faltarle al respeto a la reina. Pero no moví un solo dedo. No era necesario.
Amira no era una flor delicada que necesitara el escudo de mi espada.
En mitad del pasillo, Amira se detuvo frente a la esposa del Conde de Valia, la mujer que acababa de murmurar la calumnia más alta. Con una serenidad aterradora, Amira no alzó la voz ni perdió la compostura de soberana.
—Condesa —dijo Amira, su voz resonando en la galería como el filo de una guillotina—. Escuché que vuestro clan ha tenido dificultades para pagar los diezmos de la cosecha de este otoño a la tesorería real. Sería una lástima que la guardia imperial tuviera que embargar sus tierras mañana por la mañana para compensar la falta de... lealtad.
La condesa palideció al instante, cayendo de rodillas al suelo entre balbuceos de disculpa. Amira ni siquiera se molestó en mirarla dos veces; ajustó los pliegues de su vestido bordado en seda y continuó caminando a mi lado con la cabeza en alto, destrozando la autoridad del clan Valia en cuestión de segundos sin despeinarse.
Un destello de orgullo genuino me cruzó el pecho al verla actuar.
A mi derecha, Alessia permanecía atenta a cada sombra, con la mano firme en el pomo de su espada, lista para masacrar a cualquiera que diera un paso en falso.
En sus aposentos, Lyra recibía las cartas de soborno de los nobles, jugando el papel de la concubina codiciosa con una maestría teatral impecable. Y Daría... Daría trabajaba en silencio en la biblioteca real, revisando los libros contables para arrebatarle hasta la última moneda a las familias que habían financiado la emboscada en el Sur.
Ninguna de ellas era un adorno. Ninguna era una víctima.
La corte entera creía que yo las gobernaba, que competían por las migajas de mi afecto o que Lyra había logrado amansar al león. No tenían idea de que estas cuatro mujeres eran las arquitectas de mi trono. Ellas no necesitaban que yo las salvara; éramos una alianza implacable tejida en la penumbra.
—Lo hiciste bien, Amira —murmuré a su lado mientras avanzábamos hacia el Gran Consejo.
—Jamás he necesitado vuestra lástima, majestad —respondió la reina con una leve sonrisa de complicidad—. Dejad que crean que soy una reina olvidada. Es más fácil decapitar a un enemigo cuando este cree que no tienes poder.
Sonreí de medio lado. Dejad que los nobles jueguen a la política. Mientras ellos buscaban la manera de controlar a mi 'favorita', nos reíamos en sus caras, preparando el terreno para la siguiente ejecución.
lo siento, me quedo con el rey y el príncipe 😅😅
yo creo que el rey ama a la reina, y que ella es su amada. por eso la reina sueña con ese enmascarado