⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.
Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.
Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.
Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.
Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.
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Propiedad absoluta
La enfermera salió de la habitación con una ligereza irritante, cerrando la puerta a sus espaldas y dejándonos sumidos en un silencio tan denso que parecía sólido. Las palabras de la mujer seguían flotando en el aire, rebotando contra las paredes blancas como un eco imposible de borrar. Dos meses. El tiempo exacto desde aquel crucero, desde el punto de no retorno en el que habíamos decidido cruzar todas nuestras propias líneas rojas.
Desvié la vista hacia Liam. Seguía sentado en el borde de la camilla, inmóvil, con los nudillos blancos de tanto apretar el colchón. No había dicho una sola palabra desde la revelación. Su rostro, por lo general tan expresivo en su arrogancia o en su ira, se había convertido en una máscara de piedra. Pero lo verdaderamente aterrador no era su silencio; era la forma en que sus ojos oscuros, fijos en los míos, comenzaron a cambiar.
Una corriente de electricidad oscura, fría y absoluta pareció recorrer su cuerpo. En cuestión de segundos, la sorpresa inicial se disolvió para dar paso a algo mil veces más intenso: una mezcla de triunfo absoluto, posesividad desatada y una certeza implacable que me hizo encoger los hombros por instinto.
-Dos meses -murmuró al fin, con la voz tan baja y áspera que apenas logró atravesar el espacio entre nosotros. No era una pregunta. Era una constatación que parecía saborear en la boca-. Dos malditos meses llevas sabiéndolo, y has estado haciendo hasta lo imposible por ocultármelo.
-¡No son dos meses! -le corregí de inmediato, con los ojos ardiendo de rabia y frustración mientras me incorporaba un poco en la camilla-. No lo sabía. Apenas me hice la prueba hace un par de semanas, no más. ¡No planeaba ocultártelo durante todo este tiempo, idiota!
Liam entrecerró los ojos, analizando cada palabra con una frialdad que helaba la sangre, aunque su agarre en el colchón se hizo aún más fuerte.
-¿Creíste de verdad que podías esconder algo así de mí, Zoé? -su voz era un susurro peligroso, cargado de una furia sorda que amenazaba con desbordarse-. ¿Pensaste que ibas a cargar con un hijo mío a mis espaldas como si fuera cualquier tontería?
-¡Es mi cuerpo! -le grité, perdiendo la paciencia y tirando del brazo con rabia-. ¡Tengo todo el derecho a decidir qué hacer y a quién decírselo!
-Ya no se trata solo de ti -me cortó de inmediato, con una autoridad tan implacable que me dejó sin aliento. Sus ojos negros brillaban con una intensidad desmedida-. Te guste o no, estamos atados a esto. Los dos.
Me quedé sin palabras, con el pecho agitado y el corazón golpeándome las costillas. Antes de que pudiera replicar o intentar apartarlo, Liam se puso de pie con una lentitud amenazante, su mirada fija en mí como si fuera el único punto existente en el mundo.
Su pulgar rozó con una lentitud deliberada el dorso de mi muñeca, marcando cada latido de mi pulso acelerado.
-Vámonos -ordenó con una calma absoluta, tomando el control total de la situación antes de que yo pudiera abrir la boca para defenderme-. De aquí nos vamos al hospital. Yo me encargo de todo.
El trayecto en coche hasta la clínica privada fue una pesadilla silenciosa. Ninguno de los dos pronunció una sola palabra, pero la tensión en el habitáculo era tan densa que apenas se podía respirar. Liam conducía con una sola mano, mientras con la otra sostenía mi muñeca contra la consola central con una firmeza inquebrantable, como si temiera que, en el momento en que abriera la puerta para huir, me desvaneciera en el aire.
Cada curva, cada semáforo en rojo y cada bocina exterior amplificaban el caos que llevaba dentro. Odiaba que tuviera ese poder sobre mí, odiaba la forma en que su presencia absorbía todo el oxígeno del espacio, pero sobre todo, odiaba que tuviera razón en lo fundamental: ya no estaba sola en esta guerra entre el y yo.
Cuando aparcó en el estacionamiento privado del centro médico, no me dio tiempo de moverme. Apagó el motor, se bajó con una rapidez felina y abrió mi puerta antes de que pudiera desabrocharme el cinturón.
-Baja -me ordenó, su voz un decreto inapelable.
-Sé caminar sola, Black -mascullé con los dientes apretados, saliendo del vehículo con el mentón en alto, dispuesta a demostrarle que las piernas no me temblaban.
Sin embargo, en cuanto puse un pie en el pavimento, el mundo dio un leve vuelco. Un segundo después, el brazo fuerte de Liam ya me rodeaba la cintura, sosteniéndome con una posesividad protectora que me indignó tanto como me estabilizó. Intenté apartarlo con un codazo disimulado, pero él se limitó a ignorarlo, pegándome más a su costado mientras cruzábamos las puertas automáticas del hospital.
La consulta fue un torbellino clínico de batas blancas, monitores y preguntas frías. El obstetra, un hombre canoso de mirada perspicaz, revisó mis signos vitales antes de guiarnos hacia la camilla de ecografía.
-Muy bien, señorita Miller. Vamos a confirmar el tiempo exacto y a revisar que todo marche en orden con el saco gestacional -indicó el doctor con amabilidad profesional, señalando el equipo médico-. Acuéstese, por favor.
Me tensé de inmediato. Miré de reojo a Liam, quien se había plantado justo al lado de la camilla, con los hombros rígidos y la mirada clavada en la pantalla apagada del monitor como si pudiera descifrar el futuro a través de ella.
Me recosté lentamente, sintiendo el frío de la camilla a través de la tela de la blusa. El médico aplicó el gel tibio sobre mi abdomen, y en cuanto deslizó el transductor de metal, un sonido rítmico, rápido y constante comenzó a llenar la habitación.
Tac, tac, tac, tac.
El latido. Pequeño, acelerado, inconfundible.
Contuve la respiración de golpe. En la pantalla, en medio de las sombras grises, una pequeña mancha parpadeaba con una fuerza testaruda. Era real. Estaba allí, creciendo dentro de mí, un ancla definitiva que unía mi destino al de Liam de una manera que ninguna de nuestras reglas había previsto.
Desvié la mirada hacia Liam. El hombre arrogante, cínico y calculador que intentaba devorarme el mundo había desaparecido por completo. Tenía los ojos fijos en la pantalla parpadeante, con la mandíbula tensa y una expresión tan indescifrable que me heló la sangre. Una transformación silenciosa y absoluta se había apoderado de él; en sus pupilas oscuras ya no había solo triunfo, sino una obsesión de una escala completamente nueva.
-Está ahí -susurró Liam, con una voz tan extraña, tan carente de su habitual sarcasmo, que me hizo estremecer.
Se inclinó lentamente hacia mí, apoyando una mano en el borde de la camilla mientras la otra rozaba con una suavidad casi irreal mi mejilla.
-Nuestra -añadió en un susurro áspero, pegando sus labios a mi oído mientras el eco de aquel latido llenaba la habitación-. Escúchame bien, Zoé. Ya no hay escapatoria para ninguno de los dos.
El médico apartó ligeramente el transductor de mi abdomen y tomó una gasa para limpiar el resto de gel frío, rompiendo la atmósfera densa que nos envolvía.
-Bien, saquemos una conclusión rápida -comenzó a decir el doctor, girándose hacia la pantalla con una sonrisa profesional y tranquila-. El ritmo cardíaco es excelente, el saco gestacional está bien implantado y, por las medidas que arroja el eco, estás exactamente cursando la novena semana de gestación. Todo marcha en perfecto orden con el feto. El desmayo y los mareos fueron solo una respuesta lógica al desgaste físico acumulado, el estrés y la falta de una buena alimentación.
El alivio momentáneo que sentí al escuchar que el bebé estaba bien duró apenas un segundo, justo antes de que la realidad volviera a golpearme con fuerza al recordar quién estaba de pie a mi lado.
El médico tecleó algo rápido en su ordenador antes de imprimir una hoja con varias indicaciones y entregársela directamente a Liam, asumiendo de inmediato el rol de acompañante principal.
-Le voy a dejar una orden completa de exámenes de laboratorio para descartar anemia y chequear niveles hormonales, además de una lista de vitaminas esenciales que debe empezar a tomar desde hoy mismo -explicó el especialista, señalando el papel-. Debido a la exigencia física y al episodio de hoy, mi recomendación profesional es que se ponga en control prenatal con nosotros lo antes posible. Necesitamos un seguimiento estricto para evitar otro susto.
Liam aceptó la hoja con una frialdad absoluta, doblando el papel con parsimonia mientras sus ojos oscuros se clavaban de nuevo en mí.
-Entendido -respondió Liam por los dos, con una firmeza que no dejaba lugar a réplicas ni debates-. Nos encargaremos de programar las citas de inmediato. Gracias, doctor.
Me incorporé despacio de la camilla, sintiendo el peso de cada palabra. El médico asintió satisfecho, despidiéndose con un apretón de manos, mientras yo sentía que el suelo bajo mis pies se estrechaba cada vez más. No importaban los diagnósticos ni las recomendaciones médicas; lo verdaderamente peligroso era la forma en que Liam, con esa carpeta de análisis en la mano, acababa de firmar mi sentencia de encierro.