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BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

BAJO EL RASTRO DE TU HUELLA

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:4.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Una promesa frente al mar selló su destino adolescente... hasta que una vil traición lo redujo a cenizas. Tras años de distancia y llamadas frías, Malena descubre a su novio de toda la vida en la cama con su mejor amiga, burlándose de su inocencia. Pero Malena no era una víctima fácil: graduada en secreto con honores de una doble titulación, decide marcharse sin derramar una sola lágrima.

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Capítulo 5: Cenizas al amanecer

La primera luz del alba se filtró a través de los inmensos ventanales de la suite como una navaja de cristal frío, disipando la densa penumbra que había cobijado la noche.

Malena abrió los ojos despacio. Un dolor sordo le martilleaba las sienes, rezago de los martinis que jamás debió haber probado, pero el peso que le oprimía el pecho no tenía nada que ver con el alcohol: era la cruda y despiadada realidad desplomándose sobre ella.

El aire de la habitación olía a madera noble, a sábanas revueltas y a ese perfume masculino, amaderado y penetrante, que se le había impregnado en la piel hasta la médula. A su lado, durmiendo de costado sobre el colchón de terciopelo, descansaba Nicolás Thorne.

La sábana blanca apenas cubría su cintura, dejando al descubierto la sólida extensión de su espalda esculpida, ancha y marcada por sutiles arañazos que Malena reconoció con un espasmo de bochorno. Uno de sus brazos, pesado y protector, aún descansaba a milímetros de la cadera de ella, como si incluso en el sueño más profundo se resistiera a dejarla ir. Su rostro, habitualmente tenso por la frialdad corporativa, lucía relajado, con los mechones oscuros desordenados sobre la frente.

El aire se atascó en los pulmones de Malena.

«¿Qué hiciste, Malena? ¿Qué hiciste?», gritó su conciencia con la fuerza de un rayo.

No se trataba únicamente de haber roto de un solo golpe cuatro años de castidad y sumisión absurda por pura rabia contra Damián. Se trataba de con quién lo había hecho.

Nicolás Thorne. El mejor amigo de Lucas desde la adolescencia. El hombre al que su hermano llamaba hermano, el titán de los negocios que compartía cenas navideñas con su familia, el testigo que ayer por la tarde aplaudía su doble titulación.

El recuerdo de cada caricia, de la intensidad demoledora de su mirada azul devorándola en la penumbra y de los gemidos que ella misma había ahogado en su cuello regresó en una oleada ardiente de vergüenza visceral. Se sintió expuesta, rota y terriblemente vulnerable. ¿Qué pasaría cuando él despertara? ¿Qué le diría? ¿Que había sido un desliz piadoso para consolar a la hermanita despechada de su amigo? ¿O la miraría con esa condescendencia masculina de quien acaba de cobrarse un capricho prohibido?

La sola idea de enfrentar los ojos de Nicolás bajo la luz cruda del sol le provocó náuseas. No podía permitirlo. No soportaría convertirse en un tema incómodo de conversación entre él y su hermano Lucas, ni en la comidilla culposa de un círculo social que ya la consideraba una ingenua sin carácter.

Con una lentitud milimétrica, conteniendo hasta el sonido de su propia respiración, Malena deslizó su cuerpo fuera de las sábanas. Cada músculo le protestaba con un dolor desconocido y dulce a la vez, testimonio irrefutable de la entrega salvaje de la madrugada.

Puso los pies descalzos sobre la alfombra suave y recogió su ropa esparcida por el suelo: la ropa interior, el vestido marfil de cuello alto que ahora parecía la prenda de una extraña, sus medias y sus zapatos de tacón bajo. Se vistió en el vestíbulo de la suite, sin mirarse al espejo, temerosa de ver reflejada en sus propias pupilas a la mujer desconocida en la que se había convertido.

Antes de cruzar la puerta de salida, se detuvo un instante.

Volvió la cabeza hacia la penumbra de la habitación. Nicolás no se había movido, pero su respiración pausada parecía llenar cada rincón del espacio. Malena apretó los labios con fuerza, tragándose una punzada inexplicable que le apretó la garganta, y abrió la pesada puerta de madera con cuidado de no hacer sonar el cerrojo.

Salió al pasillo vacío del hotel y corrió hacia el ascensor de servicio.

A las seis de la mañana, la ciudad despertaba bajo una capa espesa de neblina gris. El aire gélido de la calle le golpeó la cara, devolviéndole la lucidez a golpes de viento. Tomó el primer taxi que pasó y dio la dirección de su modesto departamento estudiantil.

Durante el trayecto no derramó una sola lágrima; su cerebro de ingeniera, entrenado para la resolución de crisis y el análisis de contingencias, se puso a trabajar a máxima velocidad.

El plan original ya no servía. La multinacional europea que la había contratado tras su primera titulación la esperaba en sus oficinas de Londres, la misma ciudad donde el holding empresarial de Nicolás tenía una de sus sedes principales y donde Lucas viajaba con frecuencia por cuestiones comerciales. Quedarse allí era suicida. Tarde o temprano, Nicolás la encontraría, o Lucas se enteraría de lo que había ocurrido en esa suite.

Y si algo tenía claro Malena, era que jamás volvería a ser una marioneta en la vida de ningún hombre. Ni de Damián, ni de su familia empeñada en casarla, ni de un magnate todopoderoso como Nicolás Thorne.

Apenas entró a su departamento, cerró la puerta con doble llave y encendió su computadora portátil. Con dedos veloces y precisos sobre el teclado, entró a los sistemas de reserva de la aerolínea. Canceló sin dudarlo su boleto original con destino al Reino Unido. En su lugar, adquirió un pasaje con escalas complejas en vuelos comerciales hacia Frankfurt, desde donde tomaría un tren transfronterizo hacia una ciudad intermedia, borrando cualquier patrón evidente de destino final.

Luego, aplicando sus conocimientos avanzados en ciberseguridad y gestión de redes que había perfeccionado durante sus años de estudio silencioso, limpió los historiales de búsqueda de sus dispositivos locales, eliminó los registros de geolocalización de sus cuentas personales y cambió las credenciales de acceso a sus correos electrónicos vinculados. Nadie que no tuviera acceso judicial a servidores centrales sabría a dónde se dirigía.

Redactó un correo breve y formal a la compañía multinacional declinando la vacante por motivos personales de fuerza mayor, asumiendo la penalización de no contar con ese empleo asegurado. No le importaba. Tenía sus ahorros intactos —fruto de becas académicas de excelencia y trabajos remotos de optimización de bases de datos que había desarrollado en secreto— y, por encima de todo, tenía dos títulos de honor y una mente brillante. No necesitaba favores corporativos ni la sombra de nadie para levantarse.

Empacó su vida en dos maletas medianas: su ropa básica, sus diplomas oficiales enrollados en tubos protectores, su laptop y los discos duros con sus desarrollos de software. Dejó atrás los vestidos conservadores, las cartas viejas que guardaba en una caja de zapatos y los adornos que le recordaban su infancia.

A las nueve de la mañana, las llaves del departamento quedaron sobre el mostrador de la inmobiliaria.

El aeropuerto internacional era un hervidero de pasajeros cuando Malena llegó. Con un abrigo largo y gafas oscuras que ocultaban las ojeras del insomnio, cruzó los controles de seguridad sin mirar atrás.

Al llegar a la sala de embarque, su teléfono móvil vibró en el bolsillo de su abrigo.

En la pantalla parpadeó el nombre de Lucas. Al segundo siguiente, una llamada entrante de un número privado que ella supo, con una certeza helada, a quién pertenecía.

Nicolás ya había despertado en la suite vacía.

Malena contempló la pantalla un instante. Con un pulso sereno y firme, extrajo la tarjeta SIM del dispositivo, la partió en dos con la uña entre el pulgar y el índice y la arrojó al fondo del bote de basura más cercano. Compraría un chip descartable en su primera escala.

—Pasajeros con destino a Frankfurt, puerta de embarque doce, última llamada —anunció la voz metálica del altavoz.

Malena levantó su maleta de mano y caminó hacia la manga de abordaje con la espalda recta y el mentón en alto.

Cuando el avión carreteó sobre la pista y levantó el vuelo rompiendo la espesa capa de nubes, Malena miró por la pequeña ventanilla ovalada. La ciudad donde había crecido, donde había amado con ingenuidad y donde había sufrido la más baja de las traiciones, se redujo a una mancha diminuta y distante hasta desaparecer por completo en el horizonte.

No sabía qué le depararía el continente al otro lado del océano, pero sabía una cosa con absoluta certeza: la muchacha frágil y dócil se había quedado para siempre entre las cenizas de aquella suite. Nadie volvería a llamarla anticuada. Nadie volvería a subestimar su silencio.

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Cliente anónimo
Yo comparto tu opinión
Adriana Montoya Velez
ella estuvo sólito porque así lo quiso lo decidió y se lo escondió a el y toda la familia porque esa actitud tan infantil?
Adriana Montoya Velez
me cae nal por poco racional
Adriana Montoya Velez
para ser ran inteligente no le sirve oara quitarle lo inmadura y cobarde de salir corriendo a esconderse sin nisiquiera darle la cara a su familia
maylen urquiza
excelente gracias por compartir con tus lectores tus obras maravillosas
Maria Laura Perez: Gracias 😍
total 1 replies
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