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Lula, la princesita de los cuatro CEO

Lula, la princesita de los cuatro CEO

Status: Terminada
Genre:CEO / Autosuperación / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: kiyoe

Tenía cinco años, el estómago vacío y un don que nadie le creía: Lula entiende lo que dicen los gatos, las plantas y hasta los peces del estanque. También ve lo que los demás no ven: una niebla negra que se enrosca en el cuello de quien está a punto de morir.

Cuando una desconocida se desploma frente a ella en plena avenida, la niña hace lo imposible para salvarla... y, sin saberlo, cambia su destino. De dormir sobre cartones pasa a una mansión de mármol, vestidos de seda y una familia que no se parece a nada de lo que conoció.

Los Valderrama no son una familia cualquiera. Adrián, el mayor, es un CEO helado que jura no ablandarse por una mocosa parlanchina (y ya le está sirviendo el desayuno en la boca). Sebastián, médico en ciernes, lo analiza todo con lógica y gafas. Cristóbal arma escándalos de payaso con tal de verla reír. Y Dante, el más gruñón, esconde las orejas rojas detrás de un «yo no hice nada».

Pero el mundo de los ricos es cruel, y una niña recogida de la calle tiene demasiados enemigos: socios traidores, maestras clasistas, compañeras que susurran «niña de mala suerte» y rivales dispuestos a todo por el negocio. Que se atrevan a tocarle un solo cabello a la pequeña Lula... y los cuatro hermanos les harán pagar mil veces.

Mientras tanto, el don de Lula guarda un secreto que alguien, desde muy lejos, lleva tiempo buscando.

NovelToon tiene autorización de kiyoe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

A aquella mujer ya casi no le quedaba tiempo.

Lula agachó la cabeza y salió disparada por el hueco entre las piernas del guardaespaldas enfurecido.

¡Zas!

Cayó de rodillas junto al cuerpo de Marina, que ya no respiraba.

—¡Mocosa del demonio, te dije que te quitaras! —rugió el guardaespaldas, y estiró el brazo para agarrarla del cuello del vestido.

Pero la mano de Lula llegó antes. Se posó sobre el lado izquierdo del pecho de Marina, justo encima del corazón.

Lula cerró los ojos con fuerza y contuvo la respiración.

¡Vete, niebla mala!, pensó con toda su convicción.

De la palma de aquella manita sucia brotó una luz verde, tenue y cálida. Atravesó la tela del vestido carísimo de Marina y golpeó de lleno la niebla negra que le oprimía el corazón.

¡Shhh!

A oídos de Lula llegó un siseo, como el de agua arrojada sobre brasas.

En unos segundos, la espesa niebla negra se hizo pedazos y desapareció de su vista.

La energía verde de Lula entró en el cuerpo de Marina y empezó a bombear de nuevo el corazón de la mujer.

¡Haaa!

Marina tomó de golpe una bocanada larguísima de aire, como quien acaba de ahogarse.

Los ojos de la elegante mujer se abrieron de par en par, fijos en el techo del vestíbulo.

Entre la multitud estalló un grito de sorpresa y todos retrocedieron un paso.

El guardaespaldas que había querido agarrar a Lula se quedó clavado en el sitio, con la boca abierta.

Marina tosió, aferrada al pecho, que ahora sentía cálido y reconfortante.

Lo primero que vio al girar la cabeza fue un par de ojos negros, redondos y preciosos.

Eran los de una niña de cara embadurnada que le sonreía, aliviada.

—Ya está bien, señora —dijo Lula, con una voz suave que daba calma.

Marina contempló aquel rostro mugriento con el corazón hecho un nudo de sentimientos.

Cuando estaba al borde de la muerte, había sentido una mano cálida que tiraba de su alma para devolverla al cuerpo. Y ahora la niña que tenía delante irradiaba exactamente esa misma calidez.

—¡Señora, gracias a Dios que despertó! —exclamó el guardaespaldas, arrodillado a su lado con los ojos empañados.

Marina no le hizo caso. Se incorporó despacio, sin apartar la vista de Lula.

—¿Cómo te llamas, pequeña? —preguntó con la voz aún ronca.

—Me llamo Lula, señora —respondió ella con educación, bajando la cabeza.

Marina vio el vestido desvaído, el cuerpo flaquito, las manitas llenas de rasguños. De pronto sintió una punzada en el pecho al ver el estado de la niña.

Siempre había querido tener una hija, pero Dios le había dado cuatro varones revoltosísimos. Y sin saber por qué, ver a esta niña de la calle le removió el instinto maternal con una fuerza arrolladora.

—Lula, ¿dónde están tus papás? —preguntó, y le tocó con ternura la mejilla sucia.

Lula negó despacio con la cabeza.

—Yo no tengo papá ni mamá. Duermo en la calle —contestó con sinceridad.

A Marina se le llenaron los ojos de lágrimas ante una respuesta tan cándida.

La multitud guardó silencio. La compasión empezaba a ocupar el lugar de las burlas de hacía un momento.

—Señora, la ambulancia acaba de llegar a la entrada —informó uno de los guardaespaldas.

Marina negó con firmeza.

—Cancelen la ambulancia. Ahora me siento perfectamente —ordenó, y el guardaespaldas se quedó desconcertado.

Volvió a mirar a Lula y tomó entre las suyas las dos manitas sucias.

—Lula, ¿quieres venirte a casa conmigo? —le preguntó con una sonrisa sincerísima.

Lula parpadeó, sorprendida por la propuesta.

—¿A casa? ¿A su casa, señora? —quiso confirmar.

—Sí. En casa hay mucha comida rica. Seguro que tienes hambre, ¿verdad? —la convenció con dulzura.

¡Grrr!

El estómago de Lula respondió por ella, a todo volumen.

Marina soltó una risita y alzó en brazos el cuerpecito de Lula, estrechándolo contra su pecho.

Lula se quedó sin aliento. Era la primera vez en su vida que un adulto la abrazaba con tanto cariño.

El vestido caro de Marina se llenó del polvo que traía la ropa de la niña, pero a ella no le importó lo más mínimo.

—Preparen el auto ahora mismo. Nos vamos a casa —ordenó a sus guardaespaldas con voz fría.

Ellos inclinaron la cabeza, obedientes, y se apresuraron a abrirle paso entre la gente.

Lula apoyó la cabeza en el hombro de Marina mientras la mujer la llevaba hacia un lujoso auto negro.

Señor Hoja, Michi, yo ya me voy, pensó Lula, despidiéndose de sus amigos de la calle.

—Que seas feliz, niña buena —se oyó, apenas, la voz de la planta, que el viento arrastró.

La puerta del auto se cerró con firmeza y separó a Lula, para siempre, del calor sofocante de las calles de la ciudad.

En el interior fresquísimo, Marina no dejó de abrazarla ni de acariciarle el pelo enmarañado.

—A partir de ahora no volverás a pasar hambre, Lula —le susurró, como quien hace una promesa.

Lula solo asintió con suavidad. Un sueño enorme se le echó encima de golpe, el precio de haber usado su energía.

Los ojos redondos se fueron cerrando poco a poco.

Se quedó profundamente dormida en brazos de una desconocida a la que, unos minutos antes, había arrancado de la muerte.

Sin que Lula lo supiera, su decisión de ayudar a Marina aquel día acababa de cambiar el destino de una gran familia que estaba al borde de la ruina.

Y en una mansión de estilo europeo, en pleno centro de la ciudad, cuatro jóvenes apuestos ignoraban todavía que su vida tranquila estaba a punto de ser conquistada por una niña de cinco años irresistiblemente adorable.

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