Mi vida terminó con un susurro roto, traicionada por el hombre que amaba, y mi muerte fue solo el comienzo. Cuando abrí los ojos, el dolor de un pasado ajeno me golpeó, revelando una verdad brutal: no estaba en el cielo ni en el infierno, sino en el cuerpo de Bárbara Drax, una mujer hermosa, manipulable y suicida. Ahora, con una segunda oportunidad y la furia de dos almas, juro que los que tuvieron la osadía de usarnos pagarán por su crimen. El juego acaba de empezar, y esta vez, la reina soy yo.
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Muy bonito… Entonces tendré que esperar
El sonido de dos motores deteniéndose al unísono rompió el suave murmullo del anochecer en la Villa Drax. Bárbara había estado comprando un abrigo en una boutique en el centro de la ciudad, pues el frío la estaba matando.
El Mercedes plateado de Lucian se silenció al lado de Bárbara. Se miraron con una sonrisa cómplice dibujándose en los labios de ambos.
— Vaya, qué sincronización tenemos hoy—dijo Lucian, bajando la ventanilla con un ligero zumbido. Su voz, siempre grave y calmada, sonaba especialmente cálida.
Bárbara soltó una risita, desabrochándose el cinturón.
— Parece que la jornada laboral nos dejó a los dos en el mismo lugar, a la misma hora.
Se encontraron a medio camino entre los autos; el leve roce de sus manos al unirse se sintió como un reencuentro largamente esperado.
Lucian le quitó el abrigo a Bárbara, lo dobló con cuidado y lo colgó en el perchero junto a la entrada. Luego, sin soltar su mano, la guió con una ligereza sorprendente hacia el comedor, donde la mesa ya estaba puesta con una elegancia discreta.
— Hoy ha sido un día de esos que no te dan tregua; ni siquiera me acordé de almorzar —comentó Bárbara, dejándose caer en una de las sillas. El aroma a algo delicioso flotaba en el aire, prometiendo una cena reconfortante.
Lucian se sentó frente a ella, sus ojos grises fijos en los de ella. Había una chispa de algo más que cansancio en su mirada.
— No debes ser tan descuidada con las comidas. Hablando de treguas… tengo algo que contarte, Bárbara —hizo una pausa dramática, luego una sonrisa pícara se asomó en sus labios—. Dentro de poco tendré que hacer un viaje de negocios bastante importante. Y me preguntaba… ¿te gustaría acompañarme?
—Lucían, justo hoy terminé una campaña bastante importante y tengo algo de tiempo libre; me encantaría acompañarte.
Lucian arqueó una ceja.
—Una campaña importante, ¿eh? ¿De qué se trata? —preguntó con curiosidad.
Bárbara negó con la cabeza; sus ojos brillaron con una pizca de picardía.
—Ah, no, eso es una sorpresa. Dentro de poco verás los resultados por todas partes… ¡Será un impacto! Algo nunca antes visto en mi carrera.
Lucian se recostó en su silla, cruzando los brazos, con una sonrisa divertida en sus labios.
—Has logrado dejarme intrigado, Bárbara. Confío en tu buen gusto. —Un silencio cómodo se instaló mientras el personal de servicio entraba discretamente para servir la cena.
Mientras degustaban un exquisito salmón, Bárbara volvió a tomar la palabra, esta vez con un tono más reflexivo.
—Sabes, Lucian, con esto de la campaña y el tiempo libre que tendre… He estado pensando en algo más allá de las pasarelas y las cámaras. —Miró su plato por un momento, luego levantó la vista para encontrarse con la mirada atenta de Lucian.— Quiero entrar a la universidad. Expandir mis conocimientos. No quiero quedarme solo en ser modelo, por muy exitosa que sea.
Lucian dejó su tenedor a un lado; su expresión se suavizó con un orgullo evidente.
—Bárbara, tienes todo mi respaldo. —Sus ojos se iluminaron; su joven esposa lo sorprendía cada día más—. ¿Qué quieres estudiar? ¿Marketing? ¿Comercio internacional? ¿O algo más?
—Aún no estoy del todo segura —respondió Bárbara, pensativa—. Solo sé que quiero aprender más.
Lucian se inclinó hacia ella, su mano cubriendo la suya sobre la mesa.
—Mañana por la mañana, apenas termines de desayunar, te llevaré yo mismo. Conozco la mejor universidad de la ciudad. Haremos los trámites para que te matricules. Te garantizo que te encantará.
Los ojos de Bárbara se abrieron con sorpresa; luego se llenaron de gratitud.
—Lucian, ¿en serio? ¿Mañana mismo? Eres increíble. Gracias, muchísimas gracias.
Lucian sonrió, apretando suavemente su mano.
—No hay de qué agradecer, Bárbara. Mi mayor placer es verte crecer y alcanzar todo lo que te propongas. Y ahora, ¿qué tal si me cuentas un poco más de esa campaña secreta mientras terminamos la cena?
Bárbara rió.
—Bueno, quizás te dé una pequeña pista… involucra algo muy bonito.
Lucian fingió pensar profundamente, un destello de diversión en sus ojos.
—Muy bonito… Entonces tendré que esperar. Pero me has dado algo en qué pensar, sin duda.
La conversación continuó, fluyendo sin esfuerzo alguno.