Dos personas marcadas por heridas del pasado se encuentran cuando menos lo esperan. Ella ha aprendido a esconder su dolor detrás de una sonrisa. Él carga con un pasado que no logra perdonarse. Ninguno busca enamorarse, pero el destino los une y descubrirán que, incluso en la oscuridad más profunda, una sola persona puede convertirse en la luz del otro.
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capítulo 18 - la verdad a su tiempo
"Confiar también significa respetar el momento en que la otra persona está preparada para abrir su corazón."
La mañana siguiente amaneció gris. Una lluvia fina golpeaba los ventanales de la oficina donde trabajaba Efraín. Sentado frente a su escritorio, intentaba concentrarse en unos documentos, pero las palabras parecían perder sentido. Su mente seguía atrapada en el encuentro del día anterior.
Aquella mujer había regresado.
Y con ella, los recuerdos que durante años había intentado dejar atrás.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Rebeca.
"Buenos días. Hoy el cielo está un poco triste... espero que tú no lo estés. Que tengas un lindo día."
Sin darse cuenta, sonrió.
Le respondió de inmediato.
"Gracias por hacer que incluso los días grises se sientan diferentes. Espero verte esta tarde."
Rebeca leyó el mensaje durante su descanso y sintió que algo no encajaba. Las palabras eran cariñosas, pero había una distancia que antes no existía. Era como si Efraín estuviera haciendo un esfuerzo por parecer tranquilo.
Al salir del trabajo, él pasó a recogerla.
No fueron a ningún lugar elegante. Compraron dos cafés y caminaron por un parque donde los árboles dejaban caer lentamente sus hojas.
Durante varios minutos hablaron de cualquier cosa: del clima, del trabajo, de una película que ambos querían ver.
Pero Rebeca lo conocía cada vez mejor.
Sabía que había algo que él no estaba diciendo.
Se detuvieron frente a un pequeño lago.
Ella respiró hondo antes de hablar.
—Efraín...
—¿Sí?
—No voy a preguntarte qué te pasa.
Él la miró sorprendido.
—Porque sé que, cuando estés listo, me lo contarás.
Las palabras de Rebeca lo desarmaron por completo.
No había reproches.
No había exigencias.
Solo confianza.
Efraín bajó la mirada.
—Gracias.
Ella sonrió con dulzura.
—Todos tenemos recuerdos que cuestan contar.
Lo importante es saber que no tenemos que enfrentarlos solos.
Aquella frase quedó resonando en el corazón de Efraín.
Por primera vez sintió que tal vez sí podría contarle la verdad algún día.
No todavía.
Pero sí cuando encontrara el valor para hacerlo.
Mientras caminaban de regreso, una ligera llovizna comenzó a caer.
Rebeca levantó el rostro hacia el cielo y cerró los ojos unos segundos.
—¿Sabes qué me gusta de la lluvia?
—¿Qué cosa? —preguntó Efraín.
—Que siempre termina. Por más fuerte que sea, después vuelve a salir el sol.
Él la observó en silencio.
Sin que ella lo supiera, esas palabras parecían responder exactamente a lo que llevaba dentro.
Cuando llegaron frente a la casa de Rebeca, permanecieron unos instantes sin decir nada.
Antes de despedirse, Efraín tomó con delicadeza la mano de ella.
Era la primera vez que lo hacía.
No hubo prisa.
No hubo miedo.
Solo un gesto sincero.
Rebeca entrelazó sus dedos con los de él y le regaló una sonrisa que decía mucho más que cualquier palabra.
—Buenas noches, Efraín.
—Buenas noches... y gracias por esperar.
Ella no preguntó a qué se refería.
En el fondo, lo había entendido.
Mientras Rebeca entraba en su casa con el corazón latiendo con fuerza, Efraín levantó la vista hacia el cielo.
Por primera vez en mucho tiempo sintió que quizá ya no tendría que enfrentar su pasado solo.
Pero, a unas calles de allí, la misma mujer observaba desde su automóvil.
En sus manos sostenía un sobre color café.
Dentro había documentos y una fotografía que podían cambiar para siempre la vida de Efraín... y también la de Rebeca.
Con una mirada llena de dudas, susurró:
—Espero que no sea demasiado tarde para reparar el daño que causé.