Sofía siempre ha obedecido a sus padres por miedo a decepcionarlos. Su vida cambia cuando su padre y el mejor amigo de este,, deciden obligarlos a casarse para unir a sus familias y sus empresas.
Adrián, el heredero de una de las empresas más poderosas de Rusia, tampoco desea ese matrimonio. Obligados a compartir una vida que ninguno eligió, ambos descubrirán que el destino puede cambiarlo todo.
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capitulo 11
Adrián
Ya habían pasado tres meses desde que Sofía y yo nos casamos. Al principio no nos hablábamos para nada. Ella se levantaba muy temprano para ir a la empresa, era la primera en regresar a casa y se encerraba directamente en su cuarto.
aunque no nos cruzáramos, siempre dejaba una taza de café en la cocina antes de irse y notas adhesivas con recordatorios pegados en la nevera. Pero no era solo eso. Me comenzó a gustar el aroma de su loción que quedaba flotando en el pasillo cuando pasaba a mi lado, la elegancia de su ropa o el ligero aroma a lavanda de su champú cuando bajaba a la cocina con el cabello aún húmedo. Me estaba enamorando de la sombra de una mujer a la que apenas conocía, deseando en secreto que en lugar de encerrarse en su cuarto, se quedara un rato más cerca de mí.
Como era de esperarse, nuestros padres ya nos estaban acosando para que tuviéramos un bebé; eso era lo único que les importaba. Para frenarlos un poco, les dimos la excusa de que apenas nos estábamos conociendo y que queríamos disfrutar un tiempo a solas. Esta semana, además, era crucial para los dos, ya que cerraríamos el contrato para fusionar ambas empresas en una sola.
—Adrián, ¿por qué tu esposa y tú no están durmiendo en la misma cama? —preguntó mi padre con voz firme y autoritaria desde su sillón.
—Veo que mis sirvientes te han estado contando lo que pasa en mi casa —respondí intentando mantener la calma.
—No me vengas con bobadas, Adrián. Hablaré con los padres de Sofía para que entren en razón. ¡Necesito un nieto!
Solo me quedé observándolo.
—Sí dormimos en el mismo cuarto —mentí—. Solo que ella tiene demasiado trabajo, adaptó una de las habitaciones como oficina y a veces se queda dormida allá.
—Iré a quedarme tres días con ustedes. mañana mismo. Iré a tu casa
—Está bien. Ahora déjame solo; tengo que organizar unos documentos y revisar un viaje, así que vete de mi oficina.
Cuando por fin se fue, pude respirar. Vaya que están desesperados por tener nietos... Definitivamente tenía que hablar con Sofía: íbamos a tener que dormir juntos sí o sí.
Al salir del trabajo llegué a casa. Como ya se me había hecho costumbre en estos meses, Sofía estaba en la sala. Aunque casi no hablábamos, ella siempre me esperaba para cenar, un gesto que en silencio me alegraba el día.
—Hola —dijo en un tono algo cortante.
—Hola. Mi padre vendrá a quedarse mañana —fui directo al punto—. Tenemos que dormir juntos. Llevaré mis cosas a tu habitación, ya que es la principal y tiene baño propio. Sé que no nos hablamos mucho y que nos hemos estado evitando, pero me está acosando otra vez con el tema de los hijos. No sé qué vamos a hacer —añadí, intentando sonar neutral para ocultar los nervios que me daba estar tan cerca de ella.
—Un amigo vendrá a cenar hoy. Ya casi llega, te lo presentaré —dijo Sofía con el rostro completamente serio, ignorando mi comentario sobre mi padre.
A los diez minutos sonó el timbre. Sofía se levantó a recibirlo con una sonrisa radiante... A mí nunca me había recibido así. Apreté la mandíbula, fui hasta la mesa y me senté; estaba cansado, pero de repente el cansancio fue reemplazado por una punzada de celos en el pecho.
—Sofía, esta casa es hermosa... me encanta —dijo el tipo al entrar.
—Ven, vamos a comer. Él es Adrián, mi esposo. Adrián, él es Daniel.
—Mucho gusto. ¿Nos podemos sentar a comer? —dije en un tono seco.
La manera en que ella lo miraba... Se notaba a leguas que no lo veía como a un simple amigo, y eso me pareció profundamente decepcionante. Durante toda la cena no pararon de hablar y reír. Era la primera vez en estos tres meses que la veía realmente feliz. Esa sonrisa era la más hermosa que había visto en mi vida; sentí un deseo repentino de no dejar de mirarla nunca. Pero conmigo no era así: no se reía, no hablaba, no se abría.
Cuando terminaron, Sofía acompañó a su amigo a la puerta. Yo me quedé esperándola en la sala, sintiendo cómo los celos me comían por dentro. Cuando volvió a entrar, aún conservaba esa ligera sonrisa en sus labios. Dios, me moría por besar esos labios.
Ella comenzó a subir las escaleras hacia su habitación y la seguí de cerca.
—Te gusta ese chico, ¿verdad? —pregunté desde el umbral de su puerta.
—¿De qué hablas? Claro que no me gusta —respondió suspirando—. O sea... en su momento me llegó a gustar, pero me harté. Siempre le demostré que iba a estar para él, pero él solo tenía ojos para otra chica —dijo con la voz apagada, dejando ver una fragilidad que jamás le había conocido.
Escucharla me rompió algo por dentro, pero también me dio el valor que me faltaba.
—Sofía... No sé qué me está pasando contigo —confesé, dando un paso hacia ella—. Han pasado tres meses. Al principio no nos mirábamos, pero en este tiempo te he estado observando a detalle. Tu café en las mañanas, las notas en la nevera, el aroma de tu loción en los pasillos, el olor de tu champú, tu ropa, la forma en que te arreglas... Estás en mi cabeza todo el día. Me encanta llegar a casa y saber que estás aquí. Pero hoy vi algo que jamás me habías mostrado: esa hermosa sonrisa.
Ella me miró sorprendida, sin decir una palabra.
—Yo quiero ser el causante de esas sonrisas. No tu amigo, no otra persona... quiero ser yo. Quiero conocerte de verdad, saber tus cosas favoritas, lo que te gusta hacer, tus sueños, tus anhelos,
Me acerqué lentamente a ella y, sin darle tiempo a dudar, la tomé de la cintura y la besé. Fue un beso suave, lleno de todo lo que me había guardado estos meses... y se sintió aún mejor cuando sentí que ella, me respondió el beso.