"CORAZÓN DE CRISTAL, ALMA DE FUEGO" es una historia de segundas oportunidades, de la lucha por el amor verdadero frente a la adversidad familiar y de cómo un alma ardiente puede derretir el más frío de los corazones. ¿Podrán Serena y Julián superar los obstáculos, sanar sus heridas y construir un futuro juntos, o los secretos de su pasado y la oposición de sus hijos destruirán el imperio que han construido con tanto esfuerzo? Adéntrate en un mundo de ambición, pasión y redención, donde solo el amor más puro puede salvarlos.
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LA SOMBRA DEL DESESPERADO.
El atardecer teñía el cielo de la ciudad con tonos carmesí y púrpura. En la Torre Montemayor, la jornada laboral llegaba a su fin. Serena caminaba por el amplio vestíbulo de cristal acompañado por Renata e Ignacio. Los tres conversaban animadamente sobre los preparativos de la boda y la logística de las nuevas oficinas, luciendo una serenidad que parecía indestructible.
—Si dejamos que Beatriz organice la recepción, terminará alquilando un castillo en Italia —bromeaba Renata, ajustándose el abrigo ligero mientras caminaban hacia las puertas automáticas de la salida ejecutiva.
—Y no estaría tan equivocada —río Serena, deteniéndose unos segundos antes de cruzar el umbral—. Aunque prefiero algo más íntimo, en el jardín de la casa.
Ignacio, que venía un par de pasos más atrás revisando unos documentos en su teléfono, levantó la vista justo cuando la brisa fresca de la tarde los recibió en la escalinata de granito que daba a la avenida.
De repente, de entre las sombras del estacionamiento lateral, una figura demacrada, con la ropa desordenada y los ojos desencajados por el odio y la paranoia, emergió a toda prisa.
Era Guillermo Fonseca.
Consumido por la ruina, prófugo de la justicia y ahogado en el resentimiento de haberlo perdido todo, Guillermo había burlado la seguridad del perímetro.
Llevaba en la mano derecha un arma de fuego que temblaba violento bajo su agarre.
—¡TÚ ME DESTRUISTE, SERENA! —gritó Guillermo con una voz enloquecida y desgarrada que retumbó en la explanada de cristal.
Serena se congeló en el sitio.
Ignacio reaccionó al instante, dando un paso al frente.
—¡Papá, detente! ¡¿Qué estás haciendo?! —exclamó Ignacio con pánico en la voz.
—¡Cállate, muchacho imbécil! ¡Ella te volvió en mi contra! ¡Ella me quitó todo! —aulló Guillermo, apuntando el cañón directamente al pecho de Serena con el rostro desencajado—. ¡Si yo no puedo tener nada, tú no vas a disfrutar la vida con tu prometido de treinta años!
—¡Guillermo, baja eso! —ordenó Serena con la voz firme, intentando colocarse delante de sus hijos a pesar del terror frío que le recorrió las venas.
En un segundo trágico que pareció congelar el tiempo, el dedo de Guillermo apretó el gatillo.
El estampido del disparo ensordeció la avenida.
Serena cerró los ojos esperando el impacto, pero antes de que la bala pudiera alcanzarla, Renata, guiada únicamente por el instinto visceral de proteger a su madre, se arrojó frontalmente sobre ella.
El impacto del proyectil resonó con un sonido seco y sofocado.
—¡MAMÁ! —alcanzó a gritar Renata antes de que la bala le perforara la parte superior del tórax, cerca del hombro.
La fuerza del impacto derribó a la joven sobre el suelo de granito. Un reguero de sangre carmesí comenzó a manchar rápidamente el abrigo claro de Renata.
—¡RENATA! —el grito de Serena rompió el aire en un alarido de puro dolor y pánico maternal, cayendo de rodillas al suelo para sostener la cabeza de su hija.
Guillermo, al ver lo que acababa de hacer —al ver a su propia hija ensangrentada en los brazos de Serena—, parpadeó aterrorizado. El pánico borró su locura por un segundo. Dejó caer el arma al suelo con un chasquido metálico y dio varios pasos hacia atrás, tropezando con sus propios pies.
—No... Renata... yo no quería... —balbuceó Guillermo, fuera de sí.
Ignacio, cegado por la rabia y la adrenalina, se lanzó sobre su padre. Con un golpe certero lo derribó contra el pavimento, inmovilizándolo en el suelo mientras los guardias de seguridad de la torre, alertados por el disparo, corrían desesperados hacia la escena para someter al agresor.
—¡Llamen a una ambulancia! ¡Llamen a la policía! —gritaba Ignacio entre sollozos, presionando la espalda de su padre contra el suelo mientras las patrullas ya se escuchaban a lo lejos.
En la escalinata, Serena sostenía el cuerpo de Renata contra su pecho. Sus manos, habitualmente impecables, estaban cubiertas de la sangre de su hija.
—Aprieta... aprieta aquí, mi amor... no te cierres los ojos, por favor, Renata, mírame —suplicaba Serena con la voz quebrada, presionando la herida con desesperación mientras las lágrimas le nublaban la vista.
Renata respiraba con dificultad, con el rostro pálido y los labios temblorosos, pero buscando la mirada de su madre.
—Estás... estás a salvo, mamá... —susurró la joven con un hilo de voz antes de perder el conocimiento en los brazos de Serena.
—¡RENATA! ¡NO! ¡AYUDA, POR FAVOR! —clamó Serena al cielo.
En ese instante, la camioneta de Julián frenó bruscamente en la acera. Julián bajó del vehículo a toda prisa, habiendo escuchado la alerta por la radio interna. Al ver la escena —la sangre, el arma en el suelo, a Guillermo sometido por la policía y a Serena deshecha en lágrimas sobre el cuerpo inerte de su hija—, la sangre se le congeló en las venas.
Julián corrió hacia ellas, arrodillándose en el suelo y tomando el pulso débil de Renata mientras rodeaba los hombros de Serena con firmeza protectora.
—Ya viene la ambulancia, Serena. La vamos a salvar, te lo juro por mi vida, la vamos a salvar —prometió Julián con voz grave y temblorosa, mirando a la policía llevarse a un Guillermo destruido y encadenado, mientras la verdadera batalla por la vida de Renata apenas comenzaba en el asfalto.