Valentina lo dio todo por su matrimonio. Cinco años soportando las humillaciones de su suegra, que la llamaba estéril. Cinco años aguantando la indiferencia de Adrián, el hombre que juró amarla. Cinco años creyendo que la culpa de no poder embarazarse era suya.
Hasta que un accidente le reveló la verdad: alguien le había estado dando drogas anti-ovulatorias a escondidas. La mujer que todos llamaban estéril nunca lo fue. Le envenenaron el vientre a propósito.
A partir de ese momento, Valentina dejó de llorar en silencio. Con la ayuda de Santiago —un abogado brillante que ve en ella la fuerza que nadie más quiso ver—, Valentina emprende su camino de vuelta: atrapa a los culpables, recupera su dignidad y construye desde cero la vida que le robaron.
Pero la traición tiene raíces profundas. Mientras Valentina renace, sus enemigos no van a quedarse de brazos cruzados. Y el pasado de Santiago también esconde heridas que amenazan con alcanzarlos a ambos.
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Capítulo 7
Todas las mentiras de Adrián se le ordenaron en la cabeza con una claridad aplastante. Todo encajaba. Y justamente eso era lo que más le dolía.
Valentina apretó los párpados con fuerza. Las lágrimas le corrían cada vez más deprisa. Pero poco a poco aquel llanto fue transformándose. Ya no era el llanto de una mujer débil, sino un llanto cargado de heridas que, gota a gota, se convertía en otra cosa. Abrió los ojos de nuevo. La mirada ya no era la misma. No quedaba fragilidad ni vacío. Lo que brillaba allí era rabia y rencor. Una herida demasiado profunda para perdonar.
—Fui tan idiota… —murmuró; la voz le salió ronca, temblorosa.
Todo ese tiempo había creído que podía resistir cualquier cosa.
Resultó que había amado a la persona que la destruía por dentro. Los puños se le cerraron con fuerza. La foto que sostenía se dobló entre sus dedos sin que lo notara.
—¡Cuatro años…! —repitió en un hilo de voz.
Cada segundo le sabía a una bofetada más. En ese preciso instante, algo dentro de ella se transformó de verdad. Ya no era simple sospecha ni simple dolor: era una decisión.
Despacio, Valentina se limpió las lágrimas con un gesto brusco, como si no quisiera dejar ni rastro de debilidad.
—No me voy a quedar callada —susurró. La voz le salió baja, pero gélida, tremendamente gélida.
Observó la foto una vez más. Después, esbozó una sonrisa tenue que no le alcanzó los ojos.
—Si ustedes pudieron destruirme la vida poquito a poquito… —continuó quedo.
Los dedos de Valentina se aferraron a todas las pruebas con firmeza. La respiración se le fue asentando. La mirada se le endureció.
—Ahora me toca a mí destruirlos a ustedes.
* * *
En otro lugar, el ambiente no podía ser más distinto: todo se sentía cálido, íntimo. Una escena que habría apuñalado a Valentina de haberla presenciado.
Dentro de un auto estacionado a un costado del bosque, Lorena se reía bajito con voz empalagosa, el cuerpo pegado sin distancia al de Adrián. El brazo le rodeaba el de él con total desparpajo, como si ese fuera su sitio por derecho. Los dedos le jugueteaban con la mano de Adrián, y de vez en cuando se les entrelazaban.
—Adrián, mis papás no dejan de preguntar cuándo nos vamos a casar —le reclamó Lorena con un mohín, los labios fruncidos, los ojos cargados de exigencia. El tono ya no era solo mimoso; rezumaba posesión, como si Adrián le perteneciera desde hacía mucho.
Adrián curvó los labios con calma, desenfadado, como si todo aquello fuera de lo más normal. Ni un asomo de nervios ni de culpa. Le palmeó el dorso de la mano con suavidad y la dejó seguir aferrada a su brazo.
—Paciencia, cariño. Todo va según lo planeamos —le dijo liviano, como si el asunto del que hablaban fuera un trámite menor que podía esperar—. Ya falta poquito.
Lorena bufó por lo bajo y se arrimó todavía más. Reclinó la cabeza en el hombro de Adrián con una familiaridad que delataba cuántas veces había estado ahí. El perfume de ella se mezclaba con el olor corporal de él, creando una intimidad que solo debería existir entre marido y mujer.
—No te tardes, Adrián —le susurró; la voz se le ablandó, pero cargada de presión. Los dedos le buscaron la mano y se la apretaron con fuerza, como si temiera perderlo—. Te quiero para mí sola. No quiero seguir así.
El mensaje era inequívoco. Lorena ya no estaba dispuesta a compartir. Ya no quería seguir con una relación a escondidas.
Adrián se limitó a sonreír. La mirada, honda, pero llena de cálculo. Le devolvió el apretón como quien ofrece una promesa sin llegar a pronunciarla. No hubo rechazo, pero tampoco confirmación. Solo una sonrisa que hacía sentir a Lorena victoriosa, aunque quizá ella misma estuviera siendo manipulada.
En medio de ese silencio, los dos parecían una pareja enamorada: risas contenidas, caricias, miradas cómplices. Como si no existiera nadie más sufriendo allá afuera. Como si no hubiera una esposa a la que le destrozaban el alma día tras día.
Lo que no sabían era que, en ese mismo momento, lejos de su alcance, la mujer que siempre habían creído débil, tonta y fácil de engañar se había transformado.
Valentina ya no lloraba en silencio. Ya no agachaba la cabeza sin pelear. Las heridas que le infligieron no la aniquilaron del todo; al contrario, la moldearon en algo nuevo. Algo que ya no se quebraba con facilidad. Y cuando todo saliera a la luz, lo que quedara no sería solo arrepentimiento, sino una devastación mucho más lacerante que cualquier dolor que ella hubiera sentido jamás.
* * *
Esa tarde, Valentina llevaba un buen rato de pie frente a la alacena de la cocina. Los dedos iban abriendo un estante tras otro con movimientos pausados y mecánicos, como lo había hecho cientos de veces. Buscaba harina para preparar frituras, según le pidió doña Carmen.
Todo lucía igual de siempre: los recipientes alineados con orden, el aroma familiar de la cocina. Pero su mente no estaba ahí. Seguía atrapada en el dormitorio, en aquella caja, en las fotografías que no dejaban de girarle en la cabeza.
La mano de Valentina subió hasta el estante más alto. Se puso de puntillas, los ojos recorriendo el interior con rapidez, hasta que de pronto se detuvo en seco. En la esquina del fondo, casi oculto detrás de latas y frascos, había un frasco pequeño y transparente lleno de pastillas blancas.
En ese instante, el cuerpo entero se le paralizó. Los dedos que un momento antes se movían con soltura se le quedaron rígidos en el aire. Contuvo el aliento sin darse cuenta: reconoció ese frasco al instante.
Despacio, como si temiera tocar algo capaz de lastimarla, Valentina lo alcanzó. La mano le tembló levemente al cerrarse alrededor de él. El frasco de "vitaminas", como Adrián lo había llamado siempre.
La voz de él le resonó de golpe en los oídos, tan nítida que parecía estar justo a sus espaldas: "Esto es buenísimo para tu fertilidad, cariño. No se te olvide tomarla todos los días."
Un tono suave, atento, que hasta parecía sincero. Antes, cada vez que escuchaba esas palabras, a Valentina se le llenaba el pecho de calidez. Se sentía querida, sentía que no estaba sola en la lucha por tener un hijo. Pero ahora esas mismas palabras le sonaban a burla.
Valentina contempló el frasco largo rato. La etiqueta era sencilla, casi anodina, como algo que no merecía atención. Y era precisamente esa simpleza lo que le agravaba el desasosiego. El pecho se le fue oprimiendo poco a poco. Algo le incomodaba, algo que quizá había presentido desde siempre pero que decidió ignorar. Ahora la sensación regresaba con más fuerza, más claridad, imposible de reprimir.
—Por qué… —musitó, tan bajo que apenas se oyó.
Durante todo ese tiempo, Valentina nunca desconfió. Solo obedeció. Cada día se tragó esas pastillas sin pensarlo dos veces. Incluso cuando el cuerpo le pesaba de cansancio, incluso cuando el alma se le hacía trizas por los insultos, siguió tomándolas. Porque creía que lo que Adrián le daba era por su bien.
Los dedos se le fueron cerrando alrededor del frasco hasta apretarlo con todas sus fuerzas, como si quisiera hacerlo añicos. El corazón le empezó a latir desbocado, sin ritmo. De golpe, el pensamiento le saltó a una sola palabra que le cortó la respiración: anti-ovulatorio. Las palabras del médico le retumbaron con claridad en la cabeza. Y ahora ese frasco estaba en su mano.
Valentina tragó saliva con dificultad. Un escalofrío le trepó desde la nuca, le bajó por la espalda y le erizó la piel entera.
—No puede ser… —dijo en un soplo, casi como una súplica para que nada de aquello fuera cierto. Pero el corazón le gritaba lo contrario, obligándola a abrir los ojos.
Con un movimiento rígido, cerró la puerta de la alacena. El frasco seguía en su mano, diminuto y, sin embargo, insoportablemente pesado. La mirada se le quedó fija al frente, pero sin ver nada. La mente le giraba a toda velocidad, encajando piezas que nunca antes se había atrevido a juntar.
En medio de ese torbellino, una determinación le brotó de pronto. Valentina aspiró hondo, aunque el pecho todavía le dolía. Los dedos le apretaron el frasco un poco más, como si fuera lo único que la sostenía en ese momento.
—Tengo que averiguar qué contiene esto —susurró, quedo pero firme.