Camila y Rafael viven un romance perfecto, entre tardes de complicidad, risas e historias compartidas, descubren un amor puro y profundo que avanza hacia el compromiso. Sin embargo, en las sombras, la envidia enfermiza transformada en amistad se vuelve una obsesión oscura.
NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 8
El día de la boda amaneció radiante. El sol brillaba en lo alto, las flores en el jardín de la iglesia perfumaban el aire, y los pájaros cantaban como si celebraran la unión de dos almas destinadas a encontrarse. Pero Camila, mientras se miraba en el espejo con su vestido blanco, sintió que algo no estaba bien.
Norma, su amiga y dama de honor, la ayudaba a ajustar el velo con manos temblorosas.
—Estás hermosa
dijo Norma, con lágrimas en los ojos
—Rafael no va a poder ni respirar cuando te vea.
—Gracias, Norma
respondió Camila, con una sonrisa que no lograba ocultar su nerviosismo.
Yogo estaba sentado a sus pies, moviendo la cola como si supiera que aquel era un día especial. Don Teo entró a la habitación y, al ver a su hija vestida de blanco, sintió que el corazón se le encogía.
—Mi niña
dijo, con la voz quebrada
—Te pareces tanto a tu madre.
—¿Crees que estaría orgullosa de mí?
preguntó Camila, con la voz temblorosa.
—Más que orgullosa
respondió Don Teo, abrazándola
—Estaría tan feliz como yo lo estoy hoy.
El reloj marcaba las once de la mañana. La limosina que llevaría a Camila a la iglesia estaba esperando afuera. Norma le dio un último beso en la mejilla y se fue en el coche que la llevaría a la iglesia para esperarla allí. Don Teo se despidió de su hija con un abrazo largo, como si intuyera que algo malo iba a pasar.
—Te veo en el altar, hija
dijo
—Te quiero.
—También te quiero, papá
respondió ella.
Camila salió de la casa, ajustando el ramo de flores en sus manos. La limosina blanca la esperaba al final del camino, con el motor encendido. El chófer, un hombre de rostro desconocido, llevaba un sombrero que le cubría parte del rostro. Camila no le prestó atención, demasiado absorta en sus pensamientos y en la emoción del momento.
—Buenos días, señorita
dijo el chófer, con una voz que le pareció vagamente familiar.
—Buenos días
respondió ella, subiendo al vehículo.
El coche arrancó, y Camila se recostó en el asiento, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. En pocos minutos, estaría frente a Rafael, frente al hombre que amaba, y todo sería perfecto.
Pero el coche no tomó el camino hacia la iglesia.
Camila miró por la ventana y notó que se estaban adentrando en calles desconocidas, alejándose del centro de la ciudad.
—Oiga, creo que se equivocó de camino
dijo, con voz nerviosa.
El chófer no respondió.
—¡Oiga!
insistió ella, tocando el hombro del hombre
—¡La iglesia es en la otra dirección!
Entonces el chófer se quitó el sombrero y se giró hacia ella. Y Camila sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—Fernando
susurró, con el rostro pálido.
—Hola, Camilita
dijo él, con una sonrisa macabra
— ¿Lista para dar un paseo?
Camila intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con seguro. Intentó gritar, pero Fernando aceleró el coche y la sacudida la dejó sin aliento.
—No grites
dijo él
—No sirve de nada.
—¡Déjame salir!
gritó ella, golpeando la ventana
—¡Rafael me está esperando!
—Rafael es un idiota
—respondió Fernando, con desprecio
—Hoy es mi día, Camila. Hoy vas a ser mía.
El coche se adentró en las afueras de la ciudad, hacia un almacén abandonado en medio de la nada. Camila lloraba desconsoladamente, apretando su ramo de flores contra el pecho. No podía creer lo que estaba pasando. No podía creer que su día perfecto se estuviera convirtiendo en la peor pesadilla de su vida.
Llegaron al almacén. Fernando estacionó el coche y bajó, abriendo la puerta de Camila con brusquedad.
—Fuera
dijo, agarrándola del brazo.
—¡No!
gritó ella, forcejeando
—¡Déjame ir!
—Deja de hacerte la difícil
dijo él, arrastrándola hacia el interior del almacén.
Dentro, Rubén los esperaba, con el rostro pálido y las manos temblorosas. Tadeo estaba en una esquina, mirando hacia otro lado, como si no quisiera ser parte de aquello.
—¿Qué haces?
preguntó Rubén, con voz nerviosa
—Dijiste que solo la llevarías a un lugar lejos.
—Cállate
respondió Fernando
—Ahora haz lo que te dije.
Fernando empujó a Camila al suelo, haciendo que su hermoso vestido blanco se manchara de polvo. Ella intentó levantarse, pero él la sujetó con fuerza.
—Por favor
suplicó ella, con lágrimas en los ojos
—Por favor, no me hagas daño. Rafael te considera su amigo. ¿Cómo puedes hacer esto?
—Rafael es un idiota
respondió Fernando, con odio en la voz
— Siempre tuvo todo lo que yo quería. Y ahora, te tiene a ti. Pero no por mucho tiempo.
los dos hombres la miraron con lascivia
— Yo voy primero sujetala.
—esta bien, pero déjame algo a mi.
Lo que siguió fue un infierno. Camila sintió el dolor físico, la humillación, el asco. Sintió cómo su alma se desgarraba mientras Fernando y Rubén, guiados por la maldad del primero, la ultrajaban sin piedad. Gritó hasta quedarse sin voz, pero nadie la escuchó. El almacén era un lugar olvidado, donde el eco de su sufrimiento se perdía en la oscuridad.
Cuando terminaron, Camila yacía en el suelo, con el vestido rasgado, el cuerpo lleno de moretones, y golpes fuertes que le daban cuando intento defenderse y sangrando de lo brusco del abuso. Su respiración era débil, apenas un hilo de vida. Y en sus ojos, ya no había luz. Solo vacío.
Fernando se arrodilló junto a ella y susurró:
—¿Sabes qué, Camila? Rafael sabía todo esto. Siempre lo supo. Nos presta a sus novias para que juguemos con ellas, y luego las abandonaba. Así somos nosotros. Tú solo fuiste una más.
Camila sintió que esas palabras eran más dolorosas que cualquier golpe. La traición, la idea de que Rafael, su amor, hubiera sabido y permitido aquello, la destrozó por completo. Sus lágrimas se mezclaron con la sangre que manaba de su cuerpo.
—No es verdad
susurró, con la voz apagada
—Rafael no haría eso.
—Claro que sí
insistió Fernando
—Pregúntaselo cuando lo veas... si es que llegas a verlo.
Se fueron. La dejaron tirada en el suelo frío, con la mirada perdida, el cuerpo destrozado y el alma hecha pedazos. Y mientras la vida se escapaba lentamente de su cuerpo, Camila pensó en Rafael, en su sonrisa, en sus promesas, en el amor que habían compartido. Y sintió que todo había sido una mentira.